Al llegar a Central Park, me paralicé de la emoción. Un fragmento de la madre tierra en medio del asfalto respiraba con absoluta naturalidad. Varias familias navegaban en botes por el lago. Los atletas trotaban por el camino de piedra. Grupos de mujeres seguían a un instructor de yoga con movimientos pausados. Jea me tomó del antebrazo y me guio hacia un puesto de pretzels. Compró uno para cada uno y un par de bebidas de cola. Caminamos hacia un puente de aspecto antiguo. Lo había visto en varias tarjetas postales y mi mamá y yo lo admiramos durante mi niñez.
El Bow Bridge era uno de los puentes más destacados y románticos de Central Park. De pronto recordé el jardín botánico de Brooklyn. Pensé en Elisa al admirar la vida del parque apoyado en la baranda junto a Jea.
—De verdad me impresiona tu conocimiento de la ciudad —admití con la boca llena.
—Jared es como un papá para mí —respondió. Le dio un mordisco a su pretzel. El sol de la mañana intensificó su belleza—. Ya sabes cómo es la cuestión, ¿no? —Se encogió de hombros y me dedicó una sonrisa de medio lado—. Durante la niñez no nos queremos despegar de nuestra figura paterna o materna.
Mi mamá, cuando aún sonreía, me llevaba al hospital consigo. No albergo recuerdos de acompañar a papá a las oficinas de la Gran Manzana. Sin embargo, tengo la memoria intacta de un pintalabios color miel oculto en su guantera. Era un tono imposible de usar por mi mamá, ni de coña.
—Sí. —Suspiré. Apoyé la espalda y los codos sobre la teca refinada del puente—. Quisiera retroceder en el tiempo. Anhelo regresar a la época donde las cosas eran más sencillas y no tenía la necesidad de reprimir tanta mierda dentro de mí.
Di un sorbo a mi bebida y agité el vaso para escuchar el choque del hielo.
—Te entiendo —empatizó Jea—. Pero a pesar de toda esta locura, mi hermano pronto volverá a estar conmigo. Se siente como un... un... eh...
—¿Sueño? —completé.
—Sí. —Asintió despacio, en un intento por asimilar los acontecimientos—. El cambio de juez, un mejor abogado, caro de paso, Brayan en prisión... Mierda, si te pones a pensar, el responsable de todo esto tiene una influencia perturbadora. —Dio otro mordisco a su comida, reflexionó un segundo y tragó—. El partido de Marc... Le doy muchas vueltas al asunto y el miedo me carcome.
Su piel se erizó. Acaricié el dorso de su mano por instinto.
—No estamos solos en esto. Hacemos un buen equipo de tres —repuse—. Hoy, si acertamos en nuestras suposiciones exageradas, podremos ver al tipo de la comisaría.
—¿Y si solo es una pesadilla y no deberíamos indagar más de la cuenta?
La pregunta fue una estocada directo a mi corazón. Conduje a Marc y a Jea a esclarecer los hechos impulsado por mis sentimientos egoístas. En lo más profundo, no quería comprobar una verdad para ellos, sino para mí. Deseaba confirmar la existencia de Elisa más allá de una simple videollamada. Si ese hombre tenía nexos con ella, podría darme una pista... No, no una pista. Me daría la esperanza de verla si vivía aquí, en Manhattan.
—Vamos, tal vez solo disfrutemos el partido y no veamos nada fuera de lo normal —aclaré para calmar los ánimos. A decir verdad, yo era pésimo ocultando mis propios nervios—. Además, si lo vemos, ¿qué haremos? Al final, si está cerca de Marc...
—Si lo vemos podemos confrontarlo, ¿no? Marc puede colarnos en los vestidores con unos pases familiares —explicó Jea y me sostuvo la mirada—. Gab, te pueden estar usando para algo peor, y a nosotros también. Debemos asegurarnos de no ocultar una trampa detrás de estos favores.
Resignado ante la idea, y con el deseo de confrontar a ese tipo, acepté con un cabeceo.
—De acuerdo...
El teléfono de Jea emitió un pitido. Ella lo sacó de la pretina de su falda. Frunció el ceño al revisar la pantalla.
—¿Ocurrió algo? —indagué.
Jea me mostró una fotografía. Marc sostenía una bandera arcoíris junto a un miembro de su equipo. Por una extraña razón, en el mensaje nuestro amigo explicaba cómo el mánager lo consideraba un homosexual reprimido. Le prometieron recibirlo con honores en el vestuario.
La piel de Jea se volvió a erizar. Sus ojos cristalinos manifestaron una profunda inquietud a través de una lágrima escurridiza.
—Mierda, Gab, esto es peor de lo pensado —balbuceó con una mano sobre la boca, ahogada por la sorpresa.
—Oye, Marc no es homosexual. No creo en eso...
Jea temblaba de pies a cabeza. ¿Acaso había un secreto oculto detrás de esa fotografía? Marc volvió a escribir. Sus palabras me dejaron tan frío como la Estatua de la Libertad.
Marc: No sé cómo se enteraron. Solo tú sabías ese secreto, Jea.
Enterré los dedos en mi cabello. ¿En qué puto problema los había metido? Vale, el problema no era la homosexualidad de Marc. El verdadero terror radicaba en la persona responsable de estos favores. Era imposible para Elisa tener tanto poder por sí misma para descubrir los secretos más íntimos de las personas.
¿Acaso era Jhofiel Aman? Pero el tipo era un desarrollador de videojuegos. Un padre preocupado por su hija al punto de fingir la muerte de la misma... Bueno, admito que esto último sí era una locura. Sin embargo, en las entrevistas y en las fotografías del pasado, Elisa no mostraba rastros de malestar o incomodidad.