Una Secretaria para Noah

CAPÍTULO 9

Capítulo 9

June

—¡¡¡El muy idiota…!!! ¡¡¡El muy idiota…!!!

Sentada en mi cama con las piernas cruzadas, intentaba explicarles a mis amigas, pero la ira no me permitía terminar la frase.

—¡Cálmate, June! –exclamó Hazel–. ¡Si es tan idiota no merece que te afecte tanto!

—Es que… Es que… ¡insinuó que tengo algo con Ethan! –logré articular con la voz ahogada en llanto de rabia.

Grace, sentada a mi lado, sonrió con ternura tomando mi mano.

—¡Tú sabes que no podría! ¿Verdad Grace?

—Claro que lo sé –musitó ella–. Ven acá –agregó acercándose más a mí para darme un abrazo.

—¡Antes morir que romper nuestro pacto! –exclamó Hazel sentándose junto a nosotras y abrazándonos a ambas.

Nuestro pacto era sagrado. Lo habíamos hecho en nuestra adolescencia, cuando empezaban a gustarnos los chicos, y lo cumpliríamos de por vida. “Cuando alguna de nosotras se enamorara ese hombre dejaría de existir para las otras”. Era un pacto de honor y de amistad, y preferiríamos morir antes que violarlo.

—Dijo… dijo que había estado muy protector conmigo –agregué entre lágrimas cuando me dejaron respirar–. Lo que no sabe es que tu esposo es un hombre íntegro ya que él mismo desconoce lo que eso significa.

—Quizás tenía razón –dijo Grace con gesto enigmático y una sonrisita disimulada.

—¡¿Qué dices?! –le respondí incrédula.

—Que quizás se mostró protector por cuidar los intereses de su hermano.

—¡¿Qué?! –exclamamos Hazel y yo.

—¡¿Tú qué sabes?! –le preguntó Hazel.

—¡No no no! ¡No inventes cosas, Grace! –solté con énfasis– El señor Noah está demostrando que puede ser amable y no el ogro que parecía ser al principio, ¡pero eso es todo! …Es verdad que en Las Vegas casi me besó pero…

—¡¡¡¿Casi te besó?!!! –gritaron las dos al unísono–. ¡¿Y cuándo ibas a decírnoslo?!

—¡Fue una confusión! Él estaba agradecido por mi trabajo y ustedes saben que los sujetos seductores no conocen otra forma de relacionarse. Pero por suerte no sucedió y después de eso fue muy correcto y amable conmigo.

Ellas se miraron con complicidad.

—¡Van a lograr que no les cuente nada nunca más! –exclamé molesta.

Toda esa confusión me estaba desquiciando y me tiré sobre la almohada, rendida.

—¡No, por favor! –exclamó Hazel riendo–. ¡Si te creemos! Ahora vamos a cenar y nos cuentas de tu papá.

Ellas siempre eran así de locas, me alteraban los nervios y después me calmaban con exceso de cariño. Agradecía al universo por tenerlas en mi vida, no podía imaginar unas amigas mejores, pero esa tarde las habría golpeado.

Más tarde, cuando ellas se marcharon y yo me disponía a irme a la cama para resetear mi cabeza después de un día tan intenso, recibí en el grupo de WhatsApp un mensaje de Grace:

—Ethan acaba de sacar a Noah de la cárcel. Lo detuvieron por desorden en la vía pública.

—Qué pasooó?! –preguntó Hazel.

—Estaba ebrio? –pregunté yo, aunque no imaginaba al señor Noah comportándose así en la calle.

—Al parecer le rompió la mandíbula a John Pierce –respondió Grace.

—Ja ja ja! –escribió Hazel– Bien merecido se lo tenía!

No pude responder por un largo momento. Recordé al señor Noah interponiéndose entre el idiota y yo cuando salía del café, pero estaba tan enfadada que no volví a pensar en ello hasta ese momento.

—Qué sorpresa –escribí en el grupo porque no se me ocurrió qué otra cosa decir.

Aunque mis amigas no respondieron a eso, un sentimiento de inquietud, y quizás de gratitud, me invadió de tal forma que esa noche me costó conciliar el sueño.

* * *

Noah

—Buen día –saludé amablemente a mis dos secretarios–. Señorita Harper, venga a mi despacho, por favor.

Esa mañana estaba ansioso por verla y por eso había ido temprano a la oficina. Quería saber qué tan ofendida se sentía por lo sucedido con Pierce, y si también lo estaba conmigo por entrometido.

Ella entró detrás de mí con su tablet y su lápiz óptico en la mano, con su atuendo sobrio, su cabello rojo salvajemente atractivo y sus ojazos verdes mirándome con asombro.

Sacudí la cabeza. Me estaba distrayendo.

—¿Un café? –le ofrecí mientras me acercaba a la mesa de la cafetera para servirlo.

—No, gracias, señor.

Hice oídos sordos a su respuesta y llevé los dos cafés a mi escritorio.

—¿Se siente bien? –le pregunté sin vueltas.

—Sí, señor, mi pregunta es si usted está bien, aunque no veo rastros de golpes en su cara.

«¿Era preocupación, o sólo me parecía?»




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