Una Sesion Contigo

Capítulo 7

Descargué una fotografía de Elisa. Era la última imagen disponible en la publicación de Instagram de un medio verificado. Su cabello corto, estilo bob y dividido en el medio, era idéntico al de su avatar. La piel nívea y las mejillas ruborizadas transmitían una vida imposible de traspasar al juego. Su risa resonó en un rincón de mi cabeza. Sonreí al evocarla. Sin embargo, el dolor me impactó como un ladrillo lanzado desde un décimo piso. Ella estaba muerta. Carecía de posibilidades de existir en el mundo físico. La noticia fue tajante. Cegarme por la ilusión era caer en una negación inútil.

Iba en el autobús escolar. Reservé un asiento junto a la ventana. Muchas cosas carecían de sentido. Si no era Elisa, ¿entonces quién? Revisé más noticias en mi teléfono y encontré un video de hace tres años. Allí ella hablaba sobre la remisión de su leucemia. Traía el cabello rapado al ras, pero su espíritu optimista brillaba en sus ojos. Lo reproduje tantas veces como pude solo para oírla reír. Era la misma risa en Somnus y mi corazón suplicaba escucharla.

Las líneas doradas del amanecer se filtraban entre las hojas de los árboles en la parada cercana a la casa de Jea. Los locales pintorescos daban vida a las calles. La gente amable iba de aquí para allá, sumergida en su rutina. Detrás de toda aquella fachada, el cadáver de una adolescente se descomponía en una zanja del bosque. La promesa del fútbol americano juvenil estaba tras las rejas por asesinar a su exnovia. Y el escándalo de corrupción del comisario fue tratado con suma discreción. La maldad se ocultaba muy bien en un pueblo pacífico.

El autobús se detuvo en la acera. Puse mi mochila sobre mis piernas. Jea subió y tomó asiento a mi lado. Llevaba el fleco recogido con una pinza rosa adornada con una calavera. Sus ojos delineados me recordaban a los de un gato.

—A ver, nos ahorramos los saludos —espetó sin preámbulos—. ¿Cómo demonios estás hablando con un fantasma?

Le expliqué mi primer encuentro con Lis y omití los detalles de mis sentimientos. Lo importante era el tema de Brayan, los sonidos extraños en su micrófono, los fallos técnicos del avatar y las noticias de internet. Consideré innecesario confesar mi atracción por Lis... Vaya, una chica virtual. Así de desesperado estaba.

—Pero algo no me cuadra en toda la historia —intuyó Jea con una mano en la barbilla—. ¿Por qué te ayudó si apenas te conoce?

—¡Eso es lo que no entiendo! —bufé—. A ver, sé que somos jóvenes y traemos las hormonas a tope. Pero no atraigo ni a una mosca. No soy ningún chico interesante ni atractivo para nadie...

—Bueno —interrumpió Jea al cruzar los brazos y mirar hacia la ventana—, no todas somos iguales, ¿sabes?

Me clavó la vista de reojo. Una bola de nervios se formó en mi estómago. Jea poseía una belleza inusual y sus labios naturales me provocaban ganas de besarlos en ese instante. Sacudí la cabeza e intenté dejar de fantasear con mi amiga. Eran las malditas hormonas, claro que sí.

—De acuerdo, Jea, no todas son iguales. Pero, ¿por qué ayudar a un desconocido? —repuse para mitigar la tensión.

—De eso tampoco me cabe duda. Necesito preguntarte algo y me debes prometer tu sinceridad —pidió con la cabeza gacha.

Mierda. En ese momento sentí ganas de devolver el desayuno por la ventana.

—¿Le hablaste sobre nosotros? Me refiero a Marc y a mí.

Expulsé un suspiro largo. Mis hombros se relajaron. Creí que preguntaría por mis sentimientos hacia Lis.

—Sí, ¿pero a qué viene todo esto? —indagué.

—Pues...

—¡Chicos! —saludó Marc con su alegría radiante.

Respondimos el saludo y le hicimos espacio. Se sentó en la esquina, abrazó la mochila sobre sus piernas y nos miró.Traía puesta una camisa de los New York Yankees.

—No lo van a creer.

—Escúpelo de una vez —exigió Jea.

Marc lanzó un escupitajo con una precisión letal por la ventana abierta. Lo vi en cámara lenta y el asco me invadió.

—Eso fue asqueroso —murmuré.

—Recibí una llamada del mánager de los Gothams. Un jugador se lesionó durante un partido y revisaron mi rendimiento en la liga escolar del condado. Alabaron mi porcentaje de bateo. Me necesitan en la alineación porque les urge un bateador zurdo.

Me emocioné por Marc, pero Jea delató una preocupación disfrazada de alegría.

—¡Eso es fantástico, Marc! —exclamé con entusiasmo y choqué palmas con él.

—Yo también tengo algo para contarles —anunció Jea con los nervios a flor de piel.

Marc y yo fruncimos el ceño. Su tono apagó los ánimos de inmediato.

—¿Estás bien? Creí que te alegrarías por mí —adujo Marc.

—No, no creas eso. De verdad me entusiasma la llamada, pero me preocupa el origen de esa oferta. —Me indicó con un gesto que traduje como un «cuéntaselo»—. Creo que Gab tiene una historia muy interesante para ti.

Repetí los acontecimientos. Al terminar, el ceño de Marc se acentuó. Abrazó su mochila con fuerza y apoyó la barbilla sobre la tela con actitud pensativa.

—Y no solo es lo extraño de tu caso. Chicos, alguien pagó la fianza de mi hermano. Sustituyeron al juez por una jueza y le asignaron el abogado más caro del distrito. Un benefactor anónimo me contactó en la comisaría y me reuní con él para recibir esas noticias.

Me dio un vuelco el estómago.

—¿Cómo? —fue lo único capaz de salir de mi boca en medio del mar de dudas.

—Sí. El hombre fue muy amable conmigo. No sentí miedo de él ni nada por el estilo. —Intercambió miradas entre nosotros.

—Mierda, Gabriel, ¿en qué lío nos metiste? —inquirió Marc con el pánico anclado en la garganta.

Me apresuré a buscar una foto de Jhofiel en Wikipedia. Al encontrarla, se la mostré a Jea. Ella negó con la cabeza.

—No, no era él —aseguró.

Me hundí en el asiento. Si no era Jhofiel, ¿entonces quién? ¿Acaso era ese hombre quien fingía ser Elisa en Somnus? Pero carecía de sentido.

—Era muy apuesto y hablaba con una suavidad aterciopelada, como si fuera el ser más comprensivo de la tierra. Me transmitió seguridad y calidez. No me quería apartar de su lado en la estación. Me prometió liberar a mi hermano en cuestión de semanas para tenerlo de vuelta en casa junto a la tía Martha —detalló Jea.




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