Viernes, un maldito viernes.
El reloj de mi computadora marcaba las ocho en punto de la noche. El sudor me empapaba las palmas de las manos. Estaba sentado frente al monitor con el corazón latiendo a mil por hora. La conexión a internet fallaba a cada rato. La antena de radioenlace que teníamos instalada en el techo, esa que parecía un megáfono gigante, me daba una latencia terrible en los peores momentos. Sin embargo, logré cargar la transmisión en vivo de YouTube justo a tiempo. Ya estaba pensando en cambiarme a fibra óptica.
El canal oficial de Somnus acumulaba cientos de miles de espectadores de todo el mundo. La pantalla parpadeó y apareció él. Jhofiel, otrora Enzo.
Llevaba un traje oscuro impecable y una postura que irradiaba autoridad. No lucía como el monstruo que me imaginaba, ese que me narró Soul. Parecía un genio de la tecnología a punto de revelar el futuro de la humanidad.
—Agradezco a todos los voluntarios y jugadores que han participado en esta fase inicial —comenzó Jhofiel con una voz serena que me revolvió el estómago—. Gracias a ustedes hemos logrado perfeccionar la inmersión digital a niveles nunca antes vistos.
Apreté los puños sobre el escritorio. No sabía qué esperar de él, no sabía nada de lo que sucedía detrás de esa cámara. Quería que Elisa me lo contara todo, pero solo discutimos y desviamos el tema, para luego pasar la semana como dos idiotas enamorados.
—Hoy marco el fin de una era —continuó Jhofiel y miró directamente a la lente de la cámara—. A partir de esta medianoche, los servidores de prueba de Somnus se apagarán por completo.
El aire abandonó mis pulmones. Un zumbido sordo bloqueó mis oídos.
—Iniciaremos la fase de lanzamiento oficial en exactamente tres meses —concluyó con una sonrisa ensayada—. Prepárense para una nueva realidad.
La transmisión se cortó de golpe.
Me quedé petrificado frente al monitor. El mundo entero se desplomó sobre mis hombros. Tres meses. Los servidores cerraban a la medianoche. Eso significaba que no iba a poder conectarme. No iba a poder ver a Elisa esta noche. Ni mañana. Ni durante noventa largos días. ¿Acaso ella iba a sobrevivir tres meses más con su enfermedad agravándose bajo el techo de ese maniático? Jhofiel me acababa de arrancar la única forma de comunicarme con la chica que amaba.
Me sentí totalmente devastado. Una desesperación ardiente me quemó la garganta. Grité de impotencia y golpeé el escritorio con fuerza. El dolor en mis nudillos no fue nada comparado con el vacío inmenso en mi pecho.
De pronto, la pantalla de mi teléfono se iluminó con una vibración corta. Era un mensaje de texto de un número desconocido. Lo abrí con las manos temblorosas.
Miguel: Los servidores cierran. No hay vuelta atrás. Reúnete conmigo en Little Stony Point a la medianoche. Ven preparado.
Leí el mensaje tres veces para asegurarme de que era real. Miguel intentaba ponerse en contacto conmigo justo en medio del caos. Little Stony Point era un sendero solitario y oscuro cerca del río Hudson. Ir a un área desierta a la medianoche para reunirme con el hijo de un jefe de la mafia era una locura total, pero no tenía otra opción. Él era mi único puente hacia Elisa en el mundo físico.
Marqué el número de Marc de inmediato. Contestó al segundo tono.
—Dime que viste la transmisión —soltó Marc con la voz alterada.
—La vi. Todo se fue a la mierda —le confirmé rápidamente—. Miguel me acaba de escribir. Necesita verme a la medianoche en Little Stony Point. No puedo ir solo.
Hubo un silencio pesado al otro lado de la línea.
—Estás completamente loco, hermano. Ese lugar da miedo de día, imagínate a esta hora. Pero no voy a dejarte ir solo. Paso por ti en veinte minutos.
Colgué y llamé a Jea. Le expliqué la situación lo más rápido que pude. Su respiración se agitó a través del auricular.
—No voy a permitir que vayas a encontrarte con un mafioso en el medio de la nada solo con Marc —me regañó Jea con firmeza—. Iré con ustedes. Dame cinco minutos. Voy a llamar a mi tío Harold para que nos acompañe. Necesitamos a un adulto que sepa lidiar con esta gente.
La idea de involucrar a Harold me alivió un poco la tensión de los músculos. Él conocía parte de ese submundo, al menos.
Media hora después, salí de mi casa en silencio para no hacer ruido. La noche en Cold Spring era helada. Caminé un par de calles hasta el punto de encuentro acordado. Marc llegó trotando desde la esquina opuesta. Llevaba una linterna gruesa en la mano y miraba a todos lados con evidente nerviosismo. Jea apareció poco después. Su rostro reflejaba una mezcla de miedo y determinación.
—¿Dónde está tu tío? —pregunté al ver que llegaba sola.
—Me dijo que no podía venir, tiene averiada la moto —explicó Jea mientras nos acercábamos a la acera—. Pero aseguró que enviaría a alguien de su confianza para escoltarnos.
Antes de que pudiera quejarme, un potente rugido rompió el silencio de la calle. El sonido rebotó contra las fachadas de los edificios dormidos. Una motocicleta negra y pesada dobló la esquina a toda velocidad y frenó frente a nosotros.
El motor se apagó. El conductor se quitó el casco con un movimiento fluido. El cabello oscuro y rebelde cayó sobre sus hombros. Sus ojos verdes nos estudiaron de arriba abajo con una intensidad depredadora en la penumbra. Llevaba su característica chaqueta de cuero y una postura que gritaba peligro por todos lados.
Soul.
Ni siquiera me pregunté cómo coño había llegado en menos de una hora a Cold Spring, si se suponía que ella estaba en Manhattan. Me quedé sin aliento. Marc abrió los ojos como platos al reconocer a la mujer que le había descrito tantas veces.
—¿Ustedes son el comité de bienvenida? —preguntó Soul con una sonrisa ladeada.
Se bajó de la motocicleta y caminó hacia nosotros. Con cada paso que daba, su autoridad se apoderaba del lugar. Se detuvo a un metro de distancia. Llevó las manos a su cintura para acomodarse el cinturón oscuro. Al hacer ese movimiento, la chaqueta se abrió ligeramente. El metal frío de una Beretta asomó por encima de la tela de su pantalón.