Una Sola Noche

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-¿Por qué lloras?                                                  

Me estremezco al oír la voz de un hombre desconocido, me seco rápidamente las lágrimas y levanto la cabeza. Pensé que no había nadie por aquí. El patio estaba completamente desierto. Era tarde, la gente ya volvió a casa de sus trabajos. Aun no oscurecía, por lo tanto podría ver claramente el rostro de mi inesperado compañero, si no fuese por un obstáculo...

Siento un nudo en la garganta y el calor en el pecho como si hubiese tragado el agua hirviendo. Tengo ganas de romper en llanto, chillar descontroladamente, pero no voy a mostrar debilidad frente a una persona extraña. ¡Solo eso me faltaba! Tengo que espabilarme. Tengo que ser fuerte.

¡Es solamente un baile estúpido, nada más! ¿Qué importa si no voy y me quedo en casa? Ahora lo más importante es estudiar. Hay que prepararse para los exámenes. 

-¿Por qué? – repite el hombre extraño.                     

No puedo verlo con claridad. Solo distingo vagamente su silueta: alta, robusta, oscura. Parpadeo varias veces, intentando verle mejor. Pero no funciona. No puedo ver bien. Y no es por culpa de las lágrimas.

-Vete –balbuceo.                                                   

-No quiero.                                                   

-¿No tienes nada que hacer? –me pongo molesta –. ¿Qué te importa? ¿Qué quieres de mí?

-Quizás, no me gusta ver a las chicas en problemas –sonríe él. 

Es un chico joven. Lo puedo deducir por su tono. Por la forma en que posa mientras se eleva sobre mí. Por como cruza los brazos sobre el pecho yabre las piernas. Parece estar muy relajado. Tiene aire de un bandido.

Puedo distinguir los contornos borrosos de su robusta figura. Al principio me pareció que era un hombre  mayor, pero ahora veo que él tiene solamente unos pocos años más que yo.

Es altísimo. Ahora estoy sentada sobre los escalones, con las piernas dobladas y pegadas al pecho,  pero si me levanto y me pongo de puntillas, ni así alcanzaría su hombro. 

-No hablo con los desconocidos –le respondo, frunciendo las cejas. 

Es extraño, pero no siento miedo en absoluto. No emana ninguna amenaza de él. Incluso tengo una impresión de que nos conocemos desde hace mucho tiempo, y no es la primera vez que nos vemos. Pero entonces, ¿por qué no lo reconozco? Su voz me parece totalmente desconocida.

El chico de repente se sienta justo en frente de mí. Se derrumba directo al suelo. Con este movimiento suyo ahora estamos en el mismo nivel.

-Ángel –dice.                                                  

-¿Qué?                                                  

-Ese es mi nombre –sonríe ligeramente –. Ángel.

-No es tu nombre.                                                  

-No tengo ningún otro.                                                   

-¿Estás bromeando?                                                   

-¿Tú crees?                                                   

Inesperadamente él agarra mi mano. Mis dedos fríos y los suyos muy calientes se quedan entrelazados. Con este toque siento como si pasara la corriente eléctrica a través de mi cuerpo. Una y otra vez, sin parar. Y de nuevo tengo este sentimiento extraño y obsesivo. Es como si ya le hubiera conocido. Me parece familiar la forma en que me toca. No pasa nada especial. Solo un chico está tocando mi mano. Pero siento muy dentro de mí como sus toqueteos sacuden mi sangre.

¡Ah, no! ¡Qué estupidez! No debería pensar en eso. 

¿Es posible conocer a una persona y luego no poder reconocerla cuando la encuentres de nuevo?

-Vamos –dice el chico –. Te acompañaré al baile.

-¿Cómo sabes lo del baile? –me muestro impresionada.

-Todo el mundo sabe lo del baile de primavera –responde con tranquilidad.

-¿Estudias en mi colegio?                                         

-No.                                                  

-¿Pero estudiaste allí antes?                                  

-Estuve por allí –hay cierta inseguridad en su respuesta –. De paso.

Su voz es tan extraña: baja, profunda, algo agrietada. No, definitivamente no la confundiría con ninguna otra. Si lo hubiera escuchado antes aunque sea una sola vez, nunca lo olvidaría. Cada palabra suya me estremece, me baña de calor y luego – de frío. Siento hormigueo en todo mi cuerpo.

Retiro mi mano, saco mis dedos de su mano caliente, como si su toque me hubiera quemado.

-Es hora de que me vaya a casa –digo levantándome.

Intento subir los escalones para llegar a la puerta de entrada, pero resulta ser una tarea imposible para mí. ¡Es que no veo nada ahora! Casi nada. Así que me tropiezo, pierdo el equilibrio y por poco me estiro sobre el cemento frio. El chico previene mi caída en el último momento.




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