El viaje de regreso a casa fue silencioso. Jea me había invitado a dormir con ella para que no tuviera que sentirme solo. Rechacé la oferta porque debía reunirme con Elisa sin falta. Mi amiga reaccionó con total normalidad y no insistió. A pesar de su comprensión, sentí una punzada de culpa al dejarla atrás después de todo lo que habíamos descubierto y todo lo que habíamos pasado.
Jea era mi mejor amiga, pero también un apoyo emocional sólido. Sin embargo, el beso en el estadio aún dejó reminiscencias de algo no resuelto en mi interior.
Al entrar a mi casa y subir las escaleras, noté que la puerta de la habitación de mi mamá estaba entreabierta. Me asomé con cuidado. Ella estaba acostada en la cama. Esperaba el habitual hedor a alcohol, pero esta vez la habitación olía a rosas. Miraba el techo en completo silencio. Tenía los ojos rojos y el rostro húmedo de tanto llorar.
Decidí no molestarla. Empecé a retirarme en silencio cuando de pronto oí su llamado.
—Gabriel —me llamó con voz frágil.
Me detuve y me acerqué a la cama. Ella se sentó con esfuerzo y me miró directo a los ojos. Levantó una mano temblorosa y la posó en mi mejilla. Su tacto era cálido y reconfortante.
—Que tengas una feliz noche, hijo —me deseó con una sonrisa triste.
—Igual tú, mamá —respondí con un nudo en la garganta.
Al regresar a mi habitación, cerré la puerta y me dejé caer sobre el colchón. Reflexioné sobre lo que acababa de pasar. Mi pecho se llenó de una mezcla de nostalgia y esperanza. Mi madre de verdad estaba abandonando el alcohol o eso creía yo. Estaba luchando contra su adicción y ese simple gesto me demostraba que nuestra relación podía sanar.
Al final, solo quedábamos ella y yo.
Me coloqué el visor de realidad virtual y encendí el sistema. Aparecí en la plaza principal de Somnus. Comencé a caminar en dirección al risco, pero algo me perturbó en el camino. Sentí que un yunque me aplastó el intestino. Quise tragar saliva, pero el nudo solo me provocó unas leves arcadas. La respiración se me agitó y el pulso se aceleró. No podía creer lo que estaba viendo... Al pasar por una cafetería digital, lo vi sentado en una de las mesas... Brayan Mitchell.
Me quedé congelado. El avatar era idéntico a él. Me acerqué un poco para comprobarlo, pero algo más espantoso recorrió mi espalda al leer las siglas semitransparentes de su nombre: NPC. Él reaccionaba con gestos programados, pero no emitía diálogos. Solo se movía de vez en cuando y parecía estar vivo de una manera u otra, pero sin alma. Era un cascarón vacío y lo podía notar en su mirada perdida.
De pronto, los recuerdos de los días de bullying me golpearon con violencia. El miedo y la rabia formaron un torbellino en mi estómago. No quise averiguar qué hacía una copia de mi acosador en ese lugar. Salí corriendo de allí a toda velocidad para encontrarme con Elisa en el risco.
Al llegar a nuestro rincón, decidí ahorrarme el susto. Lo disimulé muy bien. Preferí calmar mi respiración y contarle a Elisa mi descubrimiento del día. Ella estaba sentada sobre la hierba. Me senté a su lado.
—¡Oye, no me dejaste asustarte! —me reclamó.
—Bueno —me encogí de hombros—, es que tengo algo que hablar contigo.
Me miró con sospecha, algo detectó en el timbre de mi voz.
—¿Pasó algo? Hablas con una seriedad que no es propia de ti.
—Pues, ¡qué te puedo decir! —Puse a trabajar mi cerebro para desviar el tema y no contarle lo que vi—. Mi mamá parece que está dejando el alcohol y me acarició la mejilla.
Elisa sospechaba, pero decidió no darle más cuerda al asunto.
—¿Aceptó la ayuda del centro de rehabilitación? —indagó con una leve sonrisa en sus labios y me sorprendí.
—A estas alturas me sigues sorprendiendo.
Vaya, así que ella intervino.
—No preguntes...
—Pero Elisa, me gustaría saberlo, anda, por favor.
—¡Ja, ja, ja! No seas tonto. —Se ruborizó un poco—. Miguel investigó sobre su pasado. Tratamos de no ahondar mucho pero...
Dejó la intriga en el aire.
—¿Pero? —pregunté.
—No sabíamos que era muy grave.
Admito que en ese momento se me olvidó el tema de la fotografía.
—¿Cómo que muy grave? Elisa es mi mamá. —Me acerqué más a ella—. De ella sí necesito saberlo todo, aunque después digas que no importa porque la muerte y todas esas ridiculeces.
—¿Ahora es ridículo que te hable sobre lo que pienso? —Frunció el ceño.
Mierda, la había cagado.
—¡Entiende que me preocupo por ti! Todos nos preocupamos por ti.
Se agazapó en su sitio, pero luego una llama se avivó en sus ojos.
—Estoy cansada de ser siempre una maldita víctima —arremetió y me impactó en el corazón su certeza—. Todos quieren arriesgar sus vidas por mí y yo me siento como una inútil. No puedo hacer nada, ni siquiera contra mi padre y aunque tuviera la oportunidad... Yo... Yo no pudiera siquiera acabar con él.
Se abrazó a sí misma. No sabía cómo reaccionar ante el giro emocional que tuvimos.