Una Sesion Contigo

Capítulo 23 (Elisa)

Las heridas del último ritual todavía latían bajo los vendajes con una intensidad insoportable. Mi cuerpo pesaba como si estuviera relleno de plomo. Acurrucada en la cama, cada respiración era un recordatorio agónico de que apenas me aferraba a este mundo. La debilidad me consumía hasta los huesos. Creí, con una certeza silenciosa, que iba a morir en cualquier momento.

Abajo, los gritos de Jhofiel alteraban la calma de la mansión.

Armaba un escándalo monumental, destrozando cosas a su paso mientras exigía a todo pulmón la presencia de Miguel. Pero mi hermano no estaba. Una plegaria muda escapó de mis labios agrietados. Rogué al cielo para que estuviera a salvo, lejos de las garras de ese monstruo.

Tiempo atrás, le había pedido de rodillas a mi hermano que no le dijera nada a Gabriel sobre lo que me hizo ese monstruo. Él no podía hacer nada, solo le causaría tormento y dolor. Yo debía cargar con el peso de mis torturas, no otros.

Los pasos resonaron en las escaleras. La puerta de mi habitación se abrió de un portazo. Jhofiel entró como una bestia que busca su presa. La paranoia se había apoderado de su cordura.

—Escríbele a tu hermano. Ahora —me ordenó, acercándose a la cama.

Mis dedos temblaban al sostener el teléfono, pero obedecí para sobrevivir. Temía que me atacara otra vez y terminara con mi vida sin antes despedirme de Gabriel. Apenas envié el mensaje, el reverso de su mano se estrelló contra mi mejilla. El impacto me giró el rostro y me arrancó un gemido ahogado. El teléfono cayó en la camilla. Me maldije por temblar.

Jhofiel me tomó por el mentón, obligándome a mirarlo. Estaba cegado en su locura.

—¿Están conspirando contra mí? —inquirió con un susurro venenoso.

—No... claro que no —balbuceé.

Recibí una segunda bofetada, mucho más fuerte que la anterior. El sabor metálico de la sangre inundó mi boca de inmediato.

Sin apartar su mirada desquiciada de la mía, llevó la mano a la pretina de sus calzones y extrajo un pequeño dispositivo negro. El detonador. Lo levantó a la altura de su rostro y besó el plástico frío con una devoción enfermiza. Luego me dedicó una sonrisa torcida que me heló la sangre.

—No ando con juegos, angelita —advirtió, acariciando el botón—. Soy capaz de reducir todo esto a cenizas. De destruirlo todo. Pero no lo haré, porque estamos cerca. El milagro esotérico y científico ya es casi una realidad.

Se paseó por la habitación, gesticulando con fervor religioso.

—Ya estoy logrando transferir un alma hacia Somnus —reveló—. Ese mundo digital no es un simple código. Es el recipiente perfecto. Durante siglos, los alquimistas y sabios buscaron la forma de preservar el ánima lejos de la podredumbre de la carne mortal, y la respuesta siempre estuvo en crear un plano con sus propias reglas metafísicas. Somnus es ese reino y el sacrificio de corderos para Dios pronto será concretado.

Me quedé tiesa ante sus palabras.

—¿De qué estás hablando? —indagué—. Se supone que Somnus es mi hogar.

—No solo tuyo, angelita —siseó como una serpiente. El vaho de su aliento me aterrorizó—. ¿Recuerdas la isla del hombre degenerado? Sí, ese mismo, el que tenía los mismos gustos depravados que Dan Schneider. Él lo hacía con niños, pero yo lo haré con criminales jóvenes, machos y hembras incapaces de reinsertarse en la sociedad. Gastaré una fortuna, pero valdrá la pena para limpiar nuestro mundo y programar sus almas en Somnus para que sean mejores seres humanos.

Se detuvo a los pies de mi cama. Su locura tenía una lógica aterradora.

—Las pruebas finalizarán pronto y verán el resultado. La verdadera transmutación —continuó, señalándome con el detonador—. Pero necesito tu colaboración. Si te resistes, si intentas engañarme, perderé el poco juicio que me queda y los mandaré a volar a todos. ¿Me escuchas?

Asentí con las lágrimas en las mejillas. Mi padre se había convertido en un maníaco. Antes de que pudiera sonsacarle más información, la puerta de la habitación volvió a abrirse. Miguel apareció en el umbral, agitado. Enseguida le dirigí una mirada asustada, indicándole que no era un buen momento para aparecer.

Al verlo, Jhofiel soltó un gruñido. Tomó el vaso de vidrio que reposaba en mi mesa de noche y lo estrelló con furia contra la pared. Los fragmentos cristalinos llovieron sobre las sábanas. En un par de zancadas acortó la distancia, tomó a Miguel por el cuello y lo estampó contra el marco de la puerta.

—¡¿Dónde coño te habías metido?! —rugió Jhofiel, apretando el agarre—. Mandé a mis hombres a rastrearte. ¿Por qué carajos estabas en el Jardín Botánico? ¿Con quién te reunías?

Miguel palideció. Intentó tragar aire, pero mantuvo una serenidad escalofriante.

—Buscaba... más voluntarios —mintió con la voz estrangulada—. Para la transferencia de almas.

Jhofiel aflojó ligeramente la presión de sus dedos, intrigado. Retorció la cabeza y los huesos de su cuello tronaron.

—No quería que Elisa se sacrificara en las pruebas iniciales cuando la red aún no es estable —explicó mi hermano tras tomar una bocanada de aire—. Necesitamos recipientes desechables. Fui a los barrios bajos a buscar vagabundos y adolescentes con problemas. Gente a la que nadie extrañará cuando sus cuerpos colapsen al entrar a Somnus.




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