Al llegar de clases, me encerré en la habitación. No había nadie en casa. Una sorpresa predecible. Encendí el casco, inicié sesión y busqué a Elisa en la lista de amigos. No estaba conectada. Suspiré y me dirigí al risco para esperarla.
Las emociones se materializaban en mi cuerpo. Me costaba respirar. Parecía tener humo en los pulmones. La lengua se me secó por completo y me negaba a tomar agua. Un hormigueo se expandió por mis pies y manos. Mi mente quería confrontarla, pero mi corazón deseaba negar la verdad. Era la única chica capaz de despertarme un sentimiento tan real. Me regaló una rosa, me protegió de Brayan y le otorgó oportunidades únicas a mis mejores amigos. Sin embargo, Elisa estaba muerta. Era imposible su existencia detrás del avatar de Lis. Quizás el usuario era un hombre maduro y sus favores tendrían una repercusión terrible en nuestras vidas.
El teléfono me sacó del trance. La vibración me parecía lejana, aunque el teléfono estuviera a dos dedos de distancia. No quise responder. Al cabo de unos minutos, el número desconocido cesó sus intentos. Yo no estaba dispuesto a rendirme tras esta cadena de acontecimientos. Debía llegar al fondo del asunto sin importar el costo.
No debí mencionarle a Marc y a Jea. Tampoco debí quejarme de Brayan, aunque el imbécil se lo merecía... Bueno, de eso último no me arrepiento ni un poco. Pero involucrar a mis mejores amigos en una fantasía romántica con consecuencias reales me daba terror. ¿Acaso el usurpador de la identidad de Lis pediría algo a cambio? ¿Y si los usaba como rehenes en un secuestro? ¿Y si de verdad era un fantasma con intenciones de arrastrarme al infierno? Estaba atrapado en mi propio relato de terror. El chico enamorado de un espíritu y víctima de sus favores.
El teléfono volvió a vibrar sin pausa. Me quité el casco con un bufido. Era un número desconocido. Intenté pasar saliva, pero el fuego de los nervios consumió todo el líquido de mi boca. Descolgué y me llevé el teléfono al oído.
—¿Gabriel?
Me eché hacia atrás en la cama. El impacto de asimilar su voz casi me tumba al suelo. Era Lis. ¿Llamaba en la vida real? ¿Era ella de verdad? ¿Acaso no estaba muerta?
—¿Hola?
Decidí reunir valor. Mis cimientos se derrumbaban por el terror. Quería responderle, decirle algo, soltar las miles de preguntas ahogadas en mi pecho.
Colgó.
Me llevé el teléfono al pecho. ¿Cómo consiguió mi número? Me coloqué el casco y revisé mi cuenta. Vaya idiota. Los datos estaban públicos en mi perfil. Devolví la llamada para desafiar mi propia paranoia. El buzón de voz fue mi única respuesta. Tras agotar mis intentos, regresé a la pantalla de Somnus y revisé la lista de amigos. Lis estaba en línea. No quería escribirle. Preferí esperar. Ella apareció a los pocos minutos con su sonrisa habitual.
—¡Gabriel! —exclamó y me abrazó.
Correspondí el gesto al seleccionarlo en el menú del juego. Por un instante quise volverla real. Deseaba su existencia física lejos de cualquier actuación. Mi corazón gobernaba a mi intelecto. La necesitaba de un modo u otro, incluso bajo esa densa capa de mentiras.
—¿Estás bien? Intenté llamarte por tener problemas de conexión, pero... Me escapé de las clases de piano para verte y saber cómo te encuentras.
Me negaba a la verdad. Me urgía aferrarme a lo irreal. Yo solo quería experimentar el amor genuino de una chica por primera vez. Me destrozaba el alma y me deshacía el corazón saber la farsa de su existencia. El miedo se fue al demonio. Los sentimientos cultivados en mi soledad emergieron de golpe. Percibí su aroma a lavanda en mi cuarto. Yo jamás había encendido el humidificador. A pesar de la magia en mi interior, fui incapaz de pronunciar una sola palabra. Mi voz estaba bloqueada.
—¿Gabriel? ¿Por qué no respondes? —La sinceridad en su voz me partió en dos—. Tienes que estar ahí, me respondiste el abrazo. —Su rostro se distorsionó. La confusión se abrió paso en su profunda mirada gris.
—Sí, aquí estoy —murmuré en un hilo de voz.
Suspiró con alivio.
—No me asustes. Creí en un nuevo ataque. Pensé lo peor —confesó.
—Sobre ese tema, ya no debes preocuparte. La policía tiene a Brayan tras las rejas —aclaré.
Ella se sentó en la orilla del risco.
—Son noticias excelentes. Pero no te noto feliz. Deberías estarlo —indagó al notar el decaimiento de mi tono.
—Claro que lo estoy. Marc será bateador zurdo de los Gothams y Jea pronto se reunirá con su hermano mayor. —Mi voz delataba la tristeza flotante en la superficie.
—Deberías estar feliz por tus amigos. Por tu libertad del sufrimiento...
—Estaría más feliz si tú fueras Elisa —la interrumpí. Sus ojos se abrieron de par en par—. No eres ella. Ya lo sé todo. Elisa murió el año pasado. No sé tus intenciones conmigo o con mis amigos. Solo te pido un favor: no les hagas daño...
—Gabriel —intervino con una voz fría capaz de congelarme la sangre—. ¿De verdad crees en mi muerte?
La pregunta me tomó por sorpresa. Yo deseaba creer en su existencia con todas mis fuerzas. Pero los medios de comunicación no mienten.
—En todos lados confirman lo mismo. Elisa Aman, hija de Jhofiel Aman, está muerta —espeté.
Ella soltó una risa ahogada, lenta y macabra.
—Les crees a ellos. A los noticieros. Pero no me crees a mí. A la verdadera Elisa.
—¿Cómo puedo saber la verdad? —inquirí.
—Quítate el casco y revisa tu teléfono.
Una nueva vibración me asustó. Recibía una videollamada. El corazón se me aceleró de golpe. Escuchaba mis propios latidos en los tímpanos. Todo daba vueltas a mi alrededor. El pijama de cuadros blancos y negros se difuminó ante mi vista. Acepté la llamada, impulsado por ese maldito deseo de confirmar su realidad.
En la pantalla apareció su rostro. Era el mismo de la fotografía. El mismo de Somnus. La única diferencia radicaba en su aspecto marchito. A pesar de la delgadez extrema y los pómulos hundidos, sus ojos transmitían vida. Ella estaba ahí. No era una imagen generada por inteligencia artificial ni un filtro de video. Era Elisa Aman en carne y hueso.