Capítulo 5
Noah
El lunes llegué a la empresa muy temprano. Como mi hermano estaba de “luna de miel”, planeaba dejar Operaciones a cargo de la señorita Harper y encargarme del Departamento Ejecutivo hasta tanto Ethan regresara.
Tenía un importante proyecto que atender en Las Vegas y confiaba en que ella sería capaz de analizarlo y organizarlo en todos sus aspectos.
Sin embargo, al entrar a Secretaría, la cabellera roja que esperaba ver había sido reemplazada por un cabello negro, corto, prolijo, de un joven de unos veintitantos, que me miró con ojos de susto.
—¿Tú quién eres? –pregunté agrio.
—Jack Grant, señor.
—¿Y qué haces aquí?
—La Jefa de Recursos Humanos me indicó que aquí trabajaría… para el señor Noah Beckett…?
No pude evitar fruncir el ceño. No me había preparado para eso y de pronto me sentí molesto.
—¿En qué estás trabajando? –continué.
—Estoy aguardando a que usted me diga qué hacer, señor.
Definitivamente no podía confiarle a este joven un trabajo tan importante como el de Las Vegas.
Me dirigí a mi despacho, tomé el teléfono interno y llamé a Sarah.
—¿Qué hiciste con la señorita Harper?
—Está en Planificación y Permisos. El jefe pidió por ella. Su nuevo secretario ya está allí esperando sus órdenes, señor.
—¡No quiero un nuevo secretario! ¡Al menos no en este momento! ¡Tráeme de vuelta a la señorita Harper!
Corté la llamada con violencia. La pobre de Sarah seguramente estaba pensando que me había vuelto loco. Pero no la culpaba. Lo que sucedía era que para hacerme cargo de los dos departamentos directivos necesitaba a alguien eficiente a mi lado, y ésa era la señorita Harper.
El hecho de que hubiéramos compartido alguna que otra plática y algún que otro baile en la boda de mi hermano, no tenía nada que ver con ésto.
Al cabo de unos veinte eternos minutos llamaron a la puerta.
—¿Me necesitaba, señor? –preguntó ella en cuanto le ordené pasar.
Y allí estaba, radiante y sobria como siempre, con su atuendo neutro y su cabello salvaje en una amalgama de sobriedad indómita.
—Siéntese, señorita Harper –la invité señalando la silla frente a mí del otro lado de mi escritorio–. ¿Un café? –le ofrecí levantándome para servirlo.
—No, gracias, señor.
Me serví sólo para mí y regresé a mi escritorio.
—Como sabe, mi hermano estará ausente toda la semana, por lo que yo debo hacerme cargo de los dos departamentos directivos. Sin embargo, dentro de quince días tengo una reunión con Joe Collins en Las Vegas, para escuchar su propuesta de inversión en el complejo hotelero que pondremos en marcha allí.
»Lo que necesito de usted es que investigue los antecedentes de Collins, analice el boceto de la propuesta que nos ha enviado y se prepare para acompañarme a Las Vegas.
—Disculpe, señor, ¿qué pasará con el chico que me reemplazó?
—Será reubicado en Ventas. No se preocupe. En esta empresa no se despide a nadie.
«Otro dato de ella –pensé–: es empática.»
* * *
Las Vegas
15 días después
Noah
En la Sala de Reuniones de la empresa Collins & Co., el secretario de Joe Collins explicaba el proyecto de inversión proyectando en una pantalla una serie de diapositivas, en tanto su jefe, mi secretaria y yo, lo escuchábamos atentamente.
—El complejo tiene un potencial extraordinario –decía el joven con seguridad–. Ubicación, marca, concepto… Lo único que necesita es una estructura financiera inteligente.
Por el rabillo del ojo veía a la señorita Harper, sentada a mi derecha, observando atentamente la pantalla y con cada diapositiva que se sucedía, tomando nota en su tablet con el lápiz óptico.
Mientras el joven explicaba los gráficos y hablaba de riesgo compartido, alineación de intereses, asociación estratégica… yo escuchaba y evaluaba. Todo sonaba dentro de lo correcto.
De pronto sentí un leve roce en mi mano, en tanto la señorita Harper me mostraba con disimulo la tablet para que leyera en la pantalla lo que acababa de escribir:
“El inversor cobra primero siempre. No es sociedad. Es préstamo con intereses”
Me estaba advirtiendo sobre un dato velado que sólo ella había observado: las condiciones de la inversión beneficiarían exclusivamente al inversor poniendo en riesgo a los gestores del proyecto, es decir, a nuestra empresa.
El joven continuó hablando, ajeno a lo que estaba sucediendo.
—Perdón –interrumpió mi secretaria con voz serena–. ¿Podrías aclararnos algo?