—Oh, ¿qué haré cuando no te tenga, Confort? Porque ahora estás, pero... pronto te acabarás —dijo lamentándose, porque sabía que en algún momento el papel se iba a terminar. Y entonces, ¿quién le socorrería?
—No te preocupes —dijo Confort—. Si me acabo, podrás imaginarme en tu mente y sacarme desde ahí.
—¿Sería posible, en este caso, limpiarme con papel imaginario? Oh, Confort, ¡cuán útil eres en situaciones de extraña reputación!
Si bien todos escondemos esto en lo profundo de nuestro ser y muchas veces no dejamos ver nuestra vida de defecadores, es porque nos da vergüenza. Y aún más: en cierto modo nos atormenta. Porque ¿quién podría deleitarse en el baño mientras defeca? ¿O quién podría deleitarse en el momento inicial en que transcurren los dolores? Cuando el baño está tan lejos, corres y corres...
Oh, qué pensamientos vienen a mí: profundidades e innumerables abismos. Preguntas sin respuesta. ¿Podré llegar a salvo aunque el baño quede muy lejos? Sin duda los bosques estarían para mí, si es que los hay; pero si no, ¿qué será de mí? Entre las gentes y las casas no quedaría otra que caminar desorientado, fingiendo la locura de mi ser. Porque en ese momento... me derramaré mientras camino. Me derramaré en medio de todos. Será una porción abundante si es que he comido porotos; pero si no, ¡ay de mí!
Y si andas con amigos, ¡qué vergüenza sentirás! Cuando des la mano, ellos no lo sabrán, pero tú sí. Entonces, ¿qué puedo decir?
Por eso dice el Confort: «Acuérdate de mí».