Una Sesion Contigo

Capítulo 15

El miedo me ahogaba las palabras. Él me intimidaba con su sola presencia. Tras años de soportar los golpes de Brayan, estaba preparado para recibir una golpiza, así que temí por mi vida cuando dio el primer paso. Su figura se alargó bajo la luz, pareciendo un auténtico gigante.

—Si lo que te preocupa es el desliz con tu amiga, no le diré nada a mi hermana. Me llamo Miguel.

Me encogí aún más. ¡Mierda, ese tipo era su hermano! Me había visto besuqueando a Jea. Cerré los ojos esperando lo peor, pero el golpe nunca llegó.

—¿Ya vas a abrir los ojos? No es que me falte tiempo, sino que estás muy asustado —dijo con un tono pasivo, como el de un policía bueno tratando de sacarte información de la manera menos agresiva posible—. ¿Por qué tanto miedo?

—Es que ustedes han hecho cosas que escapan de nuestra comprensión —le dije—. No tiene sentido todo lo que hacen sin pedir nada a cambio. Hay algo oculto detrás de todo esto y solo quiero que mis amigos estén bien.

—¿Y no te interesa que Elisa esté bien? —preguntó, sonando como si lo último le hubiera dolido en el alma.

—¡Claro que me importa! Pero ella también se ha interesado por mis amigos. Compartimos la misma visión de proteger a quienes amamos.

Miguel me dedicó una sonrisa cálida. Los nervios bajaron de golpe. Mi instinto de supervivencia dejó de ordenarme que corriera sin mirar atrás.

—Eres un chico honesto, Gabriel —dijo Miguel—. Justo lo que buscaba.

—¿Buscaba?

¿Yo era justo lo que buscaba? Ese tipo estaba loco, igual que mis amigos e igual que yo.

—Como bien sabes, Elisa está viva. Mi padre la ocultó del mundo fingiendo su muerte. Nada de esto es consentido. Al contrario, obedece a los deseos macabros de mi padre, a quien conociste en una videollamada el día en que te enviaron el correo electrónico para descargar Somnus.

—Jhofiel Aman.

—Correcto. —Su mirada seguía imperturbable—. He buscado mil formas de sacar a mi hermana de la mansión, pero mi equipo y yo no hemos podido. Tenemos las manos atadas por causas que escapan de nuestro control.

—Miguel, quiero que me respondas con sinceridad. —No pude aguantarme, necesitaba quitarme la espina.

—Sí, dime —respondió con amabilidad, sin perder el semblante adusto.

—¿Estamos en peligro? —lancé.

—Sí —respondió con una tranquilidad que yo no podía poseer en ese instante. Mis piernas se volvieron gelatina—. Jhofiel fue miembro de una de las familias italianas más poderosas. Lavaba dinero en una de sus tantas empresas, falsificaba documentos, títulos de propiedad y mandaba a liquidar a los soplones. La fachada del hombre que conociste en la videollamada oculta a un monstruo. No es un simple programador de un estudio independiente.

»Su tiempo en la mafia lo usó para hacer favores con intereses ocultos. Ayudó a policías federales corruptos y a políticos para mantener sus puestos. Cuando la estructura se desmoronó, los vendió a todos para obtener el blindaje del Estado. Se creó una nueva identidad, pero ese viejo lobo conoce al FBI y ellos saben el verdadero nombre de Jhofiel. No hacen nada en su contra porque quienes llegaron al poder dentro de la estructura de los federales... Fue gracias a él.

»Si trato de ayudar a mi hermana a escapar de sus garras, el país entero nos estaría persiguiendo y mi vida correría peligro. Soy el único que la puede proteger junto al equipo de seguridad de la mansión. Ellos están esposados, porque Jhofiel les paga demasiado bien por su silencio, además de que los trata como a sus propios hijos. No le juran lealtad por lo que hace con Elisa, pero reprimen el impulso de pegarle un tiro porque no quieren perder el mejor trabajo de sus vidas.

Traté de procesar todo aquello, pero me resultó imposible. El mundo comenzó a darme vueltas. Miguel me sostuvo del brazo para estabilizarme. Le agradecí en un murmullo y apoyé la espalda contra la pared, dejando la mirada perdida en el techo. ¿En qué puto mierdón me acababa de meter?

—Lo siento, pero debo ser lo más directo contigo —dijo Miguel sin anestesia, lanzando el siguiente golpe—: Necesito que me ayudes a liberar a mi hermana de su sufrimiento.

—¿Cómo coño planeas que un adolescente de tres al cuarto pueda ayudarte? —preguntó, deslizándome hasta chocar el culo contra el concreto—. ¡El tipo...

—Jhofiel no sabe nada de ti, Gabriel —intervino Miguel para aliviarme—. He protegido tu identidad. Tú eres solo un usuario más con el que conversó en una videollamada. Elisa te guarda mucho cariño y, si él se llega a enterar, buscará eliminarte solo para causarle sufrimiento a ella.

Lo miré, atónito. Estaba condenado, lo sabía. No había escapatoria para mi descenso al infierno. Me convertí en Dante, Miguel en Virgilio y Elisa en Beatrice. Deseaba escapar de todo aquello, abandonar a mis padres y tener una nueva vida. Pero si lo hacía, los sabuesos de Jhofiel me buscarían en cualquier rincón de Estados Unidos o del mundo al ver a su hija con el corazón roto.

—¿Marc y Jea estarán bien? —pregunté.

Miguel asintió despacio.

—¿Por qué Jhofiel no es un buen padre? ¿Por qué quiere lastimarla? —Mi voz se quebró y las lágrimas se me acumularon en los ojos.

—Es una historia muy larga, Gabriel, y no es el momento para contarla. Solo necesito que me respondas si voy a contar con tu ayuda —dijo Miguel con un deje de frustración.

Tenía la opción de decidir si meterme en aquello o no. Me debatí un buen rato, pero fui incapaz de responder. El miedo y los sentimientos por Elisa chocaban como olas en un mar agitado en medio de una tormenta.

—Si te sirve de algo, Elisa está aquí. ¿Quieres verla? —ofreció Miguel.

Lo miré como una rata acorralada. Asentí, hechizado por la pasividad de ese hombre de ojos azules. Algo me decía que estaba desesperado, que el tiempo corría en su contra. Cuando lo pensé mejor, la leucemia de Elisa demolió mi realidad. Me levanté y Miguel lideró la marcha en silencio.




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