Me prohibieron ir a la escuela por una semana más. Mi mamá me tomó la temperatura e intentó bajarme el dolor con unos analgésicos recetados en el hospital. No comentó nada sobre mi estado. Me miraba como si yo fuera un estorbo en su casa. Cada comentario o llamada mía la enfurecía.
—¡Te pareces tanto a tu maldito padre! —me gritó desde el umbral de la puerta de mi cuarto.
Me odié por parecerme a papá. Debí heredar los rasgos de mi mamá. Tal vez así ella me habría querido un poco más, en lugar de ver a todas horas el rostro del marido infiel que tanto detestaba. Por su parte, papá respondió mis mensajes sobre mi estado de salud con un simple pulgar arriba. Parecía no importarle en absoluto.
Un jueves por la noche recibí la visita de Jea y Marc. Mamá no estaba en casa, para variar.
—Pueden pasar. No tengo cigarros ni alcohol, así que se los debo —bromeé con una sonrisa.
Marc sacó un paquete de seis cervezas de su mochila al detenerse en la escalera. Jea lo fulminó con la mirada.
—¡Marc, está medicado! —regañó Jea.
—El alcohol es el mejor analgésico. —Me guiñó un ojo.
Jea le dio un codazo. Su molestia no hacía más que aumentar. Cuando algo le irritaba, era muy testaruda. Me preocupaba que terminara convertida en nuestra niñera uno de estos días.
—Está bien, solo tú y yo entonces —repuso Marc.
—La mayoría para mí, porque te toca conducir. —Le arrebató las cervezas y subió corriendo a mi habitación.
Marc puso los ojos en blanco y me hizo una seña para subir.
Una vez en mi cuarto, me contaron los pormenores de la secundaria. A un chico le estalló un experimento en química, el profesor de historia se quería jubilar, el director encontró drogas en el casillero de un estudiante de los cursos superiores... Días normales y típicos, sin alteraciones por mi nula existencia. No hicieron mención de Brayan. Agradecí ese detalle con toda mi alma. Lo último que deseaba saber era sobre mi agresor y su impunidad en los pasillos.
—Oye, ¿qué es esto? —preguntó Jea. Sostenía el casco de realidad virtual entre sus manos, justo frente a su blusa negra sin tirantes.
—Es un casco de realidad virtual. Lo compré para escapar un rato de mi entorno —respondí desde la orilla de la cama.
—Vaya, al menos tienes cómo distraerte —comentó Marc, recostado en mi cama, y le dio un sorbo a su lata.
Jea se lo puso. Fui incapaz de evitar mirarla con cara de tonto. Su falda, sus mallas, su blusa, su sonrisa, su cabello... Algo en ella llamaba mi atención y yo desconocía el motivo. Sin embargo, no me provocaba la misma sensación en el estómago que sentía al hablar con Lis. Tampoco lograba acelerar mi corazón.
—Oye —susurró Marc—, limpia esa baba.
Sacudí la cabeza. Mis mejillas ardieron de vergüenza. Bebí un trago de agua, pues se me había secado la garganta sin darme cuenta.
—Debe ser increíble conocer otros universos, aunque sean de mentira. —Jea dejó el casco sobre el escritorio, junto a la computadora portátil—. A tu habitación le hacen falta algunos pósteres.
—Ella es experta en eso, ya sabes cómo colecciona cosas en su cuarto —agregó Marc—. Por mi parte, te donaré una pelota de béisbol.
—Gracias, chicos. La verdad, ustedes alivian mi dolor.
Mis palabras provocaron un silencio incómodo pero lleno de cariño. No dejaban de observarme con la misma lástima que le tendrían a una rata torturada en un laboratorio.
—Debería comprar uno de esos cascos —sugirió Jea al destapar su tercera cerveza—. Podríamos jugar juntos —propuso con un tono de voz que esta vez sí logró acelerar mi corazón.
—El proyecto donde estoy todavía se encuentra en su fase de prueba —me apresuré a aclarar—. Participo en un juego independiente llamado Somnus, pero el acceso está cerrado por los momentos. Solo podemos entrar quienes pagamos la preventa.
—¡Ah, Somnus! —exclamó Marc. Jea lo miró con la esperanza de sumar su apoyo—. El último día que quise ingresar ya habían cerrado el registro. No alcancé a comprarlo a tiempo. Bueno, Jea, te toca esperar.
—Je, sí —murmuró y apartó un mechón de cabello hacia su oreja sin apartar la mirada de mí.
Cuando se marcharon, el reloj marcaba la medianoche. Inicié sesión. La plaza estaba abarrotada por la misma multitud de siempre. Revisé mi lista de amigos y la vi en línea. Le escribí. No pasó ni un segundo antes de recibir su respuesta.
«Aquí te espero».
Al llegar al risco habitual, la encontré sentada en el borde, con la vista clavada en las estrellas. La brisa no dejaba de moverle el cabello. Sentí una profunda atracción magnética. Giró el rostro, como si hubiera detectado mi presencia, y me dedicó su sonrisa de siempre. Su efecto apabullaba cualquier dolor físico. Ella era el sedante de mis tormentos. Un respiro a mi sufrimiento. Anhelaba abrazarla de verdad, lejos de esta habitación y sin un avatar de por medio. Mi alma exigía buscarla en el mundo real, traspasar las fronteras del universo digital y alcanzarla.
—No te quedes ahí parado. ¿Vas a venir o qué?
Tomé asiento a su lado.