—¡¿En qué carajos te has metido?! —exclamó Jea.
—Nos ha metido —rectificó Marc.
Nos reunimos en el campo de béisbol tras la práctica de Marc. Era viernes por la tarde y faltaba poco para su debut con los Gothams. Los lanzadores practicaban con los suplentes en el campo. Algunos padres conversaban en las gradas. El canto de las aves y el siseo de las hojas mecidas por el viento calmaban la tensión entre mis amigos y yo, que estábamos sentados en una zona discreta de las gradas.
—Al menos no es un fantasma —dije con un encogimiento de hombros.
Jea me golpeó el brazo. Llevaba una camiseta negra de Blink-182 con el logo del álbum Enema of the State. La sonrisa de la enfermera de la foto del álbum me daba a entender su disfrute ante mi dolor. Marcus aún vestía el uniforme blanco con rayas negras del equipo escolar. El par de guantes colgaba entre sus dedos.
—Estás hablando con una chica con una muerte fingida. Ella no existe para el mundo, Gabriel —adujo Jea. Su mirada estaba cargada de preocupación. Yo no podía quitarle la razón—. Su padre debe ser un maldito loco...
—Pero ese maldito loco, como tú lo llamas, me libró de Brayan. Marc jugará un partido con los Gothams y se adelantó el proceso legal de tu hermano —defendí en voz alta.
—Gabriel, baja la voz —pidió Marc y se llevó el dedo índice a los labios—. Desconocemos la clase de psicópata que esté al acecho por estos lados.
—¡Chicos, por favor! No creo en la locura de Jhofiel Aman.
—Claro, una hija finge su muerte y el padre lo permite —ironizó Jea al entornar los ojos. Sentí un leve ardor en el pecho al ver su gesto. Me pareció muy atractiva—. De verdad no puedo creerlo... Bueno... —Sus hombros se hundieron—. En realidad no sé qué decir. En parte tienes razón... A lo mejor Jhofiel y su hija no están locos.
—¿Pero por qué darla por muerta? —inquirió Marc.
El estruendo de un batazo resonó en el campo y uno de los padres se levantó a aplaudir.
—Supongo que tendrá sus motivos —justifiqué. No tenía una respuesta lógica. Todo resultaba sospechoso.
—Gab. —Jea tomó mi mano. El corazón se me aceleró. Me transmitió su miedo a través de la mirada—. Temo que nos vayamos a arrepentir de esto.
Mi instinto protector me hizo apretar los dedos de Jea.
—No. No dejaré que les hagan daño en caso de tratar con un desquiciado —prometí.
Las palabras quedaron flotando en el aire. Sostuvimos la mirada por un tiempo indefinido. Quise abrazarla en ese instante. Marc pinchó nuestra burbuja con un carraspeo.
—Chicos —comenzó a decir al separarnos—, tengo una idea.
—A ver, ¿qué se te ocurrió? —preguntó Jea y cruzó los brazos a la altura del pecho.
—Pueden venir al partido del sábado... No se preocupen, yo les pago las entradas y los boletos del tren —aseguró Marc.
—No quiero deberte nada, Marc —me negué.
—Yo tampoco —convino Jea.
Un nuevo batazo resonó, esta vez acompañado del asombro de los espectadores ajenos a nuestra charla. Al voltear, vimos un jonrón.
—Lo digo por la anécdota de Jea. Ella mencionó a un hombre empleado de Jhofiel. ¿Y si ese hombre se presenta en el partido para verme jugar? Es probable alguna apuesta por mí. Quizás hasta el mismo Jhofiel asista —explicó con total seriedad.
—¿Cómo intuyes eso? —indagó Jea e inclinó la cabeza—. Dudo que Jhofiel posea una sede en Manhattan de su jueguito.
Marc nos pidió esperar un momento y desapareció al bajar las gradas. Al regresar, tenía el teléfono en las manos y los guantes habían desaparecido. Se sentó, buscó algo en internet y nos mostró la pantalla con una sonrisa triunfal. Era la dirección de Aurora Entertainment.
—Manhattan —susurré.
—Exacto —reafirmó Marc—. La sede del creador del juego se encuentra en Manhattan. Aunque suene a fantasía, igual a las películas, ese hombre o su ayudante pueden presentarse en el estadio.
Jea y yo intercambiamos miradas. Ambos asentimos.
—De acuerdo, tú ganas —cedí y apreté su hombro—. Vamos al partido.
—¿Crees conveniente avisarle a tus padres? —me preguntó Jea con disimulo.
—Pues, papá se acuesta con su secretaria todos los días y mamá llega borracha todas las noches. Si desaparezco, creo que les haría un enorme favor —expliqué sin dar mucha importancia a los detalles, pero con la herida al rojo vivo en mi alma.
Me dolía referirme así a mis padres. Todavía me aferraba al recuerdo de nuestra familia, cuando las infidelidades no eran el pan de cada día.
—Nos veremos mañana en la estación del metro North Railroad, en la línea Hudson. —Marc nos guiñó el ojo y luego revisó su reloj de pulsera—. Bueno, chicos, debemos irnos. Yo los llevo a casa... Ah, carajo, es cierto...
—Lleva a Jea, no te preocupes —sugerí al darle un leve empujón a mi amiga. Ella soltó una risita—. Brayan no está en las calles. Ya puedo caminar solo.
—Pero sus amigos sí —advirtió Jea al verme—. Vamos, yo llamo a mi tía. Saben que ella es un amor conmigo. Jamás me dejaría tirada aquí.
Era cierto. Dios bendijo a Jea y a su hermano con una tía tan amorosa como una madre y tan estricta como un padre. Esa señora horneaba los mejores pasteles de limón de Cold Spring.
—Está bien, no te preocupes. Llevaré a Marc y me aseguraré de dejar a nuestro pequeño friki a salvo en su hogar —bromeó Marc y me dio un suave coscorrón en la cabeza como si fuera mi hermano mayor.
Marc cumplió dieciséis años hacía dos meses. La licencia solo le permitía llevar a un pasajero menor de veintiún años en el asiento.
Nos despedimos de Jea y descendimos las gradas. En el estacionamiento nos esperaba la fantástica Ford F-150 roja de su papá. La camioneta ochentera de dos puertas había resistido la prueba del tiempo. La carrocería lucía pulcra y bien cuidada. Me deslicé en el asiento y me acomodé entre los bolsos de béisbol antes del ingreso de Marc al puesto del piloto. Una vez listos, hizo rugir el motor.