Los días siguientes se convirtieron en un infierno. La espera me consumía por dentro. Cada vez que cerraba los ojos, imaginaba las peores tragedias. El miedo a morir en esa mansión se instaló en mi pecho como una piedra pesada que no me dejaba respirar.
No encontraba manera de escapar de mis pensamientos intrusivos. Quería desistir, abandonar la operación. Tenía toda una vida por delante y arriesgarla por alguien que iba a morir de igual forma era innecesario. Pero mi corazón clamaba a gritos, cegado por el velo de la juventud. Ese velo nos hace cometer locuras sin importar pasado ni futuro. Me pedía que la sacara de allí para poder vivir un amor sano junto a ella, o por lo menos, por el poco tiempo que le quedaba.
Una tarde, encontré a mi mamá en la cocina. Preparaba té con las manos un poco temblorosas, pero su mirada estaba más clara que nunca. Me acerqué y me senté a su lado.
—No sé qué decir —me dijo sin mirarme mientras el tictac del reloj de pared marcaba el compás de nuestro silencio.
—Creo que no hay nada que decir —murmuré.
Ella soltó un largo suspiro y dio un trago a su té de manzanilla.
—Tu papá... bueno, ya lo debes saber —comentó.
En sus ojos pude notar un leve destello de lo que fue mi mamá en el pasado. Ella no estaba ni enterada de lo que pasaba en mi vida, pero no me importaba contarle toda aquella sarta de locuras de mafias y familias retorcidas. Solo quería ser la compañía que ella necesitaba en ese momento.
—Sí, desde que me entregaste el anillo, supe que ya era hora de asimilarlo, ¿no? Tarde o temprano iba a ocurrir. Supongo que no debería sorprendernos —comenté sin saber muy bien si lo que dije fue correcto o no.
Apoyó los codos en la mesa y alzó la taza de té. Sopló un poco en el borde para dispersar el calor.
—No dejo de sentirme culpable cada día que te dejé solo, Gabriel —me confesó. Bueno, la verdad es que ya me las arreglaba yo solo con sus eternas ausencias—. No he sido una buena madre.
—Si has sido buena o no, creo que eso ya no importa —dije y me encogí de hombros. Centré la mirada en la pared sin buscar nada más que el vacío—. Quiero que estés bien y a papá, pues, ojalá que consiga su felicidad, digo...
Mamá me miró, dejó la taza de té en la mesa, me tomó del brazo y me jaló hasta su pecho. Hasta ese momento no sabía que estaba llorando.
Me confesó lo difícil que era pelear todos los días contra la ansiedad y las ganas de beber, pero me aseguró que quería cambiar. Quería ser una verdadera madre para mí.
Escuchar esas palabras me rompió en mil pedazos, en muchos más pedazos de los que ya estaba.
El contacto de nuestro abrazo me hizo sentir humano, pero también multiplicó mi miedo. Si yo moría en esa misión suicida para salvar a Elisa, mi madre se quedaría completamente sola y el dolor la haría recaer. Sentí que el peso del mundo me aplastaba la espalda.
La presión me asfixiaba en el cuarto. Caminaba de aquí para allá y no sabía muy bien qué demonios hacer para disipar el huracán que arrasaba con mi cordura.
Una de esas noches de insomnio, Jea me invitó a dormir en su casa cuando le confesé que estaba jodido de la cabeza. Ella sabía que yo estaba al borde del colapso mental y no quería dejarme solo con mis propios pensamientos. Acepté sin dudarlo. Necesitaba escapar de mi mente antes de volverme loco.
Llegué a su habitación tarde en la noche. Nos recostamos en su cama en silencio, ni siquiera buscamos distancia. Mirábamos el techo mientras la adrenalina y el estrés de los últimos días palpitaban en mis venas. La tensión en la habitación se volvió densa. Ella olía divino a mandarina con vainilla. Traía puesto un top y no podía dejar de ver las líneas de sus curvas cuando tenía la oportunidad.
—Tengo mucho miedo, Jea —confesé al aire, rompiendo el pesado silencio—. Siento que no voy a regresar.
Giré la cabeza y me encontré con sus ojos oscuros. Ella se apoyó sobre un codo para mirarme de frente. Su rostro reflejaba una mezcla de ternura y preocupación infinita. Jea era como una madre para nosotros, para Marc y para mí.
—No digas eso —susurró y acarició mi mejilla con el pulgar. No la detuve por nada en el mundo, quería sentir su mano, sus labios, su cuerpo... Estaba hecho mierda y necesitaba sentirme completo con alguien—. Vas a volver. Te lo prometo.
—No puedes prometerme algo así. Es un suicidio. Si muero, mi mamá no lo soportará. Y yo... no quiero dejar de existir para ustedes.
Mi respiración se cortó. Las lágrimas amenazaron con salir. Jea se acercó más. Podía sentir el calor de su cuerpo a escasos centímetros del mío. Mi instinto cegó mi razón.
—Sé que tu mente es un torbellino ahora mismo —me dijo con voz suave pero firme—. Sé que amas a Elisa y que estás dispuesto a dar la vida por ella. Pero mírate, Gabriel. Estás temblando. Estás cargando con un peso que te va a destruir antes de siquiera llegar a esa mansión.
—Me siento como un egoísta —admití, cerrando los ojos al sentir su tacto—. Estoy aquí contigo, buscando consuelo, cuando mi cabeza debería estar concentrada en salvarla a ella. Te estoy usando para no pensar.
—No eres egoísta por querer sentirte vivo —replicó Jea—. Eres humano. Tienes derecho a tener terror.