Una Secretaria para Noah

CAPÍTULO 7

Capítulo 7

Noah

El vuelo arribó al aeropuerto de Flagstaff alrededor de las siete. Era evidente que la señorita Harper no estaba acostumbrada a volar en primera clase por la expresión de asombro con que miraba todo con sus ojazos verdes muy abiertos, durante la hora y diez minutos que duró nuestro viaje.

Al llegar, tomé nuestras maletas y nos dirigimos al aparcamiento donde había dejado mi coche, y tras guardarlas en el maletero me dispuse a abrir la portezuela del acompañante como atención a ella.

Fue entonces que la miré porque se había quedado inmóvil junto al coche, con la vista fija en la pantalla de su celular y con el rostro lívido.

De pronto la palidez llegó a sus labios y se apoyó en el carro, entonces supe que iba a desmayarse.

La sostuve de prisa justo cuando sus fuerzas la abandonaban por completo, y sus ojos perdidos en el vacío comenzaron a llenarse de lágrimas.

—Yo la sostengo, señorita Harper… Venga, vamos al coche –susurré cargado de preocupación.

—Ya estoy bien –musitó ella.

Aún así no la solté, sino que, sosteniéndola aún por la cintura, la conduje hasta el asiento del conductor y le coloqué el cinturón.

Rodeé el coche, ocupé mi lugar al volante y arranqué de prisa.

—¿A dónde la llevo?

—A la terminal de autobuses, por favor –respondió quedo, mientras sus lágrimas comenzaban a caer en silencio.

—¿Algún problema familiar?

—Mi padre… –respondió ella con un hilo de voz– tuvo un infarto…

—No se preocupe, en cincuenta minutos estaremos en Sedona.

Coloqué mi móvil en el soporte del salpicadero del Audi y llamé a Ethan.

—Ya estamos en Flagstaff, hermano, pero hoy no iré a trabajar. Estoy llevando a la señorita Harper a Sedona.

—¿Qué sucedió? –sonó preocupada la voz de Ethan.

—Es el papá… está internado… un infarto…, y ella no está en condiciones de viajar sola.

Se hizo un silencio del otro lado de la línea, al cabo del cual sonó grave la voz de mi hermano:

—Dile que se tome todo el tiempo que necesite, y si necesita algo más de nosotros nos lo haga saber. Le avisaré a Grace.

—Ella te está escuchando.

Otro silencio.

—Ánimo, June –dijo al cabo–. Todo va a salir bien.

—Gracias, Ethan –respondió ella con voz ahogada.

* * *

Llegamos a Sedona antes de las ocho. La señorita Harper me guió hasta el hospital, y al arribar bajó corriendo y apenas si pude seguirla por los pasillos hasta Cuidados Intensivos.

Una mujer, de unos cincuenta años, con el cabello rojo al igual que mi secretaria, se acercó a ella y se fundieron en un largo abrazo. Más atrás, vi la cara conocida de Margaret, que en cuanto me vio vino hacia mí.

—Gracias, Noah. No esperaba menos de ti –me dijo forzando una sonrisa.

La abracé como si fuera mi madre -de hecho, me habría gustado que lo fuera por la enorme bondad y comprensión que le había conocido aquella Navidad que pasé en su casa- pero luego me aparté avergonzado.

—¿Está muy grave? –pregunté.

—Al parecer ya está fuera de peligro, pero lo mantendrán en observación por unos días, por si se repite –me respondió bajo.

—Bien. Me alegro por la familia –agregué mirando a las mujeres que aún seguían abrazadas.

Cerca del mediodía llegó Grace y se sumó al grupo que habíamos acampado en la sala de recepción del hospital. Entonces sentí que sobraba. Ellos eran familia y yo me sentía “en modo decoración”, por lo que decidí que era hora de marcharme.

Mi secretaria me acompañó hasta la acera, y allí, en voz baja y casi sin mirarme, me dijo:

—Muchas gracias, señor Noah. No sabe cuánto aprecio lo que ha hecho por nosotros. Me gustaría decirle que regresaré pronto porque me preocupan todos los proyectos que debíamos empezar a trabajar, pero no estoy segura de cuándo se recuperará mi padre, por lo que si usted necesita reemplazarme, de todos modos estaré siempre agradecida.

—Estaría loco si quisiera reemplazarla –repliqué quedo–. Usted tómese el tiempo que necesite y cuando pueda regresar la estaré esperando. ¿Necesita que le adelante el salario?

—¡No, señor! Le agradezco, pero no lo necesito. Ya le debo demasiado.

—No me debe nada –repliqué con una sonrisa–, aunque me gustaría que me debiera algo –añadí en tono de broma estúpida.

«¿En serio? “¿Me gustaría que me debiera algo?” ¿No podía parar de decir estupideces?»

* * *

—Estoy perdido –solté desplomándome en el sofá del despacho de mi hermano.

—¿Qué sucede? –preguntó él mirándome con desconfianza–. ¿Qué hiciste?

—Creo que me estoy enamorando de mi secretaria.




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