11 de junio de 2003 — Nueva York
Luis llega a Nueva York al atardecer.
Baja del taxi con los anteojos puestos y un bolso gastado colgado del hombro. No trae ropa. No la necesita. Dentro del bolso hay armas. Muchas. Demasiadas para alguien que piensa volver.
Mira alrededor antes de cerrar la puerta del taxi, como si alguien lo estuviera esperando. O siguiéndolo.
El teléfono vibra.
¿Ya llegaste?
Luis responde con un pulgar arriba.
Frío. Eficaz.
El motel es una mierda.
Olor a basura, a cigarrillo viejo y a sexo barato. La alfombra está húmeda y pegajosa. La habitación parece haber sido usada y abandonada al mismo tiempo.
Cierra la puerta, deja el bolso sobre la cama y lo abre.
Saca las armas una por una. Las revisa. Las limpia. Cuenta la munición. Todo tiene que funcionar. Siempre funciona.
El teléfono suena.
—Hola —responde, sin interés.
—Edificio Libertad —dice una voz—. A las ocho.
—¿Quién habla? —pregunta Luis, haciéndose el desentendido.
La llamada se corta.
Luis se pone el abrigo, enciende un cigarrillo, toma las llaves y sale.
Maneja por la ciudad sin apuro. Luces, bocinas, gente que no sabe nada. Piensa en su trabajo. En cuánto tiempo más va a aguantar. En qué va a hacer cuando se retire, si es que eso existe.
El teléfono vuelve a sonar.
—¿Qué pasa?
—No llegues tarde —dice la voz—. No hay mucho tiempo.
Luis acelera.
El Edificio Libertad es limpio, moderno, impersonal.
—Buenas tardes —dice la recepcionista—. Nombre y apellido, por favor.
—¿Y para qué carajos le importa eso?
—Necesito saber si la persona que busca está registrada.
Luis suspira.
—Luis Oswald.
La mujer teclea.
—Perfecto. Habitación tres, piso nueve.
—Gracias.
El ascensor sube lento. Música suave. Molesta. Luis enciende otro cigarrillo y observa el reflejo de su cara en el espejo. No ve nada extraño. Eso lo tranquiliza.
Piso nueve.
La puerta está entreabierta.
Adentro, un hombre sentado en una silla.
—¿Vos sos el jefe? —pregunta Luis.
—No —responde el hombre—. Me llamo Francis MacNold.
Luis frunce el ceño.
—Genial —murmura—. Tengo un compañero.
—No escuché tu nombre.
—Luis Oswald.
Francis sonríe.
—¿Como Lee Harvey Oswald? ¿El que mató a Kennedy?
—Sí —dice Luis—. Es mi hermano.
Francis se ríe.
—¿De qué carajos te reís?
—Perdón —dice—. No pude evitarlo. ¿Cómo vas a ser el tu hermano?
—¿Por qué carajos te mentiría? Apenas te conozco.
—Tenés razón, perdón. Igual… carajo, es mi ídolo.
—Sí —dice Luis—. Trato de seguirle los pasos. Pero es difícil.
Una puerta se abre de golpe.
—Buenas noches —dice un hombre de traje—. Soy el señor Dickens.
—¿Usted es el jefe? —preguntan ambos a la vez.
—No. El jefe no pudo venir. Reunión importante.
—¿Y entonces para qué carajos nos hacen venir hasta acá? —dice Francis.
—Para esto —responde Dickens—. Para explicar el plan.
Se aclara la garganta.
—Nuestro enemigo en común es Leonardo Fernández. Más conocido como Chaco. Político respetado. Líder de la organización Salud y Bondad.
—La conozco —dice Francis—. Son mi seguro médico.
—Entonces estás condenado —responde Dickens—. Es una fachada. Tráfico de drogas. Asesinatos. Lavado. El Chaco es el centro de todo.
Hace una pausa.
—Su rutina comienza, entre las siete y las doce de la mañana. Siempre con tres custodios: Carter, Paolo y uno al que llamamos “el jefe”. Nunca revelamos su identidad.
—¿Cómo lo hacemos? —pregunta Luis.
—Hay dos opciones. La primera: entrar al edificio, decir que vienen de parte del Cártel de Juárez y pedir una reunión. La segunda: disparo desde un edificio vecino.
—¿El problema? —dice Francis.
—Solo una ventana da al ángulo correcto. Hay que llevarlo hasta ahí.
Silencio.
—Entonces —dice Luis—, ¿cuál de las dos hacemos?
—Creo que no se me entendio, vos entrás —dice Dickens—. Vos lo llevás a la habitación. de una forma u otra.
Mira a Francis.
—Él dispara.
—Carajo —dice Luis—. ¿Y por qué yo hago la parte aburrida?
—Porque tienes mucha más experiencia —responde Dickens—. Sabes manejar mejor la presión.
Francis sonríe a medias .
—Además —agrega Dickens—, tu hermano falló un tiro contra Kennedy. No podés pedir tanto.
—Hijo de puta.
Francis trata de aguantar la risa.
Dickens deja los dos maletines sobre la mesa.
—Acá está la mitad —dice—.
La otra mitad, cuando termine la misión.
Luis toma el suyo. ¿Algo más? —pregunta.
Dickens lo mira fijo.
—Sí. Dormí.
Luis frunce el ceño.
—¿Qué?
—Dormí esta noche —repite—. Mañana vas a necesitar la cabeza limpia.
La puerta se cierra.
El silencio queda flotando en la habitación.
Francis se ríe.
—Qué tipo raro, ¿no?
Luis no responde.
Se queda mirando el maletín. Lo apoya sobre la mesa. Lo abre apenas. No mira el dinero. Nunca mira el dinero.
Cierra.
—¿Te pasa algo? —pregunta Francis.
—A veces, sueño cosas antes de que ocurran.
Francis levanta una ceja.
—¿Qué clase de cosas?
Luis piensa un segundo de más.
—Errores.
Se pone el abrigo.
—Mañana a las siete no lo olvides.
—¿Y si algo sale mal? —pregunta Francis.
Luis se detiene en la puerta.
—Entonces va a ser rápido. Para uno de los dos.