La misma rutina de siempre.
Leonardo Fernández se levanta a las 5:30 de la mañana. Agua fría. Sin excepción. Dice que lo despierta, pero en realidad lo castiga.
Se viste con trajes que valen más que una casa promedio. Se prepara su taza de café mientras habla por teléfono con sus asistentes. Órdenes breves. Precisas. A las 7 de la mañana, su día ya está casi terminado.
Sus agentes —Carter, Paolo y el Jefe— lo escoltan hasta la limosina.
Al llegar al edificio, es recibido como una celebridad. Sonrisas, apretones de mano, saludos exagerados. Todos lo aman. Todos le deben algo.
Toma su ascensor privado.
Cuando las puertas se cierran, la sonrisa muere.
En su oficina, les pide a sus guardias que esperen afuera. Abre la laptop, revisa informes, cifras, nombres. Durante segundos parece una estatua. Sin alma.
Saca su segundo teléfono. El que no tiene rostro. El que no debería existir.
—Hola, mi patroncito —responde la voz al otro lado.
—¿Cómo estás, carnal? —dice Leonardo—. Decime… ¿ese maldito bastardo sigue vivo?
—Sí, jefe. Vivo. Esperando que usted dé la señal.
Leonardo sonríe apenas.
—Escuchame bien. Preparámelo. Voy para allá.
—Claro que sí, jefe. Acá mismo se lo preparo.
La llamada se corta.
Leonardo se levanta, toma su abrigo y abre la puerta. Vuelve a colocarse la máscara.
—Llévenme al galpón.
El ascensor desciende. Su sonrisa regresa. Dulce. Amable. Falsa.
En la limosina, uno de los agentes pregunta:
—¿A dónde vamos?
—A ver a nuestro amigo, Brad Pitt —responde Leonardo, sin expresión.
—¿Brad Pitt? —bromea Paolo—. Siempre fui fan de Seven.
Leonardo lo mira.
—No, imbécil. A ese no. A Emliano, del cartel bendito.
—Ah… no aclaraste —responde Paolo.
—Tenés razón. Mi error.
El galpón los espera. Huele a metal húmedo y sangre vieja.
Leonardo entra solo. Se arremanga el traje. Empieza a recitar un versículo de la Biblia. Habla de pecado. De castigo.
Emiliano está atado a una silla. Respira mal. Ya sangró demasiado.
—¿Sabés qué es lo que más me duele? —dice Leonardo, caminando a su alrededor—. No es la traición. Es la desilusión.
Emiliano levanta la cabeza con esfuerzo.
—No te debo nada.
Leonardo sonríe.
—Claro que sí. Te di trabajo. Protección. Nombre. Te hice alguien.
—Me hiciste tuyo —responde Emiliano—. No es lo mismo.
El primer golpe lo tira al suelo.
—Yo te di una familia —dice Leonardo—. Y vos elegiste otra.
—Elegí dejar de tener miedo.
Leonardo se agacha frente a él.
—El miedo es lo único que mantiene vivo a un hombre inteligente.
—Entonces por eso vos estás vivo —escupe Emiliano—. Porque sos un cobarde con poder.
Silencio.
Leonardo ríe. No fuerte. Controlado.
—¿Sabés cuántos como vos pasaron por acá? Todos creen que son distintos. Todos creen que su muerte va a significar algo.
Leonardo lo toma del pelo.
—Decime… ¿pensaste en tu familia antes de traicionarme?
Emiliano lo mira fijo.
—Sí. Por eso lo hice.
La sonrisa de Leonardo se endurece.
—Preferías morir.
—Prefiero morir siendo bendito —dice Emiliano— que vivir años siendo tuyo.
Leonardo se endereza. Aplaude despacio.
—Qué frase tan linda. Casi me conmueve.
Camina hacia la puerta.
—Cómo me gustaría ver tu rostro después de esto.
Golpea dos veces.
El Jefe entra. No pregunta. No habla.
Los golpes continúan.
Leonardo se acomoda el traje. Se limpia la sangre de las manos con un pañuelo blanco. Sale del galpón.
La limosina lo espera.
Tiene una cena con su esposa y sus hijos.