Annette permanecía en un rincón del salón observando a su hija y a Casandra danzar en compañía de sus esposos, felices de poder disfrutar de la velada que ellas mismas habían ayudado a organizar para que fuera una noche escalofriantemente especial para los novios, que deberían estar en alguna parte del salón charlando sobre la nueva vida matrimonial que le esperaba, ya que no los había visto desde hace ya varios minutos. Suspiró otra vez, entrelazando sus propias manos por sobre la falda de su vestido. Le consolaba saber que, aunque ella no fue afortunada en el amor al convivir con un monstruo que la lastimaba en cada oportunidad que tenía, sus rezos funcionaron para que sus hijos no vivieran en el mismo infierno que en el suyo.
Su Lilian, si bien debió convertirse en esposa para huir del fatídico padre que buscaba cómo deshacerse de ella desde que era pequeña sólo por padecer de la tartamudez que le impedía expresarse de manera correcta, logró encontrar la libertad al florecer como una nueva mujer junto a Lord Andrew, con quien concibió a dos pequeños a los que Annette amaba con todo el corazón: sus nietos Anthony y Diane.
Y ahora la veía más feliz que nunca, danzando y besando la máscara que provocaba ternura en su marido, que no podía sino sentirse aliviada por saber que ella nunca sería abandonada o humillada de la peor forma. Su hija jamás sería otra Annette en el mundo… y cuán agradecida estaba de ello.
Por otro lado, estaba su Eric. Su primogénito. El primero que le enseñó el significado del verdadero amor en cuanto lo sostuvo por primera vez en brazos que se juró a sí misma hacer de su hijo un hombre de bien, y pese a temer de la influencia que Thomas pudo ejercer en él, se sentía dichosa de saber que su Eric era, pese a ser el retrato vivo de su difunto esposo, un caballero correcto, incapaz de hacerle daño a otra persona, por lo que sabía que Hazel sería una esposa muy querida por su esposo.
Sin embargo, esta situación también le preocupaba.
Eric había estado deprimido desde que había regresado de la guerra, aunque Annette siempre sospechó que su hijo ya se encontraba sumergido en la tristeza desde que casó a su hermana con uno de sus mejores amigos; no obstante, Eric era tan reservado que eran contadas las ocasiones en las que revelaba sus sentimientos… y Annette casi lo pierde debido a esto.
Cerró los ojos por un momento, inhalando hondo para relajar su preocupación, pero la imagen todavía seguía clavada en su mente como una tortura que no se le iba: una bañera llena de agua a la que Orión ladraba desesperado, con los sirvientes ingresando a la habitación del marqués con una fuerza brutal… y allí, dormido y con la ropa puesta, su hijo por poco pierde la vida por voluntad propia. Fue horrible. Tan terrible que ella, como madre, nunca podría olvidar que, hace un año, su amado Eric, de no haber sido por Orión que alertó a todos en la casa, por poco deja de existir.
Annette amaba a sus hijos por igual, tanto que no sabría qué hacer si perdiera a uno… Sería una vida tan dolorosa, peor que la que ya ha tenido, que sospechaba que no soportaría vivir en un mundo sin su Eric o sin su Lilian que temía que este matrimonio entre su hijo y la hija de los Allen no pudiera aliviar el corazón del marqués por más que rezara para que funcionara. Porque, honestamente, con gran desesperación, deseaba que Eric pudiera volver a reír sin tener que fingir que estaba bien…
Puso una mano en su pecho y frunció el ceño al sentir su corazón latir con fuerza.
¿Por qué tenía el presentimiento de que algo no saldría bien?
—Estás perdiendo la cordura, Annette —susurró para sí misma, incorporándose para seguir observando la pista de baile—. Nada malo pasará.
—Es una noche espléndida, ¿no lo cree, mi lady? —la dama se sobresaltó al oír una voz de pronto. Lord Frederick sonrió avergonzado—. Lo lamento, no pretendía asustarla.
—Oh, mi lord —la dama se rió—. No se preocupe. Debo admitir que me tomó desprevenida. Estaba tan atenta a nuestras hijas que no me percaté de su presencia.
El conde se colocó a su lado y observó el baile, donde una joven rubia se reía como una maniática mientras otra castaña se sonrojaba debido a un cumplido y todo por obra de sus esposos. Frederick no pudo evitar sonreír de lado. A pesar de todo, su hija era feliz con ese zorro tan astuto que, tras insistir e insistir, logró convencerlo de que sería el único quien podría otorgarle la seguridad que su Casandra necesitaba. Luego fijó su vista en la duquesa y no pudo evitar recordar a una Annette del pasado al verla tan radiante junto a su esposo, tan feliz que el estómago del conde se contrajo debido a la nostalgia: Lilian era, sin duda alguna, idéntica a su madre.
—Son buenos jóvenes —comentó el conde—. No ha pasado ni un sólo día en el que no me diga que hacen felices a nuestras hijas que no puedo arrepentirme de haberle dado mi bendición a James para que se convirtiera en mi yerno. Confío plenamente en él… —volteó hacia la dama con una mueca—. No le diga lo que pienso, o será capaz de presumirlo a cada segundo que terminará por fastidiarme.
Annette no pudo evitar reír.
—No se preocupe, su secreto está a salvo conmigo —luego, en tono confidencial, le susurró—. Con Agatha le dijimos que él era la mejor opción para Cassie.
Frederick asintió, admitiendo su error por los prejuicios que tenía en contra de James Allen que casi costó la felicidad de su propia hija.
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Editado: 11.08.2026