Capítulo 1
Noah
El lunes por la mañana, al llegar a la empresa, vi a la pelirroja sentada al escritorio que antes ocupaba Jonas, y me sentí molesto.
Entré a mi oficina sin saludar y llamé de inmediato a Sarah.
—¿Quién es ella?
—Es su nueva secretaria, señor Noah.
—¡Te dije que no quiero mujeres en ese escritorio!
—¡No conseguí a nadie más, señor! ¡Y ya hace una semana que se fue Jonas! Además, la recomendó su hermano.
Respiré hondo buscando calmarme. Tenía mala experiencia con las secretarias. Desde que empecé en la empresa, cuando tenía 24, las chicas que habían trabajado para mí se habían esmerado más en seducirme que en el trabajo, y a mí nunca me había gustado mezclar las cosas, y mucho menos poner en riesgo la reputación de la empresa fundada por nuestro abuelo.
—Dime cómo se llama.
—June Harper, señor. Es Asistente Administrativa recibida con honores en el Phoenix College.
—Mmm… Por el momento se quedará hasta que consigas a alguien más –dije a regañadientes–, después la ubicas en otro departamento. Gracias, Sarah –concluí para que se marchara y no como agradecimiento.
Cuando la Jefa de Recursos Humanos salió, activé el intercomunicador.
—Señorita Harper, venga.
A los cinco segundos ella golpeaba la puerta de mi despacho.
—¿En qué está trabajando? –le pregunté sin mirarla.
—Estoy explorando el software de gestión de proyectos, señor, y anotando dudas.
“Parece observadora y aplicada –pensé–, pero no será suficiente”.
—Suspenda lo que está haciendo –le ordené–. Ahora necesito que organice los contratos activos. Debemos activar los proyectos atrasados.
—Sí, señor. ¿Algo más?
—Por ahora eso es todo. Tendrá para toda la jornada con esa tarea.
Cuando volteó para retirarse, la miré. Vestía falda recta que terminaba justo arriba de las rodillas, y una blusa blanca sencilla bastante suelta. No parecía querer seducir con su atuendo y mucho menos con el gesto serio, casi diría desconfiado, con que me había tratado.
No pude evitar levantar las cejas, asombrado. Entendía por qué Ethan la había recomendado: no había forma de portarse mal con ella. Lo que mi hermano aún no comprendía era que yo jamás me involucraría con una empleada, sabía perfectamente los problemas que eso podría acarrearnos a todos, y por supuesto que lo evitaría.
* * *
June
El primer encuentro con mi jefe no había sido agradable. Al llegar me miró como a un bicho raro y peligroso y ni se tomó la molestia de decir “buenos días”, frase básica de cortesía cuando uno llega al trabajo.
El segundo encuentro, cuando me llamó a su oficina, tampoco fue grato. Me trató como si yo fuera portadora de algún virus peligroso.
Es decir: aparte de seductor y libertino, según rumores, era un mal educado.
Decidí que no iba a afectarme. Necesitaba el trabajo y el salario ofrecido era más que bueno. Si cumplía con eficiencia, no le daría excusas para despedirme.
—Hola –dijo una voz grave frente a mí.
No lo había oído entrar, pero al levantar la mirada, fue agradable ver una sonrisa amable esa mañana, en que los nervios amenazaban con desbordarme, en mi primer día en Beckett Developments.
—Hola –le respondí sintiéndome descubierta en mis malos pensamientos.
—Ben Carter –dijo él tendiendo su mano y sin perder la sonrisa–, de Planificación y Permisos.
—June –le respondí tomándole la mano y sintiendo el fuerte apretón que me hacía sentir bienvenida.
Al menos alguien me trataba bien esa mañana.
—Trabajaremos juntos con frecuencia, June. ¿Comienzas hoy?
—Sí, es mi primer día.
—No quiero agobiarte, pero… Estoy armando el expediente del proyecto Pine Crest, ¿no sabes si llegó la aprobación municipal?
—Dame un momento.
Tecleé en mi ordenador la entrada correspondiente para encontrar con rapidez el expediente. Lo hallé enseguida y encontré lo que él necesitaba.
—Acá está. Parece que llegó hace una semana.
—Eres muy eficiente, June –dijo con amabilidad–. Gracias, con esto me ahorras llamadas incómodas. ¿Ya llegó el jefe?
—Acá estoy –sonó la voz a mis espaldas–. ¿Me necesitas?
—Sí, señor, tengo algo que consultarle sobre este proyecto.
—Pasa.
Al escuchar cerrarse la puerta de su despacho, solté la respiración y me puse manos a la obra con el trabajo que me había encomendado.
Cuando al cabo de una media hora Ben salió y se marchó, no sin antes decirme por lo bajo: “Está de mal humor”, volvió a sonar el intercomunicador.