Una Sesion Contigo

Capítulo 12

Jea me condujo hacia un callejón repleto de tiendas de dudosa mercancía. Los transeúntes del lugar parecían criaturas de la noche. Había hombres altos, delgados, otros musculosos; algunos lucían barbas espesas y otros llevaban los rostros limpios. Exhibían tatuajes, piercings, zarcillos, anillos o cualquier accesorio capaz de darles un aspecto rudo o macabro. Las mujeres ni por asomo poseían la belleza de Jea. Muchas parecían prostitutas en minifaldas y medias de red. Llevaban labial rojo intenso. Algunas usaban pelucas y otras mostraban su cabello natural teñido de colores extravagantes. Al percatarme del circo a mi alrededor, me pregunté: ¿dónde coño me ha metido Jea? ¿Acaso mi mejor amiga me ocultaba un secreto oscuro? Debo confirmar mis sospechas.

Bajamos unas escaleras hacia un pasillo estrecho. Escuché el sonido ahogado de In The End, de Linkin Park, a través de una pesada puerta de madera cubierta con calcomanías de bandas de rock de los ochenta. La luz de neón roja le daba un resplandor difuso a las paredes impregnadas con olor a cigarro.

Jea abrió la puerta. Una tienda de discos de vinilo, cedés e instrumentos musicales me dejó sin palabras. No solo destacaba por la cantidad ingente de estantes y filas de instrumentos colgados en la pared, sino por la pulcritud del local y el aroma a incienso de sándalo.

Con la lengua paralizada por la impresión, giré para admirar todo el lugar. Los ventiladores de techo estaban apagados. El flujo del aire acondicionado mecía las tiritas de plástico de las rejillas. Varios banderines coloridos colgaban del techo. Una hilera de cuadros con imágenes icónicas de conciertos de Guns N' Roses, The Police, Kiss y Metallica adornaba el espacio cerca de la pared de las guitarras eléctricas. Al fondo, bajo el foco de unos reflectores, descansaban las baterías y los teclados. Los bajos colgaban de una pared de ladrillos.

—Mierda —murmuré.

—Bienvenido a mi mundo, Gabriel —anunció Jea y extendió los brazos—. Mi hermano trabajaba aquí...

—Y aún trabaja aquí —aclaró una voz grave surgida de la puerta del fondo.

Un hombre gordo con barba y chaqueta de mezclilla, idéntica a la de Jea, sonrió al ver a mi amiga. Se ajustó las gafas sobre el puente de la nariz y sorbió los mocos. Su camiseta blanca estaba impecable, al igual que sus jeans.

—¡Tío Harold! —exclamó Jea y corrió a abrazarlo.

¿Tío Harold?

—¡Mi niña! —respondió él y le acarició el cabello. El tipo era enorme. La cabeza de Jea parecía una pelota de béisbol dentro de su mano—. No habías venido desde el arresto de Jared.

—Es una historia larga, tío. —Volteó hacia mí—. Te presento a Gabriel.

El hombre me examinó de pies a cabeza y asintió.

—¿Él es el chico mencionado en tus historias? El friki que te gust...

Jea lo calló con un codazo en la panza. Yo me ruboricé y evité pronunciar palabra. Desvié la mirada hacia el mostrador, ahogado en la pena.

—He sido un imprudente. Disculpen, chicos —se excusó Harold y se acercó al mostrador.

—No se preocupe, no he escuchado nada —aseguré con una sonrisa amable para restarle importancia al asunto.

—Me agrada este muchacho. No se da mala vida por las tonterías de los viejos —afirmó Harold y se acarició la barba con la mano—. ¿Cómo está Martha? —le preguntó a Jea.

—Pues, bien. El año pasado ganó el premio al mejor pastel de limón de Cold Spring...

—Ella siempre se esmera en lo que ama —reconoció Harold con un aire nostálgico.

—Si usted es tío de Jea —intervine—. Entonces debe ser hermano de Martha.

Ambos intercambiaron miradas cómplices. Un secreto flotó entre ellos. Dudaron sobre contarme la verdad.

—Bueno, tú sabes casi todo de mí y te he traído a este lugar —admitió Jea con un encogimiento de hombros.

—No trae a cualquiera a su santuario, muchacho. —Harold me guiñó un ojo. No pude evitar bajar la mirada y sonreír con timidez—. No soy su hermano... Soy su exmarido.

—¡¿Qué?! —solté.

La tía Martha: dulce, tierna, fanática de Hello Kitty, casada con un tipo con toda la pinta de ser un motero rudo.

—¡Ja, ja, ja! No eres el primero en impresionarse. —Apoyó el codo sobre el mostrador—. Sí, somos mundos opuestos. Pero el universo une a los contrarios para encontrarse a sí mismos en la unión.

—Pero si ella nunca habló de ti y Jea jamás...

—Mi tía tiene prohibido hablar de Harold en la casa, Gab —me interrumpió Jea—. Aún lo ama, aquí entre nosotros.

—¿Y tú la amas? —le pregunté a Harold.

—Sí —respondió sin dudarlo—. Pero te lo he dicho, muchacho. Nuestro estilo de vida es muy distinto. Ella encontró en mí la adrenalina faltante en su vida, y yo hallé en su forma de ser la paz necesaria para la mía. Pero no supimos equilibrarnos sin perdernos el uno al otro. —Suspiró—. Al final, separarnos fue la mejor decisión.

—Me cuesta entender cómo dos personas enamoradas deciden separarse —repuse.

Harold dejó escapar una risa seca. Me observó igual a quien mira a un niño recién nacido.




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