Una Sesion Contigo

Capítulo 5

Me faltaba un día para regresar a clases. No tenía ánimos. Aún me pesaba el miedo y necesitaba tiempo para acostumbrarme a la prótesis dental. Papá llegó de visita por la tarde. Me trajo mis dulces favoritos, repuso la comida del refrigerador y conversamos un rato. No hubo nada interesante. Solo un padre ausente, atento a los mensajes de su secretaria en el teléfono, que fingía escucharme. Al despedirme de él, ya no quería llorar. Solo sentí un enorme vacío en el pecho. Mi familia estaba destruida. Al ver alejarse la camioneta, comprendí una verdad dolorosa. Jamás volveríamos a ser los mismos desde el inicio de sus infidelidades.

Estaba en mi cuarto y escuchaba música. Era de noche. Mamá se apoyó en el marco de la puerta. Sus ojos anegados no auguraban nada bueno. Su cabello lucía desaliñado. El rímel dibujaba ríos negros en sus mejillas. Olía a alcohol, a cigarro y, en medio de esa mezcla, a una leve estela del perfume del director de la clínica. Llevaba puesta su bata médica y parecía a punto de derrumbarse.

—Mamá —susurré al quitarme los audífonos.

No respondió. Después de observarme unos segundos, se marchó a su habitación. Me sorprendió que no saliera a cubrir sus turnos. Caminé en silencio hacia el pasillo y escuché sus sollozos. No quise entrometerme. Regresé a mi alcoba.

Unos minutos después, el teléfono vibró sobre el colchón. Era una llamada de Jea.

—¿Cómo te encuentras? —indagó.

—Al menos ya no me duele la mandíbula. También me he acostumbrado al diente nuevo.

—Quería visitarte hoy, pero me daba pena estar a solas contigo.

—Pero somos amigos. Hemos estado solos muchas veces.

—Marc hace buena compañía. No es igual sin él.

Detecté una mentira en su excusa. Preferí guardar silencio.

—Además de llamarte para saber cómo sigues... Eh... Bueno, me preocupas. Y no es que quisiera saber de ti en otro sentido, sino como amigos. Ya sabes. También quería mencionarte algo increíble.

Me senté en el borde de la cama e ignoré los balbuceos de Jea por un momento.

—Ya me senté para no desmayarme —bromeé. Ambos reímos.

—Vi a Brayan en la comisaría.

El mundo se detuvo. El tiempo pareció congelarse. ¿Brayan Mitchell en la comisaría? Resultaba imposible. Su padre era un respetado abogado de un bufete en Manhattan. La mayoría de sus fechorías quedaban impunes porque su padre y el comisario eran muy buenos amigos.

—¿Estás segura de que era él? Es imposible —objeté con una voz cargada de incredulidad.

Se me revolvió el estómago. Una mezcla de alivio y pánico echó raíces en mi interior.

—Sí, era él —aseguró Jea.

—Mierda.

Traté de calmar el temblor de mis manos. Si algún testigo anónimo lo acusó de golpearme, mi vida corría peligro. Su navaja me cortaría el cuello. Aunque, al pensarlo mejor, no sabría decir si eso me haría un favor.

—Jea, debes tener cuidado...

—Aún no te he dicho lo más perturbador, Gabriel. —El silencio se instaló en mi alcoba. El zumbido del aire acondicionado era lo único audible—. No lo arrestaron por ti.

Tragué saliva. Había algo peor entonces. Tal vez un antecedente grave. Brayan era muy conocido por sus episodios de violencia, pero nadie se atrevía a enfrentarlo. Alguna vez escuché un rumor macabro. Trató de matar a uno de sus amigos en una fiesta por mirarle el trasero a su exnovia.

—Jea, dispara ya. La intriga me va a hacer vomitar —exigí.

—Se le acusa de haber asesinado a Jennifer. —Mierda. Ella era una de las chicas populares de los cursos superiores—. Encontraron el cadáver descompuesto en una zanja, en lo profundo del bosque.

Todos los alumnos creíamos en la historia de su traslado a otra escuela.

—Por otro lado, el comisario fue señalado como cómplice. Lo removieron del cargo y se encuentra bajo investigación.

Casi vomité. Era incapaz de procesar el mar de emociones ante semejante noticia. Me acosté en la cama y respiré profundo para calmar mi ansiedad. Me sentía como un sonámbulo. Acababa de despertar de una pesadilla y aún confundía la realidad con la ficción.

—¿Gabriel? ¿Estás bien? —preguntó Jea ante mi silencio.

—Sí, sí, estoy bien. Es solo que esto resulta demasiado para mí.

—Tres años de torturas terminaron hoy, lo sé —repuso Jea—. Y la cereza del pastel es que el bufete del padre de Brayan enfrenta una demanda gigante por corrupción.

Mi cerebro repasó los eventos de mi semana de recuperación. Todo parecía irreal. De pronto, mi vida estaba libre de peligro. O eso quería creer. Jennifer muerta. Brayan con una navaja. Yo en el hospital. Mierda, eso era muy anormal. Era una sucesión ajena a toda lógica. Y en medio de ese tornado, busqué aferrarme a lo más increíble de todo... Lis.

—Jea, necesito colgar.

—Estoy aquí para ti, Gab. Si necesitas hablar o apoyo, ya sabes...

—Disculpa. Necesito resolver algo.

Jea guardó silencio un segundo.




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