Llegué a casa cuando el sol ya iluminaba las calles del vecindario. La noche anterior había sido una pesadilla interminable. Jea y yo dormimos apenas unas horas en la trastienda de la tienda de música del tío Harold. Pasamos la madrugada entera debatiendo cómo demonios íbamos a solventar aquella situación sin terminar en una bolsa para cadáveres.
Al entrar a la cocina, el cansancio que me pesaba en los párpados se esfumó. Me recibió un aroma dulce y familiar. Sobre la pequeña mesa de madera había un plato cubierto con un paño limpio. Lo levanté. Eran panqueques recién hechos. A un lado, mi mamá dejó una nota escrita con prisa, pero con letras redondas y cuidadas, deseándome un buen día.
Una calidez inmensa me invadió el pecho. Me senté a comer en silencio. El sabor a sirope y mantequilla me supo a esperanza. Últimamente, ambos hacíamos un esfuerzo silencioso pero constante por reconstruir nuestro vínculo. Esos panqueques no eran solo el desayuno, eran una ofrenda de paz. Una prueba de que ella intentaba ser la madre que yo necesitaba.
Mientras llevaba el plato vacío al fregadero, algo captó mi atención. Era un folleto doblado a medias cerca del escurridor de platos. Lo tomé con curiosidad. Era la publicidad de un centro de rehabilitación local para alcohólicos. Mis ojos se humedecieron al leer las palabras impresas y un nudo se formó en mi garganta, pero esta vez era de emoción. Ella por fin quería dar el paso. Por fin quería sanar.
Pensé en abordarla, pero era mejor que ella me lo contara cuando ya estuviera preparada. Haber pasado tanto tiempo sin una verdadera relación madre e hijo me hizo detenerme y pisar con cautela.
Recordé a papá. Desde que ella me entregó el anillo, no volvió a escribir. Tampoco tuve ganas de escribirle, ya que no lo sentí necesario. Me fui desapegando de su figura como el ave que abandona el nido. Sabía que al emprender vuelo, no volvería a casa. Y, claro, ya habían pasado unos dos meses sin cruzar el umbral de la entrada. Me hubiera gustado que al menos pasáramos más tiempo juntos. Supongo que su nueva familia con la secretaria era más importante, porque no encontraba más explicación que imaginarme un nuevo comienzo para él, alejado de nosotros, para siempre.
Pasé el resto del día encerrado en mi habitación, sepultado bajo las sábanas. Mi mente era un torbellino. Los disparos de Miguel, el olor a pólvora, el charco de sangre que se expandía en el suelo del Jardín Botánico... Todo se repetía en mi cabeza como una película de terror en bucle. Soul estaba bien. Le había dejado un mensaje a Harold mientras él nos dejaba en la estación.
Pensé en Elisa y, en ese instante, un pensamiento me sacudió. Somnus.
Debía conectarme. Había dejado el casco de realidad virtual sobre mi escritorio la tarde anterior. No me lo llevé a casa de Jea porque, ingenuamente, creí que solo sería una visita rápida y no una inmersión en el submundo de la mafia.
Vaya idiota que fui.
Me coloqué el visor y encendí el sistema. Al iniciar sesión en el entorno digital de Somnus, abrí mi lista de contactos. El corazón me dio un vuelco. El indicador de Elisa brillaba en verde. Estaba conectada.
Era una anomalía. Fruncí el ceño. Ella jamás se quedaba en línea por tanto tiempo. Nuestra rutina siempre fue conectarnos de noche, charlar y pasar la madrugada juntos en aquel mundo virtual, para luego desconectarnos al amanecer.
Aparecí en la plaza central de la ciudad y corrí sin dudarlo hacia nuestro rincón especial. Dejé atrás el bullicio de los avatares y los edificios de neón, adentrándome en el paisaje digital hasta llegar al risco aislado.
Y allí estaba.
Elisa descansaba acostada sobre el pasto virtual. Su respiración me pareció tan realista que me perturbó por un segundo. Sacudí la cabeza, creyendo estar loco, pero la fluidez de sus movimientos me inquietaba. Eso no impidió que me acercara con pasos silenciosos. Esta vez iba a ser yo quien la asustara. De pronto, una sensación rara me invadió el pecho, algo como un mal presagio. Me detuve en seco y me senté a su lado para observar los rasgos de su avatar. Eran idénticos a los reales, demasiado. Imaginé que era un paquete nuevo de texturas.
Revisé la información del juego en el menú y pude confirmar que hubo una nueva actualización sin anunciar.
—¡BUUUU! —gritó.
Salté en la cama y mi corazón me latió como el de un ciervo que huye de un jaguar. Sus ojos desprendían una vitalidad que no le había visto antes. Su rostro pálido se iluminó con una sonrisa que logró disipar todas las sombras de mi mente. Sonreí como un idiota después de respirar.
De verdad, sus movimientos eran extraños, tan realistas que contrastaban con el entorno. Era como si ella estuviera allí adentro, de verdad.
—Gabriel... —susurró, e inmediatamente se incorporó para abrazarme—. Estaba tan preocupada. Temía que te pasara algo, que te hicieran daño por mi culpa.
—Estoy bien, estoy aquí —le aseguré mientras le devolvía el abrazo con todas mis fuerzas... O al menos eso era lo que hacía con la animación.
La alegría de volver a verla después de una semana entera sin contacto fue indescriptible. Nos sentamos al borde del acantilado a ponernos al día. Sin embargo, noté que sus palabras llevaban un filtro. Tuve la leve sensación de que me ocultaba partes de su vida privada, pero no era nadie para ella, ninguna autoridad, para sonsacarle esa información si no le apetecía decirme. Además, era una simple sospecha, no algo que pudiera confirmar.