Capítulo 6
June
Por un momento perdí la capacidad de respirar y me sentí turbada. Esa sensación era completamente nueva para mí, jamás había perdido el control de mí misma y quizás por eso siempre repelía a los hombres -a ninguno de ellos le gusta una mujer seria y segura de sí-, pero esa tarde, ante la proximidad de mi jefe y esa súbita sensación de intimidad, había perdido de pronto esas facultades que tanto atesoraba.
No supe de dónde saqué las fuerzas que necesitaba para pedirle que no lo hiciera, probablemente se abrió paso en mí ese orgullo que me impedía ser seducida por un conquistador nato y sobre todo si ése era mi jefe.
Cuando él me soltó de súbito como si quemara, no sé si me sentí aliviada o decepcionada, pero definitivamente me sentí liberada.
—La invito a cenar –me dijo de pronto con una sonrisa tensa–, para despedirnos de “la ciudad de las luces”. No acepto un “no” como respuesta. Paso por usted a las siete.
Y se marchó.
Cerré la puerta de mi cuarto y apoyé la espalda en ella, al tiempo que escuchaba cerrarse la del cuarto contiguo. Entonces respiré hondo esforzándome por despejar la mente.
Después de ese ejercicio respiratorio que me tomó varios minutos, me dirigí al closet, busqué en mi maleta el único vestido medianamente elegante que había llevado por si se presentaba alguna cena de trabajo, lo extendí sobre la cama y me dirigí al cuarto de baño para tomar una ducha.
Tras un cuarto de hora bajo el agua tibia, me sequé, me puse el pijama y me acosté a descansar. No dormí mucho, apenas unos minutos, los suficientes como para soñar que el señor Noah levantaba mi barbilla con su dedo índice, acercaba lentamente su rostro, y apoyaba suavemente sus labios en los míos iniciando el más dulce de los besos.
La emoción intensa me despertó y de pronto monté en cólera contra mí misma. ¡¿Cómo podía?! ¡¿En qué loca cabeza podía concebirse ese sueño?!
Me levanté furiosa y fui a lavarme la cara con agua helada. Una vez relajada, regresé a la habitación y comencé a prepararme
A las siete en punto llamaron a la puerta. Al abrir, un Noah apuesto y con una sonrisa franca me miraba desde el pasillo sin decir una palabra.
El rubor en mis mejillas fue inmediato. No estaba acostumbrada a ruborizarme ante nadie, pero la profundidad de su mirada me llevó a temer que leyera mi mente y descubriera el sueño que acababa de tener.
Volteé de inmediato con la excusa de ir por mi bolso y luego, con la cabeza baja, salí al pasillo y juntos nos dirigimos al elevador.
Ya en el exterior, una vez que el valet le entregó al señor Beckett la llave del coche, él condujo hasta un edificio en cuya planta baja funcionaba uno de los tantos casinos de Las Vegas y en cuyo piso cincuenta había un lujoso restaurante con ambiente tranquilo e íntimo.
El camarero nos guió hasta una mesa reservada en la terraza, y nos dejó la carta.
—Espero que le guste este lugar –dijo él de pronto–, está alejado del ruido y sirven buena comida.
—Me encanta –le respondí con aprensión.
—Permítame elegir el vino –dijo él con una corrección que parecía sacada del siglo pasado.
«¿Eran así todos los ricos?»
—Para comenzar, un Champagne Bollinger, por favor –le dijo al camarero cuando éste se acercó después de una seña suya.
A los pocos minutos el mesero estaba de regreso con el champagne y las copas, pero su intento de servirnos fue detenido por un gesto de mi jefe, quien a continuación se hizo cargo de esa atención.
—Por un trabajo excelente –dijo levantando luego su copa para chocar con la mía, sin apartar su vista de mis ojos.
Había comenzado mal la noche. No estaba logrando recuperar mi control y eso me fastidiaba, aunque suponía, sin estar del todo segura, que sólo era mi culpa por mi falta de vida social.
«¿O sería su sobrada experiencia como conquistador que me estaba doblegando?»
«¡Debía redoblar mi esfuerzo!»
Tras elegir el menú, él soltó.
—Cuénteme algo sobre usted, señorita Harper.
—Mi vida no es interesante, señor. Soy una chica común de pueblo que estudió y al fin consiguió un buen trabajo.
—Será una chica de pueblo, pero me consta que nada común.
—Lo de hoy lo habría hecho cualquiera.
—No menosprecie su inteligencia. Desconozco si ésa fue su primera reunión con inversores o si ha tenido en trabajos anteriores reuniones similares. Pero de todas maneras es usted muy atenta a los detalles y muy eficiente.
—Gracias, señor, pero ya no me adule. Y no, no he tenido experiencias anteriores, sólo tuve trabajos temporales en empresas pequeñas, nada muy importante.
»Pero… no me gusta hablar de mí, señor.
—Hagamos un trato, yo le cuento de mí y luego usted me cuenta algo de usted. ¿De acuerdo?
—De acuerdo –le respondí a regañadientes.