Una Sesion Contigo

Capítulo 21

Jea habló con el tío Harold. Nos reunimos con él en la tienda de música. Para nuestra suerte, Alexander tenía el día libre.

—No tendremos inconvenientes —indicó el tío Harold mientras se acomodaba detrás del mostrador—. ¿En qué puedo serles útil? No me han querido contar nada hasta que llegaran. Bueno, aquí estamos.

Dudé un segundo en contarle lo sucedido. Jea, que llevaba una camiseta de Korn y unos pantalones deportivos negros con franjas blancas, se cruzó de brazos.

—Tío, si te lo contamos... Ehmmmm... Lo mejor es que no llames a la policía —advirtió Jea.

Puse los ojos en blanco. Vaya manera de comenzar. Harold frunció el ceño y, antes de que soltara la primera sílaba, intervine:

—Hay un problema con una chica llamada Elisa Aman...

Me explayé en el relato de lo sucedido hasta ese día. Harold apoyó sus inmensas manos en el mostrador; parecían manoplas de béisbol. A veces bajaba la mirada, y mantenía el ceño fruncido en todo momento.

—Vaya —comenzó a decir—, la verdad no sé qué pensar.

Ni yo sabía qué más añadir, ya que todo sonaba como una historia que se resuelve con una llamada a la policía, pero no era tan sencillo y las consecuencias serían devastadoras.

—Pero déjame ver si encuentro algo en la trastienda. —Caminó hacia la puerta del fondo—. Espérenme.

Jea y yo nos miramos en silencio. Oímos el sonido de unas cajas al caer.

—¿Estás segura de que es buena idea? —pregunté.

—¿Se te ocurre algo mejor? —contraatacó Jea, y arqueó una ceja.

—No, pero tu tío me cae bien y no quiero que le pase nada.

—No creo que le pase nada. Además —se llevó el índice al mentón—, Harold tiene una red de contactos por la zona que nos puede servir para protegernos o escapar.

—¿Y qué clase de red de contactos es esa? Claro, si se puede saber.

—La clase de red de contactos que no te gustaría conocer, porque te cagarías antes de que te rodara la cabeza.

—Ah.

Harold emergió de la trastienda con un viejo cuaderno de cuero desgastado. No tenía título en el recuadro blanco del centro. Tosió un poco y se aclaró la garganta antes de abrirlo y buscar un número de teléfono.

—Chicos, ¿el tipo se llama Jhofiel Aman? —inquirió Harold con un tono que delataba un secreto a voces.

Asentí. Jea también lo miraba como si tratara de medir sus palabras.

—¿Llamas a alguno de tus colegas del club de motos? —tanteó Jea.

Harold esbozó la sonrisa de un lobo viejo. Buscó las gafas debajo del mostrador, se las puso y sacó su teléfono para marcar un número que no logré distinguir entre las notas.

No pasó ni el primer tono cuando la persona al otro lado respondió.

—¡Hey, Soul! ¿Cuánto tiempo? —saludó Harold.

En ese momento, no sabíamos ni qué decir ni qué demonios hacer, pero temíamos que el problema se hiciera más grande si se involucraban más personas. Me incliné hacia Jea.

—¿Crees que fue buena idea contarle? —susurré.

—No tenemos otra opción. Que vayas sin protección y sin testigos es la peor idea —respondió ella, preocupada.

—Querida, debo hablarte de un tipo conocido como Jhofiel Aman. Es un desarrollador de videojuegos... ¿Lo conoces?

Se me heló la sangre.

—Espera... Okay... Oh... —Harold nos escrutó con intriga—. Ajá... Vale, te esperamos en la tienda.

Al colgar, Harold se llevó los dedos a la nariz y apretó los párpados. Soltó un largo suspiro.

—¿En qué rollo se metieron? —murmuró, con la voz áspera por la preocupación.

—Gab es el que está en problemas —puntualizó Jea—. Nosotros solo tratamos de protegerlo y apoyarlo para que esté bien, tío.

Harold nos observó, parecía debatirse si debía contarnos lo que esa tal Soul le había dicho. Salió del mostrador y abrió la puerta de la entrada. Tras dar un par de ojeadas a la calle, echó el cerrojo. Al volver, se dirigió a Jea.

—¿Martha sabe esto? —Le colocó una mano en el hombro.

Jea negó con la cabeza.

—Lo hiciste bien, porque no es bueno lo que voy a revelarles. —Harold regresó a su lugar, se retiró las gafas y se aclaró la garganta—. Jhofiel Aman, en realidad, se llama Enzo y es de apellido Gotti.

—¡¿Qué?! —exclamé al escuchar el apellido.

Jea desconocía su origen. Me miró con desconcierto mientras Harold asentía despacio.

—Los Gotti fueron una de las ramas más temidas dentro de la familia Gambino, una de las cinco grandes mafias italoamericanas de Nueva York —explicó Harold, al ver que Jea no entendía la magnitud del asunto—. Eran grandes capos, controlaban los bajos fondos y movían cantidades ingentes de dinero.

—Mierda —murmuró Jea—. Y todo esto...

—No lo sé, pero me queda claro que tu amigo —me señaló con un gesto de la barbilla— está en un problema del que tal vez no salga vivo.




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