Katia
Mi situación con Aidan había cambiado un poco después de aquel beso. Yo me la pasaba ignorándolo y él se la pasaba tratando de llamar mi atención. Hasta su comportamiento hostil y arrogante había cambiado: ya no se quejaba y colaboraba en todo lo que se le pedía.
Mis hermanos se sentían cada vez mejor a su lado y, al parecer, él se sentía a gusto con ellos. Jugaban a las cartas y a juegos de mesa, aprendió a pescar y él mismo limpiaba los peces y nos ayudaba en la cocina. Hasta Maggie, que se había mantenido al margen, ahora se la pasaba con él y con los gemelos. Un día me sorprendió verla jugando con él.
—¡Vamos, mocoso! ¿Acaso eres una niña? —escucho a Aidan gritarle a Matías.
Nos encontramos en un campo abierto donde Aidan juega béisbol con los chicos, y casi siempre termina peleándose con los gemelos.
—¡Aquí la niña eres tú! ¿Se te olvida quién salió gritando al ver una culebra muerta? —le grita mi pequeño hermano, y todos reímos.
—¡Maldito mocoso, esa me la debes! —dice mientras agita la pelota para lanzársela a mi hermano.
—¡Ey! ¡Cuidado con tus palabras, principito! —le grito desde mi rincón, esperando a que la pelota sea bateada.
—¡Tu hermano batea como niña! —grita, y lanza la pelota. Mi hermano la batea y esta cae justo en el cuerpo de Aidan, que grita de dolor en el suelo.
—Ahora, ¿quién es el que está gritando y llorando como niña? —dice Matías mientras vemos a Aidan retorcerse.
—¡Matías! ¡Basta! ¿No ves que le diste en la herida? —lo recrimino.
Mis hermanos me ayudan a llevar a Aidan a la cabaña, y él no deja de quejarse. Tengo que limpiarlo de nuevo y darle los últimos analgésicos que quedaban en el frasco. Aidan necesita que lo lleven a un hospital y lo traten; aquí ya no nos queda nada.
—Ven, quédate a mi lado —susurra Aidan, tomando mi mano.
—Tenemos que encontrar la manera de traer ayuda para que te lleven a un hospital. No puedes seguir así —digo, apretando su mano.
—No me quiero ir —dice haciendo un puchero, mientras apoya la cabeza en mis piernas y se queda dormido. Yo le acaricio el cabello.
Me preocupa la situación de Aidan: necesita ir al hospital para que le curen las heridas. Ninguno de nosotros puede dormir por las noches. Le ha empezado a subir la fiebre y a veces delira. No permite que me separe de su lado y ya no tengo medicamentos para darle.
—Yo puedo cruzar el río y traer ayuda —dice mi hermano Ben.
—No, sabes que no puedo dejarte ir solo. —Hago una pausa—. Iré yo.
—¡Estás loca! —dice Aidan con voz ronca—. No voy a permitir que te expongas a ese río. —Se toca el costado y hace una mueca de dolor—. Ni tú ni ninguno de ustedes. —Ruedo los ojos y lo ayudo a sentarse.
—Tenemos… —Mi hermanita Maggie me tapa la boca.
—Shhh. —Mi hermano Ben hace un gesto de silencio—. ¿Escuchan eso? —Salimos de la cabaña y escuchamos gritos.
Les hago un gesto a mis hermanos para que se queden dentro de la cabaña y hagan silencio, mientras voy a inspeccionar. Escucho a Aidan insistir en que no vaya sola y en que lo espere. Ruedo los ojos, como si pudiera levantarse.
Me acerco lentamente por entre los arbustos y veo un vehículo de rescatistas al otro lado del río. Mi corazón se oprime y siento un vacío. Es hora de que Aidan siga su camino.
Salgo de los arbustos y le hago señas al equipo que está del otro lado. Ellos me preguntan a gritos si estoy bien o herida. Después de informarles mi estado, me cuentan que estaban buscando a alguien que no sabían si estaba vivo o muerto. Se sorprenden cuando les digo que está conmigo en mi cabaña y que necesita una ambulancia urgente.
Los rescatistas me informan que ya llamaron a un equipo que traerá un bote para cruzar el río y que la ambulancia viene en camino. Aprovecho y voy a la cabaña a avisar que la ayuda ya viene y, como sospechaba, nadie está contento.
—Mientras vienen por Aidan, necesito que ustedes vayan a la quebrada y me esperen allí hasta que se lo lleven —les digo a mis hermanos.
—¿Por qué tienen que esconderse? —pregunta Aidan mientras lo ayudo a ponerse la camisa.
—No quiero que se den cuenta de que vivo sola con mis hermanos. Sabes que, si se dan cuenta, ellos… —Hago una pausa, conteniendo las lágrimas—. Se los llevan, y no puedo permitirlo. —Aidan toma mi mano y me hace sentarme.
—Quiero que vengan conmigo —susurra mientras me limpia el rostro—. Les prometo que ya no tendrán que preocuparse por nada. —Niego con la cabeza.
—No, cómo crees, Aidan. No podemos irnos contigo.
—¿Por qué no?
—Tú tienes tu vida allá y nosotros…
—¿Nosotros qué?
—Seríamos un estorbo, Aidan. No podemos… Solo no…
—Ustedes salvaron mi vida. Ahora déjenme recompensarlos, por favor… —susurra en tono de súplica.
—Yo… Nosotros… —Me cuesta hablar.
—Les prometo… —Les hace un gesto a mis hermanos para que se acerquen—. Les juro que todo va a estar bien, nadie los separará, tendrán todo… —Voy a hablar, pero Aidan me pone un dedo en los labios—. Sé que aquí son felices y, créeme, yo también lo fui durante los días que estuve en este sitio, pero ustedes merecen algo mejor. ¿Qué pasa si un día no puedes regresar? —pregunta—. Yo los protegeré, se los prometo. Por favor… por favor, vengan conmigo.
Miro a mis hermanos, que también están llorando. Le digo a Aidan que necesito hablar en privado con ellos. Con mi ayuda, sale de la cabaña y lo dejo sentado en una roca cerca del río, esperando. Le digo que, si no regreso, se vaya con los rescatistas y se invente alguna excusa para explicar por qué no estoy.
Aidan
Mi corazón late de prisa y estoy temblando, y no solo por la fiebre, sino también por los nervios de saber si ellos se van conmigo. Si aceptan, me aseguraré de que jamás les falte nada. Ellos no solo me salvaron la vida, también salvaron mi alma.
Veo llegar un bote del que bajan unos paramédicos que empiezan a revisarme. A cada instante miro hacia atrás y no veo a nadie.