Una Sesion Contigo

Capítulo 6 (Elisa)

Contemplaba la piscina de la mansión. Posé una mano en el vidrio, pero la retiré de inmediato. No soportaba la palidez de mi cuerpo. Al enfocar mi reflejo en la ventana, evité mirar la figura famélica frente a mí. Tenía mucho miedo de observar mi propia decadencia.

Me acostumbré al aroma a desinfectante de mi alcoba. El monitor cardíaco emitía su latido rítmico. El doctor vino en la mañana y confirmó mi estabilidad. Eso solo traía malas noticias. No quería seguir con sus locuras. Faltaban pocos días para cumplir un año de torturas.

Mi padre cambió desde el diagnóstico de mi enfermedad. Se obsesionó con un deseo enfermizo de inmortalidad. Me repetía a diario su negativa a perder lo único restante del amor de su vida.

Nunca conocí a mi madre. Falleció cuando yo tenía cinco años. Él siempre aseguraba que la enfermedad se la arrebató de los brazos.

Escuché el chasquido del seguro electrónico de la puerta. Salté a la cama con las pocas fuerzas restantes del ritual de anoche. Me extrajeron demasiada sangre y aún intentaba reponerme. Respiré con alivio al ver a mi leal guardaespaldas. Su cabello castaño descendía en bucles por sus hombros anchos. La tensión en su mentón delató su nerviosismo.

—Miguel, qué susto me has dado —murmuré y llevé una mano a mi pecho—. Creí que era mi padre.

—Señorita Aman, cumplí con su petición. El señor Aman no dudó en apoyar su iniciativa...

—Te di órdenes de guardar el secreto.

Él jamás debía enterarse de la existencia de aquel chico. Gabriel era alguien especial en mi vida. Mi única conexión con la realidad robada.

—Señorita Aman, soy fiel a sus órdenes. Inventé la mejor de las historias —aseguró Miguel con una sonrisa cómplice.

—Tonto —reí—. Bueno, debo agradecerte otra vez.

La luz del atardecer envolvió la figura de Miguel. El hombre inclinó la cabeza y se acercó a la cama. Tomó uno de mis brazos delgados. Cerró los ojos. Percibí su dolor en la suavidad de su tacto.

—Solo son unos cuantos pinchazos. Estaré bien...

—Habrá un día en que tu cuerpo no resista, Elisa. —Su tristeza nubló mi optimismo—. El señor Aman no actúa de forma correcta.

—Pero nadie puede detenerlo, tú lo sabes —aduje—. Miguel...

El seguro emitió un nuevo chasquido. La puerta se abrió. Miguel me soltó con delicadeza. Mi padre entró con una bandeja de comida. Traía pan tostado con jamón, queso y jugo de naranja. Dejó todo sobre la mesa cercana a la ventana. Saludó a Miguel con respeto. La locura no le había quitado sus buenos modales con los subordinados.

—Mi angelita, oh, mi dulce angelita. —Se acercó y besó mis mejillas con su amor habitual. Yo conocía sus intenciones perversas detrás de cada gesto—. Miguel me contó sobre ese usuario de Somnus. —Mis ojos se abrieron de par en par—. No le bastó nuestra restricción de cuenta y decidió amenazarte otra vez. —Oculté mi asombro y le dediqué una sonrisa forzada—. Lo investigamos. Resultó ser un asesino en Cold Spring. Miguel lideró las investigaciones junto al departamento de policía. No te preocupes, mi angelita. Ese infeliz estará encarcelado y no volverá a profanar Somnus, tu mundo.

Mi piel se erizó ante sus últimas palabras. No quería vivir encarcelada en ese maldito universo virtual. Quería regresar a la vida real... Deseaba sentir los rayos del sol en mi piel, la brisa nocturna en mi cabello y nadar en la piscina como en los viejos tiempos.

—Eres muy noble, padre. Gracias por deshacerte de él —proferí sin atisbo de misericordia. Gabriel no merecía los maltratos de aquel bravucón.

—Ayer te portaste muy bien durante el ritual. —Sus ojos se oscurecieron—. No podía hacer menos por ti.

—No quiero regresar a ese lugar —susurré.

—Siempre dices lo mismo. Algún día me lo agradecerás. —Me besó la mejilla y fui incapaz de ocultar mi repulsión—. No pude salvar a tu madre. Dios no volverá a quitarme lo que más amo.

El monitor cardíaco delató mis nervios con pitidos acelerados. Jhofiel miró la máquina con los ojos desorbitados. Luego, con una lentitud espeluznante, fijó su vista en mí. Al sonreír, exhibió las consecuencias de su obsesión. Su piel demacrada era el rastro de incontables noches en vela. Las ojeras eran de un morado profundo. Tenía los pómulos hundidos y su hedor a orina me revolvió el estómago.

—¿No te sientes agradecida por mis sacrificios? —Su tono de voz era el de un psicópata desprovisto de emociones.

—Sí, papi, me siento muy agradecida. Quiero la eternidad. Anhelo la inmortalidad para no quedar sepultada bajo tierra como mamá —mentí en mi mejor actuación. Las lágrimas se desbordaron por mis mejillas. No eran fingidas. Los recuerdos del ritual me asaltaron de golpe y lo abracé—. No quiero morir. Quiero vivir en Somnus. Ese es el mundo perfecto para mi espíritu.

—Oh, angelita. —Lanzó una mirada de aprobación a Miguel. Parecía convencido de la pureza de sus acciones—. Papi quiere lo mejor para ti.

Pensé en Gabriel, en su seguridad y en la condena de Brayan. Mis latidos se calmaron.

Tras la partida de ambos, ahogué mi llanto en la almohada. Estaba harta de su locura. Odiaba los malditos rituales de extracción de sangre bajo el cántico de salmos del Antiguo Testamento. Los ángeles no tenían la culpa. Dios no era el responsable de mi sufrimiento. Mi padre era el único culpable, apoyado por los desquiciados de su secta privada.




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