Capítulo 3
June
—¿Qué tal el jefe?
—Aparte de misógino, todo bien.
Ben soltó la carcajada que hizo que todos los empleados que estaban tomando su almuerzo en la cafetería voltearan a vernos.
—No te confundas, June, el jefe no es misógino; ahí la tienes a Sarah, él le confiaría su vida.
—¿Y entonces? ¿El problema soy yo? ¿Le caigo mal por alguna razón?
—Tal vez… ¿quién sabe…? –dijo pensativo, tomando un sorbo de su soda–. Quizás te considere una amenaza.
—No comprendo. ¿Por qué yo sería una amenaza para alguien?
—Eres muy bonita, June, y muy inteligente –comentó mirándome directo a los ojos–. Él tiene fama de mujeriego y las mujeres de tu tipo son su debilidad, el problema es que no se mete con las empleadas, y ese impedimento puede estar molestándolo.
—No delires, Ben. Yo soy una chica común y corriente, no puedo ser su tipo; un hombre mujeriego siempre elige mujeres voluptuosas y de clase –argumenté.
—No estoy tan seguro. Corre el rumor de que el hermano, que es el CEO de la empresa, se metió con una empleada, pero de su casa. Tal vez tu jefe sea igual a su hermano.
Me sentí furiosa, pero no podía decirle que conocía a Ethan sin quedar como “acomodada”. Pero sí intenté una débil defensa.
—Los rumores que llegaron a mí son que la chica ya no era empleada cuando iniciaron la relación. La gente tiene la costumbre de hablar sin tener toda la información.
»Pero cambiemos de tema, dejemos a los jefes en paz. ¿Qué tal tú? ¿Cuánto hace que estás en la empresa?
—Siete años. Empecé como secretario en Planificación y Permisos y luego pasé a jefe del departamento. Nada muy ¡wow!
»¿Qué hay de ti? ¿Tienes novio, pareja, esposo…?
—¡Vaya! ¡Directo a la vida privada! –observé, sintiéndome incómoda.
Recién nos estábamos conociendo como compañeros de trabajo, y él ya quería saber más de lo que debería.
Por supuesto no le respondí, en cambio seguí con las preguntas laborales, hasta que, al cabo de media hora, regresamos a trabajar.
Al salir del elevador, nos cruzamos con mi jefe.
—Señorita Harper, la necesito.
* * *
Noah
A la hora del almuerzo salí de mi despacho con el objetivo de invitar a la señorita Harper a almorzar.
No era que quería una cita con ella mi mucho menos, sino que, al evaluar la agenda que le había pedido que me organizara, había descubierto una eficiencia que nunca había obtenido con mis secretarios anteriores, y entonces decidí que debía acompañarme al almuerzo de trabajo con un posible inversor para el complejo hotelero de Las Vegas.
Descubrí también que, en mi afán por reemplazarla pronto, no le había pedido su número de teléfono, que en ese momento habría necesitado, por lo que no tuve más remedio que aguardar a que regresara.
Al oír el elevador salí para ver si era ella y, claro, venía con Ben. Debí haberlo imaginado.
Miré la hora en mi reloj: doce y treinta, no tenía nada que reclamarle, pero ya me había molestado.
—Señorita Harper, la necesito. Debe acompañarme al almuerzo con Monroe –solté con brusquedad.
No se me escaparon las miradas de entendimiento que cruzaron Ben y ella. Seguramente habían hablado de mí, pero no importaba, estaba seguro de que pronto lo sabría, teniendo en cuenta que ella no era persona que callara sus opiniones.
Me hacía acordar a “alguien”, claro. Si no fuera por el apellido diría que eran hermanas.
Una vez en el aparcamiento, le abrí la portezuela de mi Audi para que subiera, lo que, al parecer, la hizo detenerse. Fue una reacción sutil, ya que de inmediato subió con indiferencia, sin embargo no pasó desapercibida para mí, como tampoco su perfume, un aroma leve a lavanda de una delicadeza exquisita.
Volví a sentirme molesto, pero esta vez fui consciente de que no era su culpa, el problema era yo y mi falta de mujer desde que dejé de ver a Kate.
Decidí que esa noche lo solucionaría.
Por el momento debía enfocarme en el trabajo. Como COO de nuestra empresa, era responsable de captar inversionistas y éste parecía que sería uno bueno. Aunque el hecho de que se hiciera presente en el restaurante con su secretario, y que éste olvidara tomar nota de nuestra reunión por enfocar toda su atención en la señorita Harper, no había ayudado.
A nuestro regreso, fui directo al preguntarle:
—¿Usted siempre se comporta así con los hombres, señorita Harper?
—¿Así cómo? –inquirió seria.
—Con indiferencia ante sus galanterías. El secretario de Monroe se desarmó en atenciones y usted lo ignoró todo el tiempo.
—¿Puedo ser sincera, señor?
—¡Claro! Espero que lo sea.
—En mi opinión, si me permite decirlo, los hombres que son atentos con una mujer que recién conocen sólo quieren una cosa, y yo no estoy diapuesta a tener sexo con un desconocido.