Pensé en mamá. Quizá ella creía que seguía en casa de Jea. La tía Martha fue quien nos llevó a la estación sin rechistar, ya que el tío Harold habló con ella. Cuando llegamos, él nos esperaba en un taxi. Y así fue como hace unas horas estaba en casa de mi mejor amiga y ahora estaba a punto de subirme de pasajero en una Harley-Davidson Fat Boy aparcada cerca de un prostíbulo con una cazavampiros como piloto. De ser un simple adolescente con problemas típicos de una familia de América del Norte, pasé a ser el salvador o la clave para rescatar a la hija de un antiguo mafioso.
Carajo, son cosas que no pasan todos los días.
—Sin movimientos bruscos —me advirtió Soul mientras encendía la moto—. Si eres muy marica para esto, abrázame, pero sin excederte. Rodillas pegadas, pies en el reposapiés y sujeción firme. ¿De acuerdo?
Me lanzó el casco. Lo atrapé, pero me golpeó en el pecho. Tenía el dibujo de un águila y estaba recién pulido. El brillo del neón del prostíbulo se reflejaba en su superficie.
—Bueno, ¿Gab? Sí, Gab, ya puedes montarte. —Se ajustó su propio casco.
Me subí con torpeza. Soul me ayudó con suma paciencia. Hizo rugir el motor y emprendimos la marcha hacia el Jardín Botánico del Bronx.
Cuando el reloj marcó la medianoche, descendí de la moto junto a Soul. Las nubes transitaban despacio en el cielo estrellado y las luces de los faroles resultaban hipnóticas. El murmullo de la ciudad y el eco de los autos en el asfalto me sostenían. Sentía que, si no hubiera un atisbo de cotidianidad, todo se iría a la mierda dentro de mi cabeza.
Sin embargo, al cruzar las inmensas rejas de hierro, dejamos Nueva York atrás en un instante. El rugido del tráfico del Bronx quedó asfixiado por los árboles centenarios del Bosque de la Familia Thain. El olor a smog desapareció, reemplazado por un intenso aroma a tierra húmeda, hojarasca y pino. A lo lejos, la enorme estructura de hierro forjado y cristal victoriano del Conservatorio Enid A. Haupt brillaba tenuemente en la oscuridad, sirviendo como un faro fantasmal.
Caminamos despacio por el sendero rodeado de bosque virgen. Solo éramos nosotros adentrándonos en la negrura. No tenía miedo, me sentía seguro al lado de Soul, pero ¿quién era ella? ¿Por qué conocía a Elisa? ¿Cómo sabía Harold que debía llamarla a ella en este caso? Eran preguntas con respuestas sencillas, y las preguntas con respuestas sencillas son las que más intriga generan.
Mientras la duda me carcomía, vi las flores en los matorrales. Me acordé de Elisa y su sueño. Luego vi el gran invernadero victoriano, cuyas luces se perdían contra los cristales en el ascenso hacia la noche.
Entonces, allí estaba, con las manos en los bolsillos. Impasible, sereno, como si el tiempo no estuviera en su contra. Miguel. Llevaba el logo de la empresa.
Apenas nos detuvimos, él no pudo evitar exhalar de sorpresa al ver a Soul. Yo dejé de existir entre ellos dos.
—¿De verdad eres tú? —indagó Miguel, intentando calmar sus emociones.
—Ahora te llamas Miguel, me gustabas más cuando eras Lorenzo —replicó Soul con una risita muy parecida a la de Elisa.
—Sabía que Gabriel venía acompañado, pero jamás imaginé que eras tú... Esto sí que es una sorpresa. —La alegría escapó de sus labios, pero antes de hablar reparó en mi existencia—. ¿Él lo sabe?
Ella negó con la cabeza.
—Mejor mantengamos el secreto por ahora. —Relajó los hombros—. ¿Cómo está nuestra fiorella?
Todo el entusiasmo del momento se esfumó. Un martillo invisible reventó los cristales de la emoción y dejó ver un paisaje desolado en el rostro de Miguel.
—Tenemos poco tiempo —informó—. A decir verdad, tenía todo planificado para hablarlo con Gabriel, pero contigo en el equipo creo que garantizamos la extracción de Elisa de la mansión.
—Sabes que yo no quiero nada más salvarla, ¿verdad? —soltó Soul, con una seriedad capaz de matarte.
—Lo que hagas con Jhofiel no es mi problema... Él dejó de ser mi padre hace mucho —declaró Miguel sin asomo de arrepentimiento en la voz—. Pero... ¿es lo que quieres?
—Secuestrar lo único que me queda de ella, desaparecerla del foco público y saber que está siendo torturada, no es razón para perdonarle la vida —condenó Soul—. Además, en el maldito testamento estaba claro que la custodia me pertenecía.
—Pero no debes negar que también fue tu culpa —aclaró Miguel.
—Ehmmm... Yo existo, ¿saben?
—¡Silencio! —me ordenaron al unísono.
—Mira, yo entiendo que Enzo fue un buen padre al inicio, pero nunca dejó de ser un monstruo. Te lo advertí y ahora mira las consecuencias.
—¿Todavía vas a consultarte en el tarot?
—Cada maldita semana, porque es la única manera de saber que ella está sufriendo. —La voz de Soul se quebró—. ¡Ella estaba en remisión! Su proceso casi se había completado, faltaba poco, pero el imbécil de tu padre se obsesionó porque temió que recayera como Catherina.
—Muy mal momento la verdad —lamentó Miguel—. En el fondo no quisiera que lo mataras, porque no te traería la paz que ansías.
—¿Y entonces quién lo va a detener? Ese degenerado le ha hecho demasiado daño al mundo sin enfrentar consecuencias, gracias a lo corrupto que está nuestro sistema. La ley es ciega ante el poder de un hombre que puede comprar vidas humanas por capricho.