La persona que tengo al frente tiene el pelo mojado; lleva una toalla fina en el cuello por sobre los hombros; su dorso, a simple vista trabajado también está mojado y lo que es peor desnudo. Lo recorro casi hasta su pelvis y por un instante me pierdo en el pensamiento de estar interrumpiendo algo. Regreso la mirada discretamente a su cara y tras reconocer de quién se trata me niego a creerlo posible por más que lo parezca. Y es que, aunque ya del rostro redondo, de la mirada sádica y de la sonrisas burlescas, al chico frente a mí, no le quedara nada. Eso no le quita que sea quien es: Alexander Cava. Quien no solo es de mi misma edad sino que por ser el hijo de la mejor amiga de mi tía, para ella, él siempre había sido como un hijo.
El no dice nada. Pero del teléfono en mi mano si llega un murmullo.
—¡Halo! ¡Hola! ¿Sigues ahí? —pregunta mi tía.
Me llevo el teléfono una vez más a la oreja.
—Si, aquí estoy —digo. Mientras, sin atreverme a dar ni un solo paso dentro me empleó en observar todo lo que alcanzo a ver con mis ojos hacia el interior de la casa. Reconozco unos de los cuadros por el hermoso flamboyán en flor que tiene de modelo y también logro reconocer sin ningún problema los muebles.
—¿Qué pasó? pensé que me habías cerrado —dice mi tía.
— No, para nada. Oye tía ¿tú no te mudaste? ¿o si?
—¿Yo?¡y cuando! No, para nada.
—¿Entonces si vives en la misma casa de siempre? —pregunto tontamente.
—Por supuesto.
Esas palabras me son de un gran alivio para mí porque significa que acabo de llegar al lugar correcto.
—Pero, ¿no estás en casa ahora? —pregunto con la esperanza de que me diga que sí, que está en el patio, en el baño o cualquier otro lado.
—No, no estoy por allá.
—Y ¿en dónde estás?
—En Minneapolis y ¿tú cómo supiste?