Una Sesion Contigo

Capítulo 11

Una noche antes del partido, decidí decirle a Elisa que Jea y yo iremos a apoyar a Marcus. No me gustaba ocultarle las cosas.

—¿De verdad irán al partido? —preguntó Elisa con su sonrisa habitual.

Yo sostenía la rosa blanca regalada el primer día de nuestra amistad en el juego. La movía de arriba abajo, como si intentara inclinarla. Los movimientos de mi avatar eran toscos a diferencia de los de ella.

—Pues, sí. Te lo he dicho tres veces. Pareciera que no puedes creerlo —dije.

Por un lado, el corazón me gritaba a todo pulmón: «¡Desearía verte allí!». Era mucho pedir. Donde quiera que estuviera, tendría que pasar desapercibida entre la multitud. Con una muerte fingida y sin identidad legal ante el mundo, resultaba imposible cumplir esa fantasía. Sé que no tiene nada de malo soñar. Pero si vivimos encarcelados en los sueños, jamás los cumpliremos.

—Bueno, quería confirmarlo —murmuró con timidez.

—No te preocupes. No me molesta tu insistencia.

—Quizás me emocione verte en algún lugar del estadio —comentó. Me atraganté con mi propia saliva. Apagué el micrófono sin llamar la atención y tosí—. A veces las cámaras enfocan a los espectadores.

Recordé la anécdota de mis padres. Papá le pidió matrimonio a mamá durante un partido de los Yankees contra los Orioles de Baltimore. Nunca olvidaba esa historia. La narraban entre risas, con el brillo del amor en sus miradas, antes de la ruina familiar.

—¿Sabías que mi papá le propuso matrimonio a mi mamá en un partido de béisbol? —solté de golpe.

—¿Ah, sí? No me lo habías contado.

Le narré los detalles. Las manos de papá sudaban al sostener la cajita de terciopelo. Las cámaras los enfocaron en la pantalla gigante y los enmarcaron en un corazón. Mientras el estadio celebraba el partido, ellos festejaban el «sí» entre las lágrimas de mi mamá. Se dieron un beso largo y tendido. Por unos segundos, todo lo creado dejó de existir. Solo eran ellos dos en el universo.

—Es una anécdota hermosa —dijo con una sonrisa dibujada en los labios—. Me gustaría experimentar algo así.

—Al menos espera a mi graduación para conseguir un trabajo —bromeé y moví una piedra virtual con el dedo.

—Y una casa...

—Y un auto...

Le sostuve la mirada. Aunque fuera un personaje virtual, sentí la esperanza de una remota posibilidad de estar con ella... Un milagro, tal vez.

—¿Me dejarías tener perros? Me gustan mucho —aclaró ella.

—A mí los gatos —aduje.

—Podemos tener ambos. —Se encogió de hombros.

—Y un jardín, de esos pequeños...

Inclinó la cabeza ante mi respuesta. Frunció el ceño con sorpresa.

—No pareces ser de los que aprecian las flores. Tienes más facha de experto en tecnología y cosas de esas —proferió tras una risita.

—Yo haría un jardín para ti —aseguré y tomé su mano virtual—. Uno donde tengas flores reales para compartir con el mundo.

Esa noche me quedé dormido de madrugada. Descubrí su color favorito: el púrpura. Su encanto por las luces nocturnas de la ciudad. Su amor por la brisa fresca de la mañana en la piel. Su gusto por las películas románticas. Aunque reía mucho, descubrí su facilidad para llorar con cualquier detalle conmovedor.

Cada parte nueva de su alma se guardaba en un baúl de mi cabeza. Allí atesoraba sus palabras, sus sueños y sus metas. Detrás de la distancia, ella me esperaba.

A la mañana siguiente, el padre de Marcus nos buscó en su camioneta. Marcus nos esperaba en la estación. Traía los auriculares puestos y mascaba un chicle de menta. Cuando nos vio, abandonó sus nervios y corrió a abrazarnos.

—¡Chicos! —exclamó.

—¡No... No puedo respirar! —jadeé apenas.

El bolso deportivo colgado en su hombro me había aporreado la boca del estómago. En cuanto nos soltó, Jea le dio un golpe en el brazo, el cual aguantó mejor que yo.

—Van a ganar gracias a ti —aseguró—. Tienen al mejor bateador de Cold Spring.

—Espero no cagarla. —Agachó la cabeza y jugueteó con el envoltorio plateado del chicle—. Es mi debut. Los cazatalentos van a estar pendientes de mi desempeño.

—Confiamos en ti, Marcus. Lo harás mejor que nadie —expresé con absoluta honestidad.

—Si les digo la verdad, me alegra su presencia hoy. Con mis padres me siento algo... Cohibido y nervioso. Con ustedes puedo ser yo mismo sin temor a cometer un error.

—No es para menos. El futuro de la familia recae en ti —aclaró Jea.

—Como sea, gracias, chicos. —Nos guiñó un ojo al entregarnos los boletos.

—¿No vendrás con nosotros en este vagón? —pregunté.

—El mánager bajará del otro lado para conocernos y viajar con el equipo —explicó con cierta reticencia—. No es lo común, pero creo en su palabra.

—¿Tienes tu teléfono cargado? —Jea estaba paranoica.

—Si pasa algo les escribo, ¿de acuerdo?

Después de despedirnos, nos unimos a la fila de espera. Vi el reflejo del cielo en las aguas del río Hudson. Las imponentes montañas se erguían delante de nosotros. La brisa de la mañana acarició mi piel. Oí el murmullo de las aves entre las hojas de los árboles.




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