Una Sesion Contigo

Capítulo 2

Añoraba las vacaciones de verano. Mamá y papá volvieron a discutir por teléfono. Era un jueves por la noche. Mi ojo morado no le importó en absoluto a mi madre. Comía cereal e intentaba ignorar el fantasma de los golpes y patadas que sufrió mi cuerpo en el baño de la secundaria.

—Vete a la mierda, Steve. —Mamá colgó. Arrojó el teléfono a la mesa y caminó hacia el refrigerador—. Gabriel, te quedas solo otra vez.

—Ajá —murmuré tras pasar el bocado.

—Aquí hay un recipiente con unas cuantas rebanadas de pizza. Puedes comerlas mañana. Es probable que llegue tarde de la guardia.

Al decir eso, tardaba dos días en aparecer impregnada de perfume de hombre.

Se acercó, me tomó del rostro, examinó mi ojo con indiferencia y me puso una bolsa de hielo sobre la hinchazón.

—Le dije a tu padre que pagara las clases de karate, pero el muy idiota prefiere acostarse con su secretaria y darle todo a ella. —Se dirigió al fregadero y comenzó a organizar los platos—. En fin, trata de mejorar tus notas y da lo mejor de ti.

Permanecí callado, con la vista clavada en las hojuelas de maíz. Ella tomó su bata de la silla y las llaves de la camioneta. Se ató el cabello castaño en una cola, me dio un beso y enfiló sus pasos hacia la puerta.

—Te quiero, cuídate. —Azotó la puerta con furia.

Revisé la notificación de mi teléfono. Era un mensaje de mi padre.

«Campeón, no podré ir a casa hoy, tendré una reunión muy importante. Espero que puedas mejorar tus calificaciones. Un abrazo en la distancia, te quiero».

Suspiré al apagar la pantalla. Lavé el tazón al terminar de comer. Al entrar a la habitación, tomé el casco e inicié sesión. Quería olvidar aquel maldito día. Me dejé caer en la cama con un quejido de dolor.

Escogí el mismo mundo y caminé hacia el risco. Al llegar a la cima, quise esperar la noche. Era preferible escribirle a Lis al ver su perfil en línea. Se me hizo un nudo en la garganta. Mis manos sudaron al redactar la invitación. Esperé con el corazón desbocado. Me sobresalté al recibir su respuesta.

«Hola, Gabriel. Claro, podemos ver el atardecer juntos. Dame unos minutos».

Los minutos se volvieron horas. Justo al iniciar el atardecer, mi esperanza de volverla a encontrar se esfumaba. Entonces, ella apareció con su simpatía habitual... detrás de mi oreja.

—¡Bu!

Di un salto en la cama. Ella no pudo evitar la risa.

—¡Pudiste avisar primero! —exclamé con el corazón en la garganta.

—Dame una buena razón —inquirió.

—Pues... Hay muchos infartos en el mundo, ¿sabes?

—Debes tener mi misma edad, según el perfil de tu cuenta.

Aquella declaración me estremeció. Mostró el interés suficiente para revisar mis datos. Por fin le importaba a alguien. Por primera vez, sentí que yo significaba algo para otra persona.

—Sí, y supongo que también tienes quince años. —Metí las manos en los bolsillos.

—Tengo veintiuno, pero me gustan menores —aseguró. Tomó asiento en el borde.

Tragué saliva. Ella notó mi postura pasmada como un roble. Soltó una carcajada y, con unas palmadas sobre la roca, me invitó a sentarme a su lado.

—Tranquilo. No soy una devoradora de menores. Tengo quince como tú —aclaró para ganarse mi confianza.

Al sentarme, noté la sonrisa en sus labios. Se veía hermosa bajo el manto del ocaso. El viento sacudía su cabello con lentitud. No pude evitar la intriga por sus increíbles ojos grises. Me sentía tan cautivado por su belleza que, por un instante, olvidé mi desgracia.

—Oye —retrocedí un poco ante su giro imprevisto—, ¿qué tal estuvo tu día?

Le expliqué que Brayan Mitchell, el popular jugador de fútbol americano, me encerró en el baño junto con su séquito y me usaron como saco de boxeo.

—¿Qué demonios? —profirió con indignación—. ¿Y qué les hiciste para recibir ese trato? ¿Tus padres no hacen nada al respecto?

Negué con la cabeza.

—Mamá está ocupada en la cama con el director de la clínica y papá solo piensa en revolcarse con su secretaria a diario. —Encogí las piernas y abracé mis rodillas—. Ellos no tienen tiempo para mí... Casi nunca lo tuvieron.

—¿Casi? —indagó.

—Sí. Cuando era niño, éramos la familia perfecta, ¿sabes? —Estiré los brazos, apoyé las manos en el suelo y dejé balancear mis piernas en el borde—. Papá llegaba temprano. Mamá me preparaba el desayuno. Celebrábamos la Navidad juntos. Íbamos a la ciudad y compartíamos momentos inolvidables en los parques de atracciones.

Mi voz se quebró. Una lágrima resbaló por mi mejilla.

—Gabriel, está bien. Comprendo tu dolor —susurró.

—No sé en qué momento comenzó a desmoronarse todo. Pensé que era mi culpa, pero con el tiempo comprendí que ellos eran el problema. Yo solo soy un tercero... Así me siento. Como un cero a la izquierda, como la nada, como si no valiera un centavo.

Colocó una mano en mi hombro.




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