Una Sesion Contigo

Capítulo 29

El viento soplaba con furia en Little Stony Point. Las hojas de los árboles crujían en la oscuridad y el sonido del río Hudson golpeando las rocas creaba una atmósfera escalofriante. Soul estacionó el auto a un lado del sendero de tierra. Apagó el motor y las luces. Nos quedamos bajo el manto de la penumbra lunar.

Salimos del vehículo en silencio. El frío me caló hasta los huesos. Marc caminaba a mi lado con las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta. Jea se mantenía muy cerca de mí. Sus ojos oscuros intentaban descifrar las sombras del bosque. Ella se aferró a mi brazo, asustada, ya que percibí el leve miedo que desprendía su mirada. Yo no estaba muy seguro que digamos, porque hablar de seguridad en mí mismo es un chiste, pero tenía que obligarme a transmitir la fuerza que ellos necesitaban para que avanzáramos en estos caminos oscuros.

Avanzamos unos metros hasta llegar a un claro. Un carro se escuchó en la lejanía, el motor se apagó segundos después y la sinfonía de la noche predominó otra vez. Nos paramos cuando vimos una figura alta y delgada junto a un viejo tronco caído: Miguel.

—Llegan tarde —dijo él con voz ronca.

—Tuve que pasar a recoger el típico trío de escuela, ¿qué esperas? —respondió Soul.

Soul avanzó con seguridad y se paró junto a Miguel. Me quedé desconcertado. Ellos cruzaron una mirada de total complicidad en medio de la oscuridad.

—Ustedes planearon esto —deduje en voz alta.

—Estuvimos en contacto tras lo sucedido en el Jardín Botánico —confesó Miguel y cruzó los brazos—. Planificamos este rescate en tiempo récord, cabe destacar. Zia conoce mejor los movimientos mafiosos de mi padre y yo conozco la rutina de él en la actualidad. Pasado y presente se unen para forjar el futuro, es irónico. Es la única forma de tener una oportunidad real contra él.

El cerebro me daba vueltas. Todo este tiempo creí que Miguel actuaba solo en las sombras, pero tenía a la mejor aliada posible. Ese par me debía cientos de explicaciones.

—El tiempo se acabó, Gabriel —continuó Miguel con un tono ensombrecido—. Jhofiel acaba de cerrar los servidores. Va a acelerar la fase de lanzamiento. El desgaste de Elisa va a empeorar si no la sacamos de esa mansión.

—Entonces entramos y la sacamos —dije con el corazón latiendo a mil por hora—. Vamos ahora mismo.

Miguel negó con la cabeza. Su rostro reflejaba una mezcla de dolor y determinación.

—No es tan simple. La única manera de rescatar a mi hermana es matando a Jhofiel. Mientras él respire, ella nunca será libre. Y no podemos cometer errores. Además, está en juego algo mucho peor.

—Mejor nos reservamos esa parte de la historia —recomendó Soul.

No pude aguantar la intriga, quería saberlo todo, pero debía callar para luego tener las respuestas que buscaba. Por otro lado, un escalofrío me recorrió la nuca al saber que teníamos como objetivo eliminar a Jhofiel. Sabía que nos enfrentábamos a un monstruo, pero escuchar la sentencia de muerte de la boca de su propio hijo era perturbador.

—Mi padre ya no confía en su equipo de seguridad habitual —explicó Miguel—. Despidió a mi equipo y reforzó la vigilancia de las instalaciones con los miembros de la Nueva Orden de la Luz.

—¿Fanáticos religiosos? —preguntó Marc con voz temblorosa. Volteé a verlo—. Esos tipos están en todos lados últimamente.

—Los peores —afirmó Soul mientras revisaba el cargador de su pistola—. Esa gente de la cábala está dispuesta a morir por cumplir objetivos poco morales. Ni siquiera son judíos o descendientes de los mismos. Son un grupo de locos que se creen magos y estafan a magnates para financiar su organización. Lamentablemente, no hablamos de una organización menor, sino de una que ha ido creciendo con el paso de los años. Así que tienen todo el perímetro estrictamente controlado de la mansión. Están armados y no hacen preguntas antes de meterte el primer tiro en la cabeza.

Me pasé las manos por el cabello con desesperación. ¿Dónde coño nos estábamos metiendo? ¿Qué demonios era todo eso que acababa de decir Soul? ¿Eso era posible? Mierda, este mundo es una locura cuando buceas hacia el abismo de la desesperación humana.

—Esperen... ¿Qué diablos están diciendo? —Ambos me miraron como si fuera un niño que monta un berrinche—. Yo esperaba algo distinto, no enfrentarnos a una organización que parece más terrorista que religiosa. Además, ¿qué pasa con Elisa? Hay mucho que ustedes me ocultan.

—Si te dijera todo lo que ha hecho mi padre con ella, ¿qué harás? ¿Llorar? —me preguntó Miguel sin ningún tipo de molestia en la voz.

Su inexpresividad me sacaba de quicio, pero tenía toda la razón del condenado mundo. No servía saber nada de lo que sufría Elisa si solo avivaría mi impulsividad de ir tras ella. Agaché la cabeza y apreté ambos puños. Jea se acercó y me palmeó la espalda.

—Tranquilo, pronto ella te explicará mejor, ¿no crees? Cuando ya sea libre, me refiero —me dijo Jea a modo de consuelo.

—¿Y cuál es tu plan? —Miré a Miguel con el fuego en mis pupilas.

—Yo conozco un punto ciego en la seguridad del ala este —respondió Miguel—. Pero necesitamos una distracción en el perímetro exterior y alguien que nos guíe desde afuera.

—Nosotros ayudaremos —intervino Jea de inmediato. Dio un paso al frente con la barbilla en alto—. No vamos a dejarte solo en esto, Gabriel.




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