Una Sesion Contigo

⚠️ Capítulo 19 (Elisa) ⚠️

El hermoso atardecer violeta de Somnus se rompió en mil pedazos. La oscuridad me tragó por completo cuando el casco de realidad virtual salió volando de mi cabeza con un tirón violento. Los cables me rasparon el cuello y me dejaron un ardor insoportable.

Frente a mí estaba el diablo. Jhofiel lucía grotesco, con los ojos desorbitados, inyectados en sangre y una saliva pastosa acumulada en las comisuras de los labios. La locura le brotaba por los poros. Su respiración agitada apestaba a rancio, a enfermedad. Su camisa arremangada tenía manchas de café derramado.

—¡Se acabó tu tiempo para jugar, Elisa! —bramó y me tomó del brazo con una fuerza capaz de hacerme crujir los huesos—. Hoy es el día. El día del gran sacrificio y de complacer a tu padre, a tu progenitor... a tu creador.

Una sonrisa lobuna en su rostro me hizo temblar. El pánico me estrujó los pulmones. Intenté zafarme de su violento agarre. Pataleé y le arañé las manos, pero fue inútil.

—¡Miguel! —grité con todo el aire de mis pulmones—. ¡AUXILIO!

Él volteó y me tomó por las mejillas. Incrustó sus uñas en mi piel hasta hacerme sangrar. Sus labios se acercaron a los míos y me calló... Me calló de la peor manera.

Al terminar, ignoró mi horror y se relamió los labios.

—Sabes igual a tu madre, angelita —saboreó con asquerosa satisfacción—. En el ritual de hoy ocurrirán muchas cosas a las que no podrás resistirte. ¡Debes complacer a tu creador!

Reuní el poco valor que me quedaba y le escupí las palabras:

—Maldito enfermo... Mi madre te odiaría.

Se partió de risa en mi cara. Cerré los ojos y pensé en Gabriel, en Somnus, en nuestro encuentro del partido... Miguel... ¿Dónde estaba Miguel? ¿Por qué no estaba allí?

Jhofiel me tiró al piso como si yo fuera simple basura. Luego me arrastró fuera del cuarto sin un solo atisbo de piedad. Mis rodillas golpearon cada escalón de la escalera de caracol. Solté un chillido de dolor y rasgué con las uñas la cerámica pulida del piso. Al llegar al vestíbulo, intenté aferrarme a las patas de una cómoda, pero me jaló con todas sus fuerzas. Él no se detuvo. Me quedé ronca de tanto gritar. Mi instinto de supervivencia no lograba superar la depravación de mi padre. Me llevó a rastras por el pasillo frío, como a un costal de desechos tóxicos.

Al llegar a las puertas del gran sótano, tres hombres encapuchados salieron de las sombras. Vestían túnicas blancas con el emblema bordado de la Nueva Orden de la Luz. Sus rostros permanecían ocultos, pero sus manos firmes me sujetaron ambas piernas para relevar a mi padre. Me llevaron escaleras abajo, hacia las profundidades del sótano principal. Era un lugar prohibido donde el olor a humedad y a azufre se mezclaba con una peste inconfundible a sangre vieja.

Cuando entramos a la cámara subterránea, las antorchas iluminaron una escena de pesadilla. En el centro, amarrado con cadenas gruesas a una silla de metal, estaba Brayan. El chico del pueblo. El acosador de Gabriel. Tenía la cara molida a golpes, los labios rotos y las lágrimas le limpiaban la mugre de las mejillas en un llanto silencioso y desesperado.

—Mierda —mascullé.

Al fondo, junto a una mesa de piedra, aguardaba el viejo de la ceremonia. Ese hijo de puta llamado Albus. Era el líder, el monstruo responsable de envenenar a mi padre con sus ideas sobre la inmortalidad. Vestía una túnica dorada y sostenía un machete largo, oxidado en los bordes. Sonreía con malicia, perdido en la emoción de acabar con la vida de alguien.

El gran sacrificio: Brayan Mitchell.

Mi padre sonrió con una alegría perversa y macabra. Sus dientes amarillos brillaron bajo el fuego y los ojos de los encapuchados destellaron al compás de las llamas de las antorchas.

Busqué a Miguel con la mirada. No había rastro de él. Mi padre, como si leyera mis pensamientos, se llevó el dedo índice a los labios.

—Ni una palabra a tu hermano sobre lo ocurrido aquí, angelita —advirtió en voz baja, con un tic nervioso en el ojo.

Incorporé la mitad de mi cuerpo desde el suelo. Negué con la cabeza.

¿Por qué no lo dejaron en la cárcel? Sí, era un maldito despiadado, pero... No... Se lo merecía... Sí... Él golpeó a Gabriel, pero... No era justo... Sin embargo, mató a una chica inocente, era un peligro para la sociedad... Estaba pensando igual a mi padre. Me debatía entre el bien y el mal. El entorno corrompía mi fachada bondadosa. ¿En realidad yo era tan buena como creía? ¿La locura y la maldad de mi padre eran hereditarias? No... No...

—¡Míralo! Tenemos el sacrificio perfecto —festejó Jhofiel al acariciar el metal de las cadenas. Se detuvo al lado de la silla de Brayan—. Hoy no derramaremos tu sangre, angelita. Con cortarle el cuello a este desperdicio de carne será más que suficiente para saciar a la Luz de nuestro Señor.

—¡No! ¡Por favor, papá, esto es una puta locura! —grité con la voz rota en un intento por avanzar hacia Brayan—. ¡Déjenlo ir! ¡Es solo un chico!

—¡Calla, mundana! —rugió Albus con su habitual voz raspada y grave. El eco de sus palabras me aturdió—. Dios ordenó a las familias israelitas sacrificar un cordero macho, sano y de un año, para pintar con su sangre los marcos de sus puertas. Esta señal protegió a sus primogénitos de la muerte. Pero tú no sabes nada de eso. Eres una niña, una tonta, una enferma con los días contados. ¡Tú qué sabrás lo que el Señor quiere para ti!




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