Una Secretaria para Noah

CAPÍTULO 11

Capítulo 11

Noah

Entrar al apartamento de mi secretaria fue una experiencia completamente nueva para mí.

Por primera vez ingresaba al espacio privado de una mujer sin expectativas de terminar en su cama. Por el contrario, una vez que me sirvió el café y desapareció tras la puerta de su cuarto, me descubrí mirando cada rincón de su sala, cada mueble, cada adorno, cada detalle que me revelara algo más de ella, de su “yo” completo, de su “yo” íntimo. Me sentía invasivo, pero también emocionado.

Mirando sus cuadros descubrí que le gustaban los paisajes, no los retratos; sus adornos me revelaron que le gustaban los perros, aunque al parecer no tenía ya que ninguno salió a recibirnos al entrar al apartamento; conocí también que le gustaban los tonos pasteles, y eso me llevó a imaginar con placer cómo en ese entorno de tonos sutiles destacaba el color salvaje de su pelo.

Cuando escuché que abría la puerta de su cuarto volteé a verla. Allí estaba otra vez la secretaria seria con su ropa sobria: la pollera recta y clara, la blusa al tono, el cabello suelto… Todo su aspecto decía “no me miren, aquí no hay nada” y sin embargo me resultaba imposible no “verla”.

Ella me miró, dejó su bolso en el sillón y caminó hacia mí con paso resuelto.

Mi respiración se detuvo y me sentí como un niño descubierto en una travesura. Sin embargo, al llegar a mi lado, no me miró a los ojos, sólo fijó la vista en la taza de café vacía que tenía en mis manos, la tomó, la llevó a la cocina y luego regresó por su bolso.

—Estoy lista –dijo luego.

Recién entonces respiré.

* * *

June

Al entrar al restaurante me sentí nerviosa. El señor Noah se había mostrado desconcentrado y nervioso durante toda la mañana, por lo que no sabía qué esperar. Deseaba haber hecho un buen trabajo y que el almuerzo terminara pronto así volvía al refugio de mi escritorio, ya que investigando, organizado, programando, era la forma en que me sentía segura y tranquila.

Nos sentamos a la mesa que había reservado y tras revisar el menú y hacer el pedido, busqué la tablet que había llevado en mi bolso.

—Ahora no –me dijo mi jefe con una sonrisa–. Despeje la mente, disfrute el almuerzo y a la hora del café me comenta qué investigó.

¿Cómo podría estar relajada almorzando con él? Era mi jefe después de todo, no se trataba de un amigo.

Aún así, dejé la tablet a un lado y me dispuse a hacer el esfuerzo por relajarme y disfrutar de la comida.

Una vez que el camarero nos dejó las ensaladas de pollo con hojas verdes y las bebidas, el señor Noah me sirvió la limonada en tanto me preguntaba:

—¿Cómo está la salud de su padre?

—Él está bien. Es un hombre metódico y siempre ha obedecido a los médicos, así que cumple con la medicación como corresponde, el único problema es que continúa trabajando con la misma intensidad.

—Veo a quién ha salido usted.

—Ellos han sido mi ejemplo –repliqué–. Me habría gustado regresar a casa y ayudarles en la posada, pero mamá se niega; ella quiere que trabaje en lo que me gusta.

—Es usted excelente en lo que hace. Sería una pena que lo dejara.

—Gracias, señor.

—Ya sé que es usted muy joven pero… ¿nunca pensó en formar una familia?

—La verdad es que no, probablemente no he tenido la motivación que se necesita. Sé que usted me comprende –le respondí con el propósito de que recordara que estábamos en igualdad de condiciones, aunque él en realidad tenía algunos años más que yo y habría tenido más oportunidades.

Mi jefe rió de buena gana.

—Siempre directa, señorita Harper –dijo al cabo.

—La honestidad conserva las buenas relaciones –le respondí esforzándome por no sonar irrespetuosa.

—Las mujeres que he conocido en mi vida nunca fueron un ejemplo de “honestidad” –dijo él poniéndose serio de pronto–, quizás por eso nunca pensé en formar una familia.

—Mi amiga Grace es una persona honesta –refuté, recordándole que ella había entrado en sus vidas hacía poco más de un año.

—Es cierto, ella fue la primera. Ahora la conozco a usted.

El tono de la conversación estaba echando por la borda todo mi esfuerzo por calmar mis nervios, por lo que apuré el postre, tomé nuevamente mi tablet y comencé a buscar el archivo que necesitaba para volver a hablar de trabajo.

Por el rabillo del ojo vi su media sonrisa, sin embargo no agregó nada y sólo acercó su silla para mirar junto a mí la pantalla.

—Después de investigar la lista de inversores que usted me pasó, elaboré ésta jerarquizándolos por orden de confiabilidad; luego usted la juzgará de acuerdo con su criterio.

»Desde mi punto de vista el más confiable es Ricardo Bianchi –indiqué señalando los datos en la pantalla–. Si bien es conservador, su interés principal es preservar el capital y el prestigio, por lo que inspira respeto y confianza.




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