La semana que siguió a nuestra primera discusión fue extraña, pero de una manera hermosa. Lejos de distanciarnos, el dolor de ese choque abrió una compuerta que ninguno de los dos pudo volver a cerrar. Cada noche, al ponerme el visor y aparecer en el risco de Somnus, sentía que nos volvíamos más unidos. Nos refugiábamos el uno en el otro con una urgencia casi desesperada.
Decidí, por salud mental, aplicar una especie de amnesia selectiva. Enterré la fotografía que Marc me había mostrado en lo más profundo de la galería de mi teléfono. No quería pensar en Enzo, en la madre de Elisa, en Soul ni en los oscuros hilos del pasado que nos rodeaban. Tampoco quería recordar la perturbadora imagen de Brayan Mitchell transformado en un NPC sin alma en la cafetería digital. El miedo y las dudas seguían ahí, agazapados, pero elegí ignorarlos. Me centré única y exclusivamente en dedicarme a ella. El mundo real podía estar cayéndose a pedazos, pero en nuestro risco solo importaba Elisa.
Durante esas largas noches de desvelo virtual, me dediqué a descubrir su mundo. Me sorprendió enterarme de que compartíamos una devoción profunda por la música. Hablamos más en profundidad sobre ese tema, porque sus gustos tenían matices que yo no imaginaba.
—La gente cree que porque estoy enferma solo escucho melodías tristes —me confesó una madrugada, mientras balanceaba sus piernas virtuales sobre el vacío del acantilado—. Pero no te he revelado que me encanta el rock pesado. Me da la energía que mis piernas reales ya no tienen.
Pasamos horas compartiendo canciones en un reproductor que ni sabía que venía incorporado en una de las opciones del menú. Me habló de su amor por los acordes limpios de la música acústica, de cómo una guitarra solitaria podía llenar el vacío de una habitación enorme. Sin embargo, su verdadero ídolo era alguien totalmente diferente.
—Mi cantante favorito es Harry Styles —anunció con una sonrisa radiante que iluminó sus ojos digitales—. Su música tiene un brillo especial. Me hace sentir libre, como si pudiera salir corriendo de esta mansión y perderme en una calle cualquiera de Londres.
—Tiene buenas canciones —admití, sonriendo al ver su entusiasmo—. Aunque no te imaginaba cantando pop.
—No es solo pop, tonto —me replicó con un leve empujón en el hombro—. Es la actitud. Es la libertad de ser quien quieras ser. Sign of the Times es una de mis favoritas porque me hace pensar que, sin importar lo feo que sea el presente, siempre hay un lugar arriba al que podemos escapar.
Aprender sus gustos, escucharla hablar con tanta pasión de cosas tan humanas y ordinarias, reforzaba nuestro vínculo a niveles que no creía posibles. Cada sesión era un oasis. Olvidaba las amenazas de la mafia, olvidaba los secretos de Miguel y el peligro inminente que acechaba fuera de mi ventana. Solo existíamos nosotros dos, flotando en un espacio digital que se sentía más real que mi propia vida.
Al amanecer, la desconexión siempre era dura, pero el regreso a la rutina diurna en mi casa traía consigo pequeñas treguas. Mi mamá seguía firme en su decisión de alejarse del alcohol. Al bajar a la cocina, el ambiente se sentía limpio y el café ya estaba listo sobre la encimera. Nos cruzábamos en el pasillo y nos dábamos los buenos días con timidez. Aunque sus ojos todavía reflejaban el cansancio de la abstinencia, ya no había rastro de las botellas. Otro detalle es que ya no olía a ese perfume de mierda. Estábamos aprendiendo a ser familia otra vez, aunque a nuestra manera claro está.
Luego venían los días de clase en la escuela, donde pasé mucho más tiempo conviviendo con mis mejores amigos. Volver a sumergirme en las charlas de pasillo con Jea y Marc me hacía experimentar una sensación extraña. Compartíamos los almuerzos en las mesas del patio. A veces el comedor era acogedor, pero preferíamos el aire libre. hacíamos bromas pesadas sobre los exámenes que venían y escuchaba a Marc hablar con orgullo sobre sus entrenamientos de béisbol con los Gothams. Por muy extraño que pareciera para mí, era como si la vida de verdad hubiera vuelto a la realidad. El peso de la mochila, las risas ruidosas a mi alrededor y la rutina ordinaria de las aulas me envolvían en una calidez reconfortante.
Pero, en realidad, no podía ignorar el peligro.
La normalidad era solo una fachada delgada y quebradiza. Bastaba con que una patrulla de policía pasara cerca de la escuela con la sirena encendida para que el estómago se me hiciera un nudo y el pulso se me acelerara de golpe. El más mínimo ruido fuerte en la cafetería escolar me recordaba el estruendo de los disparos de Miguel en el Jardín Botánico. Miraba a Elisa sonreír a mi lado en el risco y la culpa me carcomía en silencio al recordar la fotografía oculta en mi teléfono y el rostro de Enzo. Sabía que los hilos de la mafia seguían moviéndose en las sombras de la ciudad. El peligro real no había desaparecido, solo estaba esperando el momento para reclamar su lugar, mientras yo contaba las horas para que cayera la noche y pudiera volver a encender el visor.
Un día, los rayos del sol iluminaron mi habitación una vez más. Miré la hora y maldije para mis adentros al notar que había perdido el bus escolar otra vez, pero no me importaba. Cada sesión con ella, sin importar el cansancio del día siguiente, reforzaba nuestro vínculo. Pero a pesar del ritmo de la rutina y de que esto se volviera a repetir. Algo diferente marcaba ese día en particular.
Era un viernes y Jhofiel iba a transmitir en vivo una actualización importante de Somnus.