Una Sesion Contigo

Capítulo 16

En mi cabeza se reprodujo Looks Red, Tastes Blue, de Mayday Parade.

Parpadeamos al unísono. No me importaron sus cachetes desinflados, sus ojos hundidos ni su piel pálida... Solo me importó la vida en su mirada. Mi cuerpo recobró su firmeza y di un paso tras otro sin saber cómo podía moverme ante su belleza.

Ella no podía apartar la mirada de mí. Atrapada en un hechizo, se limitó a observarme.

Me detuve frente a ella. Alzó la cara. No había rastro de tristeza. Me agaché para encararla. Mis manos trémulas se apoyaron en sus mejillas. Ella tomó mi mano con delicadeza. No hacían falta palabras. Nuestro silencio era más que suficiente.

Entonces, en el prolongado lenguaje de los espejos del alma, presioné mi frente contra la suya. Un jonrón hizo estallar el estadio de emoción. Nosotros estábamos ajenos al bullicio. Éramos ella, yo y nuestro dulce silencio.

Cerré los ojos para sentir su respiración. Nos fusionamos en una especie de trance. Entonces, el entorno se dispersó como una gota de acuarela en el agua. Su sentir, su tiempo, su enfermedad, su amor, su angustia... Todo lo que callaba me lo transmitió.

Al abrir los ojos, Miguel permanecía parado en la puerta con los brazos cruzados al frente. Una leve sonrisa se dibujó en su rostro.

Looks Red, Tastes Blue —susurré.

Ella se rio. Maldita sea, su preciosa risa. Mi alma se estremeció.

Kiss me Slowly —contradijo ella y abrió los ojos.

Un tema de Parachute. Nunca dudé de su conocimiento musical.

—No quiero dolor, más del que ya tengo —murmuró al retirarme un mechón de la frente perlada de sudor—. ¿Cómo estás?

—¿La verdad? —Ella asintió—. Como si mi corazón fuera a estallar.

Nos reímos como si estuviéramos de vuelta en el risco. Evoqué nuestras noches. Mierda, una simple desconocida había logrado hacerme sentir vivo, olvidar la existencia del partido de Marc y obviar que, hacía unos minutos, había besado a Jea.

—Tú eres el vivo, Gabriel...

—Tú también —interrumpí y apreté su mano—. No sé cómo he llegado hasta aquí, contigo, pero te prometo que todo va a cambiar y mejorar. Pronto, no tarde. Aún hay esperanzas...

—Yo me he rendido hace mucho. —Suspiró—. Anhelo disfrutar mis días de paz... Podrían ser los últimos.

No. No podía imaginar una vida sin ella. ¿Por qué coño hablaba así? Sí, la leucemia, ya lo sé. Pero las esperanzas aún no se agotaban, o eso creía yo. Quizás me aferraba a la idea de verla vivir para siempre y jamás irse de mi lado.

Maldición, me sentí culpable. Jea no podía ser un reemplazo. Aunque ella se fuera, a Jea no la veía como una esposa o lo que sea... Puta madre, estaba pensando en ver a Elisa así y ni siquiera la conocía bien en persona. ¡Argh! El amor adolescente era una jodida locura.

Solo quería que jamás muriera...

Yo solo quería unos momentos más a su lado...

Negué con la cabeza, intentando sacudir mis pensamientos intrusivos.

—Me hablaste de una floristería. ¿No quieres tener una? —Me puse de pie y la miré con una sonrisa desafiante—. Vamos a tener una, con todas tus flores favoritas y una parcela solo de flores blancas para ti.

—Y lavanda. Amo el aroma a lavanda —concluyó ella con un destello esperanzador en la mirada.

Ambos perdimos la cordura. Al vernos, nuestras emociones bloqueaban el sentido lógico de lo que decíamos. Estábamos cegados.

—Luego de que estudies, te gradúes y trabajes, tendremos una casa pequeña, alejada de la ciudad —añoró ella, justo como aquella noche en el risco de Somnus, y las lágrimas comenzaron a brotarme—. Un perro, un gato... ¡Oye!

Se levantó. Estuvo a punto de perder el equilibrio, pero le hizo una seña a Miguel para que no la ayudara. Su hermano abrió los ojos de par en par al verla caminar hacia mí.

—Ya, para de llorar. —Me secó las lágrimas con el dorso de la mano—. No le des cabeza al futuro. ¡Mírame, estoy aquí! —Dio una vuelta. Dios, era tan hermosa, aunque no se diera cuenta de sus propias lágrimas—. Me haces feliz, Gabriel... Me haces querer volver a vivir.

Sus palabras me atravesaron el pecho. La abracé y ella me correspondió. Estaba débil. Su corazón latía despacio, igual al de un pajarito moribundo. Estreché su cabeza contra mi pecho y sentencié con firmeza:

—Por tu felicidad haría cualquier cosa. Incluso descender al infierno para sacarte de allí.

Entonces, miré a Miguel con un fuego encendido en la mirada. Él entendió. Sellamos nuestro pacto silencioso.

No sé cómo, ni cuándo, ni dónde, pero lograríamos salvar a Elisa. Aunque le quedaran minutos, días, semanas o meses de vida. Al apartarnos, nos tomamos de la mano y le di un beso en la frente. Permanecimos así no sé cuánto tiempo.

—¡Bueno, bueno! —interrumpió Miguel dando una palmada para espabilarnos—. No nos queda mucho tiempo. —Señaló el reloj de su muñeca—. Debemos marcharnos en cuanto termine el partido. Gabriel no debe preocupar a sus amigos.

—¿Por qué no puedo quedarme más tiempo con ella? —supliqué, inocente de la situación.

Elisa me miró con las ganas contenidas de contármelo todo de golpe, pero Miguel le indicó con un gesto que guardara silencio. Ella se apartó de mí y volvió a sentarse.

—Debes ir con tus amigos, Gabriel. Estaré bien, ¿de acuerdo? —aseguró Elisa con una bella sonrisa en los labios.

—¿Nos veremos en Somnus? —indagué.

—Sí. Claro que sí.

Maldita sea. Era el mejor día de toda mi existencia.

Nos despedimos. Cuando Miguel cerró la puerta, sentí una rotunda desconexión, igual a la del juego. Ese vacío me devoraba por dentro. Quería abrir la puerta de nuevo y encontrarla sentada, viva y respirando, con la mirada rebosante de vida. Deseaba regresar con una cesta de rosas blancas y entregárselas todas. Anhelaba rociarme con perfume de lavanda y abrazarla para dejarla descansar en mi pecho con su aroma favorito.




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