Una promesa por cumplir

Capitulo 9

No fue difícil lograr que a Benjamín le retiraran los cargos, y ahora el jefe de policía estaba siendo buscado por todo el condado.

Mi preocupación aumentaba cuando me informaron que Megan había sido trasladada a un hogar de paso, y no era uno cualquiera. Las personas que lo administraban tenían varias quejas por maltratar a los jóvenes y estaban siendo investigadas. Lo que no entendía era por qué aún les permitían tener niños a su cargo.

—Señor, ya vamos en camino a la dirección donde tienen a la chica —me dice un detective que mi padre y yo contratamos para investigar el paradero de los chicos.

—Espero que todo esté bien —digo, pensativo. Lo bueno es que Benjamín fue bien recibido por mi familia y mi hermano lo acogió de inmediato en casa de mis padres. Como yo no paraba en mi departamento, decidí que era mejor que estuviera acompañado por mi madre y mi hermano mientras mi padre y yo seguíamos con la búsqueda.

Aún no dejaba de pensar en Katia. No había ninguna información sobre ella, como si la tierra se la hubiera tragado. Ni siquiera sus datos aparecían en el sistema, y eso me hizo pensar que el tipo ese tendría algo que ver.

—Llegamos —dice mi chofer. Bajo del auto con ayuda de mi padre; mis heridas aún no han sanado por completo, todavía cojeo y no he podido volver al doctor para que me revise, por estar en la búsqueda de los chicos.

Unos policías nos acompañan, junto con mi detective y los abogados. Me quedo a una distancia prudente, ya que los policías deben hablar primero y verificar que no haya peligro para nosotros. Cuando entramos a la casa, de inmediato noto que está descuidada y huele mal, y veo a unos cuantos niños pequeños. El agente le notifica a la señora a cargo que venimos por la chica y le informa que se llevarán de inmediato a los niños.

La mujer se pone a hacer un drama y llora diciendo que no le quiten a los niños, que les ha cogido cariño. Observo a los pequeños, que lucen asustados en un rincón. La mujer niega saber algo de Megan; es más, dice que escapó el mismo día que llegó, y eso me preocupa aún más cuando los agentes verifican que Megan no está en ningún lado.

Empiezo a pasear por la casa, desesperado. Me duele la pierna, pero no me importa. Una niña me hace una señal para que me acerque. Miro a mi alrededor y veo que los agentes están ocupados con la señora, así que me acerco a la niña.

—Hola, cariño, ¿cómo te encuentras? —susurro con ternura para que no se asuste. Quién iba a pensar que, después de conocer a los mocosos, ya no me molestaría estar cerca de los niños.

—Ellos se la llevaron —susurra la niña, solo para que yo la escuche.

—¿Cómo que se la llevaron? —pregunto, preocupado, arrodillándome para quedar a su altura. Siento un ardor en la pierna derecha.

—Se la llevaron anoche, como hacen con las chicas bonitas —dice, y se acerca a mi oído—. Escuché que la vendieron. —Abro los ojos, sorprendido, y observo a la niña, que no tendrá más de diez años—. Por favor, no dejes que a mí me vendan. Cuando ellas salen, nunca regresan. —Baja el rostro con tristeza.

Me levanto de un brinco, y mi pierna duele más, pero no me importa. Apoyado en mi bastón, voy hacia la mujer y la empujo.

—¡Dígame dónde la tienen! —grito, y los agentes me separan de la mujer, que me mira con miedo.

—Señor, por favor, manténgase al margen y déjenos hacer nuestro trabajo —dice uno de los agentes, y mi furia estalla.

—¡La niña me acaba de confirmar que ustedes la vendieron! —grito—. ¡Así que, señora, más le vale que hable ahora mismo o le juro que haré que se pudra en la cárcel! —Golpeo el suelo con fuerza con mi bastón.

Uno de los agentes se acerca a la niña y le pregunta si sabe algo. Ella le dice lo mismo que me dijo a mí, y de inmediato se acerca a la señora, que no deja de llorar.

—Señora, es mejor que confiese o va a pasar muchos años en la cárcel —le dice el agente que habló con la niña, y ella empieza a temblar.

—Yo… yo no sé nada —dice, temblorosa.

—¡Diga dónde está! —grito de nuevo, haciendo sobresaltar a todos.

—Se la llevó mi esposo… Anoche se la llevó.

—¿Adónde, señora?

—A… a un prostíbulo, a venderla. Le iban a dar una buena cantidad por la chica —dice con voz temblorosa. Estallo y me lanzo contra la mujer, que se esconde detrás de los agentes, y a mí me sacan a rastras de la casa.

Me tiro de rodillas en el césped del jardín y, sin importarme el dolor, lloro de rabia. No puedo creer que hayan vendido a Megan a un prostíbulo. «Dios mío, por favor, no dejes que le hagan daño», pido en mi interior.

El detective sale junto con los policías, que se montan en las patrullas. Mi padre me ayuda a levantarme y a subir deprisa al automóvil.

—La vieja confesó la dirección del prostíbulo. Ya han llamado a pedir refuerzos y vamos a rescatar a la chica —murmura el detective—. Solo esperemos que no sea demasiado tarde. —Me quedo en silencio mientras seguimos a la patrulla con las sirenas encendidas. No paramos en el camino ni nos separamos de las patrullas.

Llegamos a un barrio de mala muerte, peor que el de la casa hogar. Cuando llegamos, vemos varias patrullas en las afueras; al parecer llegaron antes que nosotros. No me permiten entrar al lugar y me hacen esperar en el vehículo mientras mis manos tiemblan y mi corazón late a mil.

Empiezo a ver salir a varias chicas jóvenes, todas vestidas de forma vulgar. Salgo del vehículo y me aproximo a ellas. Lloran mientras unas agentes las llevan a las ambulancias para que las revisen. Algunas parecen golpeadas y otras tienen la mirada vacía.

Busco entre las chicas hasta que doy con una pequeña rubia con cara de ángel. Me acerco despacio y veo que lleva un disfraz de colegiala inapropiado para su edad. Ella levanta la mirada y se encuentra con la mía; de inmediato se separa de las chicas que están con ella y se lanza a mis brazos. La recibo y la abrazo con fuerza mientras llora en mi pecho.



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En el texto hay: familia, amor, promesas

Editado: 06.09.2024

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