PREFACIO
Noah
—¿Estás sola? –susurró una voz masculina, desde el pasillo, que reconocí como la voz del vecino del apartamento de Kate.
—¡No! ¡Vete! –exclamó Kate en el mismo tono.
En cuanto cerró la puerta solté la carcajada.
—¿De qué te ríes? –preguntó ella, con cierto dejo de alarma en la voz.
—¡De mí! ¡No puedo ser más estúpido!
—¿Por qué lo dices?
—¡Por esto! ¿Qué esperaba? ¿Que mientras yo me iba de viaje tú me fueras fiel? –volví a reír– ¡Si ni siquiera yo lo era!
—¡No! ¡No! –se apresuró a decir ella–. ¡No es lo que piensas!
—Lo único que tengo para reclamarte es que no me dijeras que el vecino y tú retozaban en mi ausencia. Al menos creo que me merecía tu sinceridad, porque yo nunca te mentí.
Hacía cinco años que Kate y yo estábamos juntos. Éramos una especie de “novios sexuales”, porque si bien ella quería que fuéramos más en serio, yo no me decidía; eso de salir tomados de la mano no iba conmigo, prefería no comprometerme demasiado para no salir herido.
La experiencia de mi hermano había marcado mi vida.
Primero, se había casado con apenas 25 años sólo porque quería convertirse en padre de ese niño medio abandonado por todos, incluso por su madre. Creyó estar enamorado de esa mujer que no valía ni el aire que respiraba, cosa que confirmé cuando una noche, ya casada con mi hermano, se metió a mi cuarto e intentó seducirme.
Luego, en mis viajes, había perdido la cuenta de la cantidad de mujeres con las que me había acostado, aún después de decirles que tenía novia y sobre todo cuando descubrían que tenía dinero.
Sólo una había logrado fisurar mi armadura, pero no me había elegido a mí, sino que estaba próxima a ser la esposa de Ethan.
Y ahora esto.
No es que culpara a Kate por meterme los cuernos, pero confirmaba mi convicción de que no debía confiar en ninguna mujer.
El sexo con ella había sido bueno, pero era hora de ponerle fin. No porque la pobre hubiera buscado consuelo en otro hombre, sino porque no había sido sincera conmigo, y eso me hacía pensar en cuántas otras mentiras me diría, y esa desconfianza arruinaría nuestros “momentos”.
Esa noche, cargado de frustración, regresé a mi casa.