13 de junio de 2003 — 24 horas después
Puta madre.
Luis maneja con los brazos rígidos, como si soltara el volante fuera a matarlo. Las manos le resbalan. No distingue si es sangre o lluvia. El parabrisas apenas deja ver la calle: luces que agobian, bocinas que gritan como animales heridos.
—Lo tenías controlado, Francis… —dice, sin girar la cabeza—. Dijiste que lo tenías controlado.
Desde el asiento trasero, Francis respira mal. Cada suspiro suena rota, como si algo se le estuviera llenando por dentro.
—No… no me siento bien… —balbucea—. Me quema el pecho, Luis.
Una bocina explota a centímetros.
Luis gira de golpe. El auto patina. Un taxi frena de milagro.
—No te duermas —dice, ahora más fuerte—. Mirame. ¿Me escuchás?
La lluvia cae con furia, golpea el techo, el parabrisas, las ventanillas. Semáforos en rojo. Gente cruzando sin mirar. La ciudad sigue, como si nada.
Francis tose. Sangre en la boca.
—Luis… —susurra—. No me dejes acá…
Luis lo mira por el espejo retrovisor.
—No voy a dejarte.
Entonces los ve.
Luces atrás.
Demasiado cerca.
Demasiado rápidas.
—Mierda… —susurra—. Son ellos.
—¿Quiénes…? —pregunta Francis, con la voz quebrada.
—Los de Chaco.
Un disparo revienta la luz trasera. El vidrio estalla hacia adentro. Francis grita. Luis baja la cabeza por reflejo.
—¡La concha de su madre!
Dobla sin mirar. Otro disparo. El auto vibra. La chapa suena hueca.
Saca el teléfono. Le cuesta marcar. Los dedos no responden.
—Dale… dale…
Llamando.
—¿Qué querés? —responde la voz del patrón, fastidiada.
—Patrón —dice Luis, casi suplicando—. El trabajo salió mal. Hirieron a Francis. Está atrás… se está muriendo.
Silencio.
—¿Y?
—Nos están siguiendo. Nos dispararon. Necesito ayuda. Lo que sea.
Francis gime. Se retuerce.
—Me duele… no siento las piernas…
—Callate —le dice Luis, desesperado—. Aguantá un poco más.
—Luis —dice el patrón—. Escuchame bien.
Otro disparo. Una bala pega en el costado del auto.
—Yo te pagué. Vos aceptaste el trabajo.
—¡Nos van a matar!
—Eso no cambia nada.
—Por favor —dice Luis—. Te juro que lo arreglo. Dame una salida.
Del otro lado, una risa corta.
—Si no cumpliste, es problema tuyo.
—¿Nos vas a dejar así?
—Ya estás muerto —dice el patrón—. Solo que todavía no te diste cuenta.
La llamada se corta.
Luis golpea el volante.
—Hijo de puta…
Otro disparo. El espejo lateral vuela rompiendose en pedazos.
—No queda nafta… —murmura—. No queda nada.
Se mete bajo un puente oscuro. El auto patina. Frenos chillando. El agua salpica a los costados.
Francis deja de moverse.
—Francis… —dice Luis, tragando saliva—. Escuchame.
No hay respuesta.
Sale del auto. La lluvia lo empapa en segundos. Abre la puerta trasera. Arrastra el cuerpo como puede. Francis pesa más de lo que debería.
El contenedor de basura está ahí.
—Perdoname… —le susurra—. Quedate acá. Ya vuelvo.
Cierra la tapa.
Observa con el auto se acerca, se mete él también. Oscuridad. Olor a podrido. El corazón le golpea en la garganta.
El auto frena cerca.
—Revisen todo —dice una voz—. No pueden haber ido lejos.
Botas chapoteando.
Un arma cargándose.
—El auto está vacío —dice uno—. Pero hay sangre por todos lados.
—Entonces están cerca.
Francis gime.
—¿Escucharon eso? —dice Paolo.
La linterna se acerca.
La tapa vibra.
Luis saca la pistola. Le tiembla la mano.
La tapa se abre.
Pum.
El disparo retumba bajo el puente.
carter cae sin hacer ruido.
Luis grita y apunta.
—¡Si no nos dejan ir, lo mato!
Risas.
—Ese ya está muerto —dice Paolo—. Llegaste tarde.
Un disparo seco.
La bala le destroza la muñeca a Luis. El arma cae al piso.
—Sacá al otro —ordena el jefe—. Al que todavía respira.
Sacan a Francis del contenedor. Cae de rodillas, tosiendo, empapado. Levanta la vista buscando a Luis.
—Luis… —susurra—. Deciles que yo—
—No vale nada —dice Luis, rápido, desesperado—. Es nuevo. No sabe nada. Si querés matarlo, matalo.
El silencio cae como una losa.
Francis lo mira, incrédulo.
—Luis… ¿qué estás diciendo?
—Yo puedo seguir —continúa Luis—. Yo sirvo. Él no importa.
El jefe observa la escena sin apuro.
—¿Eso es todo?
Francis empieza a llorar.
—Por favor… no…
El jefe asiente despacio.
—Así que lo vendés para salvarte.
Saca el arma.
Dos disparos secos.
Francis cae sobre el asfalto mojado. La lluvia le lava la cara abierta. Sus ojos quedan en ningún lado.
Luis respira agitado.
—Gracias… —susurra—. Gracias, dio—
El jefe se acerca. Muy despacio. Apoya el arma en la frente de Luis.
—Eras un maldito hijo de puta —dice en voz baja—. ¿Pensaste que vendiendo a tu amigo te salvarías?
Luis cierra los ojos.
Una lágrima se le escapa y se mezcla con la lluvia.
Y espera lo peor.