Una Sesion Contigo

Capítulo 25

Cold Spring siempre me recibía con su característica brisa fresca y un aire de tranquilidad. Residir en el pintoresco pueblo traía sus ventajas, ya que resultó ser el refugio perfecto para olvidar, aunque fuera por unas horas, que la mafia me pisaba los talones al estar tan involucrado.

No paraba de darle vueltas a la noche en el Jardín Botánico.

Marc y yo acordamos salir para despejar un poco la cabeza. Me esperaba en el césped de Mayor's Park, cerca de la orilla del río Hudson. Llevaba puesta su gorra de los Gothams. Al verme, levantó un guante de cuero y me lanzó otro junto con una pelota blanca de costuras rojas firmada por un grandes ligas venezolano: Miguel Cabrera.

—¿No deberías tenerlo en tu cuarto como colección? —le pregunté, ya que me extrañó que usáramos un recuerdo de su niñez tan valioso para practicar.

—Eres mi mejor amigo, debuté en los Gothams y el equipo aceptó mi homosexualidad sin juzgarme. Todo marcha bien, hermano —me respondió con su habitual sonrisa de álbum de béisbol. Yo le correspondí porque me alegraba verlo así—. Además, la firma está hecha por un marcador permanente y por un poco de agua no creo que se borre.

Me puse el guante e hice el primer lanzamiento. Marc lo atajó y se quedó sorprendido. Me encogí de hombros.

—Vamos, papá, antes de que se fuera a la mierda, me enseñó a lanzar —expliqué.

—Nada mal, chico de la mafia.

—Si supieras todo lo que vi en el Jardín Botánico, no harías bromas —le aseguré.

Pasados unos minutos, nos separamos unos quince metros sobre la hierba verde y comenzamos a lanzar la pelota. Le fui explicando lo que sucedió en el Jardín Botánico. No quitó la cara de bobo de quien escucha una historia en la que a cualquiera le hubiera encantado participar.

El sonido seco del cuero contra el cuero resonaba en el parque casi vacío. Lanzar, atrapar, devolver. El ritmo repetitivo me ayudó a calmar los nervios que aún tenía a flor de piel.

Le conté todo, sin omitir los detalles sangrientos. Le narré la tensión en el Jardín Botánico, el plan suicida de Miguel y la aparición estelar de Soul con su chaqueta de cuero y su actitud imponente.

—¡Hermano, eso suena a una maldita película de Scorsese! —exclamó Marc tras atrapar un lanzamiento rápido—. Me habría encantado estar ahí. Esa tal Soul parece un personaje irreal. Una cazavampiros en moto pateando culos mafiosos... Es brutal.

—Fue aterrador, Marc —lo corregí, y solté un suspiro pesado—. Todo este asunto de la mafia italoamericana me vuela la cabeza. Yo creía que esa gente ya no existía.

Marc detuvo la pelota. Se acomodó la gorra y caminó hacia uno de los bancos de madera frente al río. Me hizo un gesto. Lo seguí y nos sentamos.

—Existen, claro que todavía existen —explicó mi amigo, adoptando un tono más serio—. Mi abuelo solía contarme historias de Nueva York en los años ochenta y noventa. Las Cinco Familias controlaban todo. Los Gambino eran los más temidos y la rama de los Gotti era intocable hasta que el gobierno les cayó encima. Movían extorsiones, apuestas, basura...

—Y lavado de dinero —añadí al recordar las palabras de Soul.

Marc asintió despacio. Sacó su teléfono del bolsillo de su pantalón deportivo.

—Todo está documentado en internet. Hoy en día mantienen un perfil bajo. Con decirte que uno de los descendientes Gotti se dedica a las carreras clandestinas. Pero olvidemos eso, busquemos los registros de esa época, ya que son públicos. A ver... —murmuró mientras sus dedos tecleaban rápidamente en el buscador—. Vamos a buscar los eventos de la alta sociedad de los Gambino y los Gotti en los ochenta. Seguro hay fotos de las galas benéficas que usaban para lavar su imagen.

Me acerqué a la pantalla. El sol del mediodía creaba un reflejo deslumbrante sobre el cristal. Levanté mi mano con el guante de béisbol para hacer sombra y poder ver con claridad. Marc deslizó el dedo por decenas de fotografías en blanco y negro, y algunas en color desgastado por los años. Había hombres corpulentos con trajes a medida y mujeres con peinados altos cargados de laca.

De pronto, Marc detuvo la pantalla abruptamente.

—Oye, Gab... —titubeó, acercando el teléfono a sus ojos—. ¿Tú dijiste que el papá de tu chica se llamaba Enzo antes de cambiarse el nombre, verdad?

—Sí, Enzo Gotti. Un hijo adoptivo de la familia.

—Mira esto.

Me arrebató el aliento. En la pantalla brillante de su celular había una fotografía tomada en el salón de algún hotel lujoso. En el centro estaba Enzo. No lucía como el psicópata religioso que Soul me había descrito, ni tenía la mirada desquiciada que yo imaginaba. Llevaba un esmoquin impecable. Su postura era elegante, serena y transmitía un poder magnético. Parecía un hombre de negocios respetable.

Pero lo que hizo que el corazón me latiera desbocado no fue Enzo. Fueron las dos mujeres que lo flanqueaban en la imagen, ambas vestidas con trajes de gala deslumbrantes.

A su derecha, con una sonrisa tímida y un vestido satinado, estaba una mujer idéntica a Elisa. Era indiscutible. Los mismos pómulos, los mismos ojos. Supuse de inmediato que era la mamá de Elisa en su juventud.

A su izquierda, con un vestido rojo sangre y una postura altiva que desafiaba a la cámara, estaba la segunda mujer. No llevaba púas ni cadenas, pero sus ojos verdes y felinos eran inconfundibles... Soul.




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