Capítulo 10
June
Esa mañana muchas cosas llamaron mi atención.
La primera, y tal vez la más impactante, fue ver a mi jefe en pantalón deportivo, camiseta y tennis, mientras me aguardaba con una sonrisa junto a su Audi para abrir la portezuela del acompañante.
Jamás lo habría imaginado con ese atuendo; de hecho, parecía que se bañaba y hasta dormía de traje, y esa versión mucho más íntima y relajada de él resultaba intimidante. Y si bien parecía que venía de correr, el perfume que luego percibí en el aire dentro del coche sugería que acababa de tomar una ducha y había completado el proceso con una fragancia cara de hombre, porque no podía ser ése su aroma natural, tan fresco y viril… «¿O sí?»
Sacudí la cabeza para dejar ir esos tan indiscretos pensamientos, pero su pregunta no ayudó.
—¿Qué fragancia usa? Parece cítrica.
—¿Qué? –respondí sorprendida e inquieta.
—Disculpe, no quise ser indiscreto –se excusó de inmediato–. Comencemos de nuevo. ¿Descansó?
—Sí, señor, gracias.
Me miró de soslayo y no agregó nada. Probablemente evaluaba mi atuendo para una visita al bosque -jeans, camiseta, tennis y cabello recogido en una coleta-, lo que significaba que tal vez no confiaba en mi criterio. No sabía si sentirme ofendida o halagada suponiendo haber obtenido su aprobación, pero prefería su silencio.
Cuando, 25 minutos más tarde, nos adentramos en la zona boscosa próxima al Parque Nacional Coconino y nos bajamos del coche para seguir el sendero hasta el claro, se produjo el segundo suceso impactante de esa mañana.
Si bien ya había visto muchas veces el bosque desde el autobús con el que siempre viajaba a Sedona por la carretera 89, adentrarse en él era una experiencia abrumadora. El susurro del viento entre las hojas, el aroma a vainilla y caramelo de los pinos ponderosa, la sensación de inmensidad, resultaban en una experiencia sobrecogedora. Toda la fuerza de carácter, toda la firmeza trabajada en mis 24 años para controlar mis sentimientos, se doblegaban en ese entorno, por lo que fui apenas consciente de que debía esforzarme mucho más de lo habitual ante la proximidad de mi jefe.
—Intimidante ¿verdad? -me dijo él en voz baja, caminando muy cerca.
Era obvio que adivinaba el torbellino de sensaciones que el bosque me provocaba, por eso no quise responder; me negaba a mostrarme vulnerable.
En cuanto divisé el claro, me adelanté para llegar pronto y ocupar mi mente en lo que sea para lo que me hubiera llevado, pero en mi prisa no pude evitar tropezar a causa de las piñas que se amontonaban por todo el sendero.
—¡Tenga cuidado! –me reprendió como a una niña tomándome del brazo para impedir que cayera.
No le respondí y seguí caminando delante, esta vez con más cuidado para que no volviera a tocarme, porque esa mañana el señor Noah estaba cargado de estática ya que su contacto se sintió como un chispazo del todo audible.
Al fin llegamos al claro.
—“High Pines Retreat” –dijo él, refiriéndose a las seis estructuras de madera que se alzaban a medio terminar.
* * *
Noah
—¿Cuál es el propósito del proyecto? –preguntó mi secretaria.
—Cabañas de lujo discreto para ejecutivos o parejas que busquen paz, contacto con la naturaleza y recarga emocional.
Ella caminó entre los troncos, vigas y andamios esparcidos por el claro, hasta llegar en medio de las incipientes construcciones; allí cerró los ojos, inspiró hondo por un minuto y luego miró a su alrededor.
—¿Qué necesita de mí? –inquirió sin mirarme.
—Conocer su criterio. Si quisiera tomarse un fin de semana de retiro, ¿elegiría este lugar?
—El lugar es majestuoso… –respondió ella– pero las cabañas no están bien posicionadas.
—¿A qué se refiere?
—Si yo quisiera un fin de semana de retiro, aquí tendría vecinos muy cercanos.
—¿Qué sugeriría? –le pregunté cada vez más interesado.
—Construir en el claro sólo tres cabañas, más distanciadas entre sí, y otras tres en el bosque, integradas a los pinos.
—Eso encarecería el proyecto.
—Pero ganaría prestigio –respondió con decisión–. Imagínese ofreciendo no sólo un retiro de fin de semana, sino una experiencia íntima en contacto con la naturaleza. Para los amantes de la observación del paisaje, renta las tres cabañas del claro con vistas imponentes del Gran Cañón. Para quienes deseen una experiencia inmersiva en la naturaleza, las cabañas integradas al bosque.
Cuando terminó, volvió a mirarme.
—Venga, siéntalo usted mismo –dijo sin reparo.
Me acerqué a ella e hice lo que me indicaba.
—Imagine despertar con esa vista –susurró a mi lado señalando la vista imponente del Gran Cañón–. Desde la ventana de la alcoba o desde el porche delantero, es una experiencia sobrecogedora.