En las memorias de las cinco academias, pocas historias se recuerdan con tanta claridad como la caída del cometa Erebos. Aquella noche, el cielo se rasgó en el solsticio de invierno, y el mundo de los mortales cambió para siempre.
El Despertar.
Unos controlaban el fuego, y lo que antes requería semanas de esfuerzo podía lograrse con un chasquido de dedos. Otros dominaban las aguas, y los ríos se doblegaban ante su voluntad como perros dóciles. Otros movían la tierra, y los muros más altos se alzaban con una sola palabra. Otros tejían las sombras, y la oscuridad dejó de ser ausencia de luz para convertirse en un lienzo donde pintar el miedo.
Dones que no se heredaban ni se aprendían. Dones que nacían del cometa, o de algún designio que nadie alcanzaba a comprender. Y que convertían a los campesinos en reyes y a los reyes en títeres de su propio poder.
La humanidad, enfrentándose a sí misma, dividida entre los que tenían dones y los que no, entre los que usaban su poder para proteger y los que lo usaban para destruir.
Para contener el caos, se erigieron las cinco academias.
Luminiun, la academia capital, donde los dones encontraban su propósito en la protección y la justicia.
Noctia, la academia de la sombra, donde los dones más oscuros se forjaban en armas contra el mal.
Celestia, la academia de la sanación, donde los dones de vida y muerte se estudiaban con la reverencia que merecía lo sagrado.
Umbra, la academia del rastreo, donde los dones de percepción y sigilo se perfeccionaban hasta volverse leyenda.
Y Palaum, la más antigua y secreta de todas.
Pero esta historia, trata de dos de los estudiantes de Luminium...
Sebastián de la casa de los Glaciares, frío y contenido, cuyo corazón parece tan congelado como su don. Nadie sabe qué siente, porque nunca lo muestra.
Se dice que creció solo en una cabaña de montaña, rodeado de nieve y lobos, hasta que un profesor de dones lo encontró y lo llevó a Luminiun. Se comenta que nunca ha llorado, que nunca ha reído, que nunca ha amado.
Katherine de la mente indomable, capaz de mover montañas con el pensamiento, pero incapaz de moverse a sí misma hacia la felicidad. Es amable con quien se lo merece, pero guarda un carácter complicado que pocos se atreven a descifrar.
Se dice que despertó su don a los cinco años, cuando un incendio arrasó su pueblo y ella levantó una casa entera para salvar a su abuela atrapada. Desde entonces carga con el peso de saber que pudo hacer más, que pudo salvar a más, que siempre pudo hacer algo más.
Ambos se conocen desde sus primeros días en Luminiun, los dos eran los más jóvenes de su promoción. Compartieron entrenamientos, fracasos, victorias, silencios. Aprendieron a leerse sin palabras, a entenderse sin explicaciones, a quererse sin decirlo.
Pero el mundo no se detiene por el amor de dos adolescentes. Las responsabilidades llegaron, y con ellas, la certeza de que no podían estar juntos.
No porque no quisieran. Porque el deber no lo permite.
Así que toma asiento, lector.
Prepara tu corazón para lo que viene.
Porque en esta historia, el mundo está en juego.
Mientras que dos personas intentan salvarse la una a la otra,
Y descubren, en el intento, que quizás esa es la única forma de salvar algo que valga la pena.