El olor a mantequilla derretida me sacó de la cama el domingo por la mañana. Bajé las escaleras a toda prisa y encontré un plato lleno de panqueques calientes sobre la mesa de la cocina. Mi comida favorita. Mamá no estaba en la sala, pero me dejó una nota corta al lado del vaso de jugo: «Te quiero, hijo. Que tengas un buen día». Aquello me sacó una sonrisa, pero no sabía muy bien cómo reaccionar. Una partícula de felicidad flotaba en la oscuridad de mi ser. Tantos años perdidos, no sabía cómo se iban a recuperar. Pero de todos modos acepté de buen grado su muestra de afecto.
Poco a poco.
El verdadero problema estaba dentro de mi propia cabeza. El sábado por la noche, la desconexión abrupta de Elisa me dejó con el corazón en la boca. A partir de ese momento, el silencio me empezó a carcomer vivo.
Mantuve la cabeza ocupada conversando con Jea y Marc en nuestro grupo de WhatsApp. Pero sabía que nada andaba bien. Les expliqué mis inquietudes, pero no obtuve ninguna respuesta coherente, o al menos eso sentí.
Jea: Quédate tranquilo, no ha pasado ni un día 😉.
Marc: Es la primera novia de nuestro Gab 🥳, ya sabes cómo se ponen los primerizos 😏.
Jea: No me jodas, lo entiendo a la perfección, pero el pobre ya está exagerando.
Gab: Mira quién habla de exagerar XD.
Jea: Ajá, no te pases Gab. Yo tenía motivos 🫠.
Marc: Entonces, no validas los motivos de Gab 😁.
Gab: Chicos, la verdad, no me están ayudando en nada 🙃. Creo que será mejor que cambiemos de tema... Espera.. ¡Elisa y yo no somos novios, Marc! 🤬.
Marc: Bueno, pero algún día lo serán.
Jea: A todas estas, ¿cómo sabes el tema de los primerizos? ¿Ya tuviste tu primera relación con un chico en secreto? 🤪
Gab: A mí me debes un secreto, porque a Jea se lo contaste y a mí no me dijiste nada sobre tu homosexualidad, así que mínimo deberías tener la decencia de contarnos el chisme.
Marc: Sí que son un poco molestos a veces, pero así los quiero 😘. Ok, todo comenzó con un compañero del equipo durante el segundo año de secundaria...
En la noche, mamá regresó borracha de nuevo, pero no dijo nada ni yo tampoco. Me hizo la cena y se fue a dormir. Otra vez, me dejó panqueques. Me los comí mientras ahogaba la ansiedad en el juego. Me había conectado a Somnus lleno de esperanzas de volverla a ver. Esperé a Elisa en el risco durante horas, viendo el atardecer digital en un bucle aburrido. Ella nunca apareció.
Me dormí esperándola, aferrado a la creencia de que solo estaba exagerando y tal vez a ella no le había ocurrido nada.
El lunes, el martes y los días siguientes repetí la rutina con el mismo resultado de mierda. Me sentaba en la piedra virtual con el control pegado a los dedos, rogando ver su nombre conectado en la lista de contactos. Las letras siguieron en gris. No tenía el número de Miguel, no sabía su dirección, ni tenía una puta forma de saber si ella estaba bien.
En la secundaria, la paranoia se me salió de las manos por completo. Los profesores hablaban de ecuaciones y de historia, pero sus voces me llegaban como un zumbido sordo. No podía prestar atención a nada por culpa de la ansiedad. Mis ojos se quedaban fijos en el pizarrón mientras mis manos temblaban debajo del pupitre, imaginando los peores escenarios.
Durante el almuerzo del jueves, Jea y Marc intercambiaron miradas, preocupados por mi cara. Apenas había conciliado el sueño y unas ojeras de mapache comenzaban a formarse en mis ojos cansados.
—Gab, nos tienes preocupados —señaló Jea al soltar el cubierto en la bandeja.
—Ella no ha aparecido en días —murmuré, con las manos pálidas—. No se ha conectado.
No quise ni tocar las rebanadas de pizza de mi almuerzo ese día.
—No hay noticias de Somnus —informó Marc tras revisar en Google—. Solo el aviso de un directo en YouTube para el viernes, o sea, mañana.
Esas palabras me cayeron como un balde de agua fría. Abrí los ojos de par en par, no esperanzado, sino invadido por un terror que intenté contener para no asustarlos.
—Jhofiel hará un directo, pero Elisa sigue sin conectarse —razoné en voz baja—. Nada debe estar bien... Desde el día del partido, Miguel y Elisa me dieron a entender que corrieron un grave peligro al asistir al estadio.
—Gab, tranquilo, no sobrepienses las cosas —pidió Jea.
Ella intentó tocar mi mano, pero la aparté como si fuera de lava. Me levanté, oculté mis manos en la sudadera y caminé hacia el baño. Me encerré en una cabina y comencé a llorar lo más bajo que pude.
Pensar en que ella debía estar en un rincón sometida por algún maníaco o que estaba bajo la vigilancia estricta de su padre, era algo que me revolvía el estómago de una forma horrible.
Acabé vomitando.
Cuando me levanté en la mañana del viernes, la desesperación me tenía al borde del colapso. Encendí mi laptop. Marc me había dado el horario del directo. No me importaba llegar tarde a clases, quería ver algo en la cara de Jhofiel que me dijera que ella estaba bien o qué sé yo. Solo quería que el puto directo iniciara.