Una Sesion Contigo

Capítulo 14

Tomamos el tren hacia el estadio. Cuando llegamos, estaba repleto de fanáticos. El olor a perro caliente, tierra húmeda y cerveza inundaba los pasillos de concreto. Jea compró dos perros calientes y un par de refrescos. Entramos después de registrar los boletos y buscamos nuestros asientos en las gradas laterales. Un jonrón en la primera entrada nos hizo saltar de emoción, pero la paranoia no me dejaba disfrutar del momento.

—¿Le enviaste un mensaje a Marc? —pregunté sentándome a su lado.

Jea dio un mordisco a su perro caliente, tragó, revisó el teléfono y asintió.

—Sí, pero no ha respondido —dijo.

—No he visto al tipo de la comisaría —comenté mirando a mi alrededor.

Las voces de los comentaristas hacían eco en el estadio. Un murmullo profundo recorrió las gradas cuando llegó el segundo bateador. Hizo un swing que hizo aplaudir y gritar de emoción a todos. Los Gothams abrieron el partido con agresividad.

Saqué el teléfono del bolsillo del pantalón y revisé la aplicación del juego. La última conexión de Elisa fue ayer. Quizás era mi ansiedad, pero algo no encajaba. Me sentía extraño. Jea mantenía la calma comiéndose su perro caliente, pero yo andaba inquieto, buscando de lado a lado algún rastro del tipo del maletín.

Las pantallas enfocaban a varios espectadores. Un gordo con la boca manchada de nata saludó sonriendo a la cámara. Una rubia de mediana edad con la gorra de los Gothams meneó sus pechos operados y guiñó un ojo.

La verdad es que todo parecía muy normal.

—Marc nos consiguió unos pases a los vestidores —dijo Jea—. Buscará la manera de entregárnoslos para que bajemos al final del partido.

—Nueve innings de espera —bufé, hundiéndome en el asiento.

—Vamos, no es para tanto. No solo estamos aquí por el misterio. Marc nos necesita.

Un remordimiento egoísta me atacó. Sacudí la cabeza. Estaba al borde de la obsesión con el tema. Había arrastrado a mis amigos a un pasadizo sin salida. ¿Y si todo resultaba ser una trampa? ¿Qué ocurriría si Elisa hizo un complot con su papá para secuestrarnos? Jea tenía la culpa de inyectarme sus sospechas más paranoicas.

Marc aguardaba en el círculo de espera. Calentaba los músculos con un bate pesado. Mascaba chicle con calma, pero su mirada cargaba una determinación que yo nunca le había visto. El tercer bateador conectó un doblete y la afición estalló en aplausos. Llegó el turno de Marc. Se acomodó el casco, escupió el chicle a la tierra y se plantó en la caja. El lanzador rival tiró una bola rápida. Marc hizo un swing con una fuerza brutal. La pelota salió disparada.

—¡Vamos, Marc! —gritó Jea a todo pulmón, apoyando las manos alrededor de su boca a modo de megáfono.

—¡Corre, Forrest, corre! —grité emocionado.

Nos levantamos saltando de emoción. Un poco de refresco se derramó en el asiento. Cuando Jea miró hacia abajo para ver el charco, las cámaras nos enfocaron y aparecimos en la gran pantalla de la Kiss Cam.

Mierda. Juro que se me detuvo el corazón en ese instante. No, no, no. ¿Qué debía hacer? ¿Abrazar a Jea? ¿Besarla? En la mayoría de los partidos las parejas se besan... ¡Pero nosotros no éramos novios! Jea me miró con una sonrisa de medio lado. Sus ojos ardían de deseo, o tal vez era idea mía. Mi corazón latía a mil por hora, retumbándome en los oídos.

Sin embargo, antes de hacer nada frente a las cámaras, mi vista se desvió hacia la cabina VIP en lo más alto del estadio. En el ventanal, un hombre nos observaba en silencio. Era apuesto, debo admitir, con el cabello castaño rizado hasta los hombros y una mirada penetrante.

Jea tomó la iniciativa, pero en cuanto se acercó, desvié la cabeza de golpe y le di un fuerte abrazo amistoso. Los espectadores emitieron un «¡Oh!» de decepción al unísono. Me acerqué y le susurré al oído:

—Arriba, en lo más alto, la cabina VIP. ¿Es él?

Volteó sin disimulo, frunciendo el ceño. Suspiré de alivio al ver cómo su decepción se transformaba en sorpresa. Me tomó del brazo y lo señaló con todo el descaro del mundo.

—¡Es él! —gritó.

Otro mini paro cardíaco. Excelente, un día lleno de emociones jodidas. Quería vomitar el perro caliente, pero estaba tan bueno que me negaba a reemplazar el sabor de la salsa por el de la bilis.

—¿Y ahora qué? —pregunté sin quitarle los ojos de encima al tipo.

—Lleva el mismo traje de la comisaría, pero no trae el maletín negro —observó Jea.

—Entonces no tiene un rifle de francotirador para matarnos —añadí.

Jea me fulminó con la mirada. Yo me encogí de hombros.

—Bueno, se me pegó tu paranoia, pues —dije para defenderme.

—No soy tan exagerada. —Se cruzó de brazos, meditando lo que acababa de decir—. Okey, admito que sí soy un poquito exagerada.

—No me esperaba esto. —Me senté despacio. El sujeto mantenía toda su atención sobre nosotros—. Ajá, no me has respondido, Jea. ¿Qué hacemos?

—Le dejaré un mensaje a Marc, porque aún no nos llegan los pases. —Redactó el texto a toda prisa, lo envió y volteó hacia mí—. ¿Me acompañas al baño?




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