No podía revelarle la verdad. Exponer mi prisión lo pondría en peligro, pero él era mi única conexión con el mundo. Una batalla campal se libraba en mi interior. Le ordené a Miguel encriptar cada llamada y conversación. Jhofiel jamás debía tener conocimiento de mi comunicación con otras personas.
Somnus fue creado para mi espíritu, claro. Pero si mi padre percibía el más mínimo atisbo de afecto de un adolescente hacia mí, sus celos se dispararían de inmediato y buscaría la manera de eliminarlo. Sin embargo, yo soy hija de ese enfermo. De tal palo, tal astilla. Mi mente era superior en cuanto a lucidez y Miguel era mi leal secuaz. Heredé la inteligencia de aquel demonio.
Hasta ese momento, Jhofiel creía en nuestras mentiras. Estaba convencido de que Brayan Mitchell me amenazó en el juego, que Marc era un beisbolista homosexual de clóset y que Jea era una amiga de fiar. Miguel se encargó de las averiguaciones para comprobar la veracidad de mis palabras, pues en su locura, mi padre desconfiaba de todos. Encubrimos los detalles menores para protegerlos. Estaba prohibida una sola mención de Gabriel en esa mansión. Miguel tenía acceso a la base de datos de los servidores y eliminaba cualquier rastro de mis conversaciones. Un paso en falso y todo se iría por la borda. Mi única oportunidad de sentir el amor antes de morir se desvanecería ante mis propios ojos.
Se acercaba el fin de semana. Recordé el partido de Marc con los Gothams. Sonreí con la mirada clavada en el techo. Estaba acostada bocarriba con los brazos extendidos. Jhofiel ordenó vestirme de blanco, con ropa similar a la de mi avatar en el juego. En lo personal, prefiero los patrones florales y el color púrpura, detalles obvios en el diseño que conoció Gabriel.
Mi sueño era tener mi propia floristería. Adoro las flores blancas. Observé el jarrón con agua sobre la mesita de noche. Una flor, sin disimulo alguno, exhibía sus pétalos marchitos. Vi mi reflejo en ella. Mi alma se secaba. Poco a poco, los pétalos de mi felicidad caían. Nadie me cambiaba de sitio, tampoco el agua. En la mansión Aman estaba destinada a morir sin conocer el amor ni cumplir mis sueños.
El seguro electrónico emitió un chasquido. Mi corazón saltó de emoción al ver a Miguel. Traía una Cajita Feliz de McDonald's en sus manos. Él siempre demostró devoción por los más débiles. Aunque su fachada amable te hablara de una personalidad impasible, por dentro podía sentirse tan abrumado por el dolor ajeno que yo jamás dudaría de sus lágrimas a escondidas. Llevaba unos prendedores en los puños de su traje. Eran las alas plateadas de un ángel. Se los regalé en mi cumpleaños número ocho.
—¿Y el juguete? —indagué al intentar acomodarme.
—Lo olvidé —bromeó con una sonrisa. Tras un segundo de suspenso, sacó un perro con alas de ángel de su bolsillo—. Tenían la edición de Adopt Me! Como sé de tu amor por los perros, lo escogí para ti.
—¿Nunca te cansas de ser tan bueno? —pregunté. Era la misma frase repetida todos los años desde que tengo uso de razón.
Bajó la cabeza sin disolver su preciosa sonrisa.
—Con las personas que amo, jamás podré dejar de serlo —aseguró. Acarició mi mejilla y le devolví el gesto.
Quedamos suspendidos en nuestro silencio. El canto de los pájaros por la mañana, junto al monitor cardíaco, era la única seña de vida existente fuera de aquella burbuja.
Hermanito...
—¿Quieres ir a la piscina? —ofreció con una mirada maliciosa. Conocía bien ese rostro. Era el mismo gesto de cuando me pedía jugar a las escondidas antes del diagnóstico de leucemia.
—¿Cómo voy a nadar? —inquirí con el ceño fruncido por la intriga.
Hablábamos en código. No era la primera vez que escapábamos por unas horas hacia algún rincón de la casa. Miguel era el jefe del equipo de seguridad. Para él no representaba ningún esfuerzo ordenar la eliminación de las grabaciones de las cámaras.
Todos los guardaespaldas conocían mi historia y a ninguno le agradaba la actitud de mi padre. No hacían nada por salvarme porque el sueldo era cuantioso para sus familias. Además, Jhofiel era en exceso impredecible. Miguel y yo éramos los únicos con conocimiento de sus horarios variables. Somos sus hijos y lo conocemos mejor que nadie.
Pero lo peor de todo no era ese obstáculo. Jhofiel fue director ejecutivo de una empresa turbia ligada a la mafia italiana a principios de los noventa. Ese hombre conocía el bajo mundo de Nueva York al detalle. Aunque intentó limpiar su honor con un cambio de identidad, sus contactos aún lo reconocían y le debían favores, en especial dentro de la policía federal. Así que el mínimo intento de escape se vería frustrado por el poder de su pasado. Una fuga de la mansión Aman sería monitoreada hasta por vía satelital. Escaparse por unas horas o hasta minutos no representaba mayor problema. El objeto de la obsesión de Jhofiel volvería a estar en la cama, lista para participar en sus macabros rituales a la hora acordada.
—El sábado por la tarde, Marcus participará en el juego de béisbol de los Gothams. Podemos ir al cine subterráneo y ver el partido en la gran pantalla. —Me guiñó un ojo.
En ese instante, el seguro de la puerta se abrió. Nos pusimos tensos. Sin embargo, entró Nizām, una guardaespaldas de origen iraní y discípula de Miguel. Nos dedicó una sonrisa cómplice. Llevaba el cabello negro recogido en una trenza hasta la cadera. Caminó con un leve meneo. Miguel se levantó y le hizo una reverencia torpe. Ella lo ponía nervioso a pesar de ser su subordinada. No pude contener una risita.