Durante la hora de almuerzo en la secundaria, me reuní con mis dos amigos: Marcus y Jeanine. Jea, como le decíamos, se había quedado estancada en la época de los emos. Su largo fleco púrpura le cubría el ojo derecho. Llevaba una falda y unas mallas muy ajustadas a la piel. A veces, yo no podía evitar mirarle las piernas. Su camiseta negra con el logo del álbum Underclass Hero, de Sum 41, llamaba mi atención.
—Es increíble que todavía conserves una camiseta de Sum 41 —comenté.
—Era de mi hermano, antes de... Ya sabes.
Los rayos del sol se filtraban a través de las ventanas y dibujaban sombras alargadas en el piso. Ella estaba sentada junto a Marcus.
—¿Aún no sale de prisión? —preguntó Marcus al soplar su envase de fideos instantáneos.
—No —repuso Jea—. El juicio se retrasó otra vez por falta de pruebas.
Marc, como solíamos llamarlo, pertenecía a una familia afroamericana. Aquel día vestía una sudadera roja con el logo de la NBA. Aunque le gustaba el baloncesto, su sueño era ser jugador profesional de las Grandes Ligas. Y vaya, no solo era un genio destacado en los exámenes de matemáticas, sino el mejor bateador de la liga escolar. Sin embargo, Marc no tenía la misma popularidad que Brayan se había ganado con los años. Todo porque detestaba juntarse con los populares y prefería estar con nosotros. Un ganador entre dos perdedores. Sus trenzas mostraban el esmero de su mamá para dejarlas perfectas.
—Es una porquería el juez que le tocó —se quejó Marc.
—Bueno —Jea se encogió de hombros—, ¡qué se le va a hacer!
—Deryck es un vocalista que creció sin un padre —pensé en voz alta. Ambos me clavaron la mirada—. ¡Oh! Jea, no lo digo por ti...
—Sé a lo que te refieres, Gabriel. —Tomó el tenedor e hizo un círculo en el aire—. Es por lo de tus papás.
Suspiré al mirar su pasta con albóndigas. Luego detallé mi triste rebanada de pizza.
—Puedo darte de mi almuerzo —ofreció Jea.
—Y del mío —secundó Marc.
—Chicos, gracias. Coman ustedes, con esto tengo.
Marc y Jea intercambiaron miradas, se encogieron de hombros y continuaron su comida. Al final me dejaron una parte de sus almuerzos y fui incapaz de rechazar la oferta ante el rugido de mis tripas.
Al ponernos de pie para ir a la siguiente clase, Brayan se levantó y sacó un globo de agua de su mochila. Estaba a tres mesas de distancia. Eso no detuvo su lanzamiento. El proyectil estalló en mi cabeza. Marc salió en mi defensa.
—Si eres tan valiente para molestar a los que no se defienden, por qué no te metes conmigo —desafió.
—Tú no me importas, Marcus. Me interesa la marica mojada que me está viendo... ¿Vas a llorar, fenómeno? No me mires así. —Se irguió con orgullo ante las risas del resto—. Soy hombre, no una chica. Pero entiendo que juegues para el otro equipo y quieras salir conmigo.
Y allí estaba el desgraciado de Brayan Mitchell. Cabello rubio peinado hacia atrás, cuerpo robusto, chaqueta de cuero color beige y pantalones de mezclilla desgastados.
—Vamos, Gab. —Sentí el tacto suave de la mano de Jea en mi brazo. Seguro notó mis puños apretados—. Este imbécil no vale la pena.
Nos dimos la vuelta. Al bajar la vista hacia mis manos, noté el rastro de la ira. Había clavado mis uñas con tanta fuerza que un hilo de sangre brotaba de una herida en la palma. El ardor físico era nada en comparación con mi odio hacia la existencia de Brayan.
Durante la clase de historia, escuché un detalle revelador. Brayan estaba indignado. Alguien le había enviado una amenaza en Somnus. Agucé el oído para captar sus quejas en medio de la explicación del profesor sobre la Revolución americana.
—Recibí un maldito correo de esa empresa asquerosa... Sí, estoy baneado. No me deja iniciar sesión... Maldita sea, y otra amenaza de un tipo que ni conozco...
Se calló de golpe. Pensé en una reprimenda del profesor, pero el anciano seguía con su clase. Al voltear de reojo, sentí un escalofrío. Si las miradas mataran, ese día yo habría dejado de respirar. Brayan hervía de furia.
A la hora de la salida, me despedí de Marc y Jea. Rumbo a casa, Brayan y dos de sus secuaces comenzaron a seguirme. Revisé mi teléfono con la intención de llamar a la policía. El pánico me invadió de pies a cabeza. Algo me detuvo en el acto: una mano férrea sobre mi hombro. Alcé la vista. Temblaba sin control. De reojo vi el filo de una navaja. La mandíbula tensa de Brayan delataba la violencia en su alma. Se debatía entre asesinarme o enviarme directo al hospital. Permanecimos en silencio. Escuché el susurro de las hojas de los árboles y sentí la presencia de sus dos aliados a mis espaldas. Al final, guardó la navaja, inclinó la cabeza y se humedeció los labios.
—Procura no andar solo. La próxima vez no me voy a contener —gruñó entre dientes.
Intenté zafarme. Fue inútil. Entre los tres me arrastraron hacia un callejón. Solo recuerdo el impacto brutal de un puñetazo en mi mandíbula y cómo todo se volvió oscuro.
No supe nada de Lis durante los días de encierro en mi casa. Me quedé allí para recuperarme de la paliza que recibí estando inconsciente. Incluso había perdido un diente en el ataque.