Regresé a las gradas con las piernas todavía temblando. Jea me examinó con ojos de lince en cuanto me vio aparecer por el pasillo. Me quedé callado. No le di detalles de mi pacto con Miguel ni de la presencia de Elisa en los palcos VIP.
—¿Estás bien? —preguntó apenas me vio.
—Sí... Sí.
La verdad es que no lo estaba. Por puro impulso, había aceptado una misión suicida para rescatar a una chica a la que a duras penas conocía y de la que estaba enamorado. Eso suena descabellado, pero uno nunca sabe cómo funciona el amor. A veces, lo más inesperado es lo que te salva la vida.
Después de sus preguntas de rutina y de tomarme el pulso —aún no entiendo para qué hizo eso—, le expliqué a medias lo que pasó, sin mencionar a Elisa. Todavía me daba vergüenza recordar cómo Jea y yo nos habíamos besado ahí afuera.
El partido terminó poco después con una victoria aplastante para los Gothams, gracias al impresionante desempeño de Marc en el diamante de juego.
Nos encontramos con él cerca de la salida de los vestidores. Al final los pases sí nos sirvieron. Venía cargando su pesado bolso deportivo, con el cabello húmedo por la ducha y una sonrisa de orgullo en la cara.
—Tenemos que hablar —soltó Marc, rompiendo el hielo antes de darme chance de reclamarle por el mensaje. Nos guio hacia un rincón apartado del estacionamiento—. No puedo creer que lo supieran. El mánager me dio la bandera y me tomó la foto. Pensé que me echarían del equipo. Pero no, el tipo resultó ser un aliado. Me aseguró que ahí no hay espacio para la discriminación y me pidió no tener miedo.
Jea me dio un codazo para que le explicara lo sucedido.
—Bueno, te tengo que confesar algo —admití.
Le conté mi encuentro con Miguel. Marc ató cabos y pensó lo mismo que yo.
—Si Elisa nunca te vio en ninguna red social, pero Miguel te reconoció —dedujo Marc—, entonces vulneraron nuestra privacidad durante su investigación.
Aunque Miguel no me lo dijo, era una sospecha cien por ciento confirmada. ¿Cómo me reconoció? ¿Cómo supo Elisa quiénes eran Jea y Marc? Solo lograron averiguarlo espiando cada rincón de nuestras vidas.
—Sí, es muy probable. Jhofiel Aman es un tipo muy peligroso por lo que me dio a entender Miguel —apoyé, quedándome pensativo unos segundos—. A todo esto, ¿por qué no me dijiste que eras gay, Marc? Yo también soy tu mejor amigo.
—Tenía miedo, carajo —confesó Marc, bajando la vista hacia sus tenis—. El ambiente del béisbol es muy machista. No quería un trato diferente ni que mis padres se enteraran antes de estar listo. O que tú reaccionaras como ellos. Solo Jea lo sabía. Ella lo sospechó un día y me dolió mentirle.
—¡Qué va! Soy el último con derecho a juzgarte por tus gustos, hermano —bromeé entre risas, suavizando la mirada—. Además, jugaste como un profesional. —Le di un fuerte puñetazo amistoso en el hombro—. Ese jonrón del final fue una maldita locura. ¡Felicidades, campeón!
Marc esbozó una sonrisa enorme. Por fin se quitó ese peso de encima. Nos abrazamos los tres, sellando nuestra hermandad en medio de aquel estacionamiento gris de Manhattan.
El viaje de regreso en el tren de la línea Hudson se me hizo eterno. La noche había caído por completo sobre el valle, transformando el agua del río en un manto negro que reflejaba las luces de los suburbios. Marc se quedó dormido a los pocos minutos, vencido por el cansancio. Nos avisó antes por un mensaje de Telegram: «Tomaré un descanso. Mucho estrés por hoy». Jea y yo compartimos un silencio cargado de electricidad. Nos mirábamos de reojo, recordando el beso en el pasillo del estadio, pero ninguno se atrevió a cruzar la línea otra vez.
El remordimiento por Elisa y la confusión por Jea me perforaban el pecho. Tenía miedo de que me hiciera alguna pregunta sacada de su intuición femenina, pero no pasó nada. Recostó su cabeza en mi hombro y se quedó dormida. Así pasamos el resto del camino.
Llegué a casa arrastrando los pies. El silencio de la sala me recibió con la frialdad de siempre. Subí a mi cuarto con unas ganas desesperadas de encender el casco virtual, iniciar sesión en Somnus y buscar el refugio de Elisa bajo el atardecer digital. Necesitaba verla, asegurarme de que nuestro encuentro en la cabina no fue una alucinación de mi cabeza loca.
Agarré el dispositivo. En ese instante, la puerta de mi cuarto se abrió de golpe, chocando con fuerza contra la pared.
Mi madre entró tropezando. Apestaba a alcohol barato. Una peste a vodka inundó el cuarto en un segundo. Tenía el rímel corrido por las mejillas, dibujando dos líneas negras que nacían de sus ojos hinchados. Me miró con pura desesperación, agarrándose del marco para no caerse.
—¿Dónde coño estabas? —reclamó con la voz rota, arrastrando las palabras—. Te busqué por toda la casa, Gabriel... Estaba sola. Todo está muy oscuro aquí dentro.
Me partió el corazón verla así. No supe cómo reaccionar. Mierda, tuve que tragarme las lágrimas.
—Fui a Manhattan, mamá. Te dejé una nota en la mesa de la cocina —expliqué, sintiendo una mezcla de lástima y asco por mí mismo en el estómago.
Se acercó dando un bandazo, me agarró de la sudadera con sus manos temblorosas y me sacudió con una debilidad que me hizo pedazos el alma.