Una Secretaria para Noah

CAPÍTULO 8

Capítulo 8

Dos semanas después

June

—Buen día –saludó una voz grave muy correcta.

Levanté la vista y respondí de la misma manera. Su rostro me resultó familiar pero no podía recordar dónde lo había visto.

—¡Hola! –volvió a decir él, esta vez con una sonrisa, como si me reconociera–. June ¿verdad? –agregó acercándose y tendiéndome la mano.

—Sí, soy June… ¿Lo conozco? –respondí tomándola en un respetuoso saludo.

—¡Auch! ¡No me recuerdas! –exclamó sin perder la sonrisa–. Compartimos pláticas y un par de bailes en la boda de Ethan.

—¡Ay, disculpa! ¿John?

—El mismo. ¿Trabajas con Ethan?

—No, con el señor Noah.

—¡Ah! Entonces me equivoqué de oficina. Lo busco a él.

—El piso es el correcto –reconocí con una sonrisa–. Te acompaño a su despacho.

Salí de detrás de mi escritorio y acompañé al abogado de la familia Beckett a la oficina de Ethan.

Al llegar a su despacho, como no estaba presente su secretario me dispuse a llamar a la puerta, pero antes de que mis nudillos alcanzaran a tocarla ésta se abrió y el señor Noah, que al parecer estaba de salida, me miró sorprendido.

—El señor John Pierce quiere hablar con el señor Ethan –le dije aunque no preguntó.

Entonces él miró detrás de mí.

—Hola John –saludó seco–, pasa.

El abogado pasó, pero antes de cerrar la puerta se giró hacia mí.

—Oye, June. Te invito un café cuando termines. ¿A qué hora sales?

Me tomó por sorpresa, por lo que sólo atiné a responder:

—A las cinco.

—Vendré a esa hora –concluyó con la misma sonrisa, antes de cerrar la puerta.

—¿Con que un café? –dijo por lo bajo mi jefe, mirándome desde su altura cuando regresábamos a nuestra oficina.

—Me tomó por sorpresa, no sé por qué querría… «un café conmigo» –terminé la frase en mi mente.

—Seguro tiene en mente una conquista –dijo él con tono indescifrable.

Me detuve antes de entrar y lo miré molesta.

—¿Por qué vuelve a ofenderme, señor? ¡Pensé que ya habíamos pasado de eso!

—¡No, no! ¡No quise ofenderte! Es que eres una mujer hermosa y tiene lógica que él pretenda… Discúlpame.

Lo miré con atención, levantando las cejas ya sin enfado. «¿De verdad él pensaba que era hermosa?»

No repliqué. Su disculpa me había desarmado y, dado el caso, era mejor no continuar con el tema.

Entonces, él abrió la puerta de mi oficina y me cedió el paso.

El nuevo secretario levantó la vista al vernos entrar, y de inmediato la regresó a la pantalla de su ordenador. El chico parecía asustado.

Ese lunes acababa de reincorporarme a mi trabajo, después de dos semanas de ausencia por la salud de mi padre, y había notado muchos cambios en mi oficina. En primer lugar, el trato del señor Noah era diferente. Se mostraba amable, hasta diría tierno, aunque estaba segura de que ésto último eran pura y exclusivamente fantasías mías. Pero lo cierto era que había cambiado, y eso demostraba que no era un hombre insensible, que seguramente al descubrir -después de nuestra plática en Las Vegas- cuánto necesitaba mi trabajo, se había sensibilizado y, a pesar de haber conseguido otro secretario más de su agrado, decidió que yo podía permanecer en mi puesto.

El otro cambio era la presencia de mi nuevo compañero, quien, al parecer trasladado de Ventas a esta oficina, me había reemplazado durante mi ausencia y parecía que iba a quedarse.

—¿Puede organizarme la agenda para la semana, señorita Harper? –me preguntó mi jefe antes de encerrarse en su despacho.

—Ya está lista, señor, se la envié por mail. Fue lo primero que hice esta mañana. Ahora revisaremos con Jack los contratos activos para detectar los que estén demorados.

—Perfecto –dijo él–, la miraré ahora y después me informa sobre los contratos rezagados.

—Sí, señor.

Cuando terminamos la tarea con Jack, le sugerí:

—Llévale tú la lista al jefe.

—No, por favor, ese hombre me hace tartamudear.

Mi compañero me hizo reír de buena gana.

—Pero ¿por qué le temes? Ahora es amable. Cuando recién empecé ¡sí que era de terror!

—Es amable contigo. A mí nunca me ha tratado como a ti.

«¿Sería cierto? ¿Estaba siendo amable sólo conmigo?...» Concluí que era una apreciación errada de Jack, sólo porque era nuevo.

* * *

Noah

¿Tener ganas de matar a alguien cuenta para ir al infierno? Porque de ser así, ya conocía mi lugar para después de mi muerte.

Esa mañana ideé mil maneras de acabar con John Pierce, y como no me decidí por ninguna, al final de la jornada salí de mi despacho como una tromba dispuesto a rogarle a la señorita Harper que no fuera a tomar ese bendito café con él. ¿La excusa?... Se me ocurriría en el momento.




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