Luis toma su maletín y sale de la oficina. Enciende un cigarrillo y camina por un pasillo que parece eterno. Las luces se apagan detrás de él. Llama al ascensor y, mientras espera, piensa en qué hará después de esto. Es su última misión. Quiere volver con su familia y tal vez encontrar alguien que lo quiera como es, aunque sabe que es imposible.
Click. El ascensor llega y vuelve a escuchar esa canción tranquila que lo relaja. Cierra los ojos unos segundos y recuerda el ejército: a sus compañeros que murieron en sus manos, a la gente que perdió, a esas noches que se sentían eternas. Otro click lo saca de ese mundo. Sale y se dirige a su auto, sin rumbo, sin lugar a dónde ir. Decide ir al bar más cercano: El Club del Bajón. La vibra es distinta, sucia y silenciosa, cargada de humo y madera húmeda.
Se sienta y pide una cerveza fría. Mientras observa el entorno, nota un show en vivo: una joven chica canta. La canción es familiar, lenta y dulce, la favorita de su mejor amigo de la guerra, Emilio. Luis parpadea, y en ese instante todo cambia.
El bar se oscurece. Las luces se apagan detrás de él, y, de repente, solo se ilumina el escenario. La chica desaparece, y en su lugar, ve a Emilio. Está cantando la canción. La voz de su amigo resuena con fuerza, como si atravesara los años y la distancia. Luis cierra los ojos y ya no está en el bar:
Está en la guerra, bajo la lluvia, con explosiones y gritos alrededor. Emilio canta para levantar el ánimo de sus compañeros, para hacerlos sonreír, aunque todo alrededor sea muerte y caos. La memoria lo envuelve, y por un segundo el infierno se detiene. Luis siente esa paz fugaz que solo él y Emilio compartían, un instante de humanidad en medio de la brutalidad.
Abre los ojos y vuelve al bar, pero algo ha quedado. La canción todavía suena en su mente, mezclada con el recuerdo de su amigo. Una sonrisa se asoma por primera vez en horas.
Recibe un mensaje del señor Dickens:
"Recuerda, debes dormir temprano. Mañana es un día importante."
Luis responde con su mítico pulgar arriba, termina su cerveza y se sube a su auto. El camino al motel es corto pero eterno para la mente. No piensa en nada más que en llegar rápido.
Al llegar, observa que Francis entra con una mujer a su habitación. No dice nada. Coloca la llave, da las vueltas necesarias para abrir, deja el maletín sobre la mesa y se sienta sobre la cama. Lo mira unos segundos, luego se levanta, apaga las luces y se acuesta en su molesta cama.
Mañana le espera un gran día, piensa. Cierra los ojos y vuelve a quedar solo con sus pensamientos más oscuros. Esta vez no piensa en la guerra ni en su familia. Siente que algo malo va a pasar en la misión. Se imagina fallando en el diálogo, trabándose, olvidando nombres o detalles del cartel.
La lluvia golpea con fuerza. Su sueño se ve interrumpido por los gemidos de Francis y la chica. Luis, irritado, se levanta y empieza a golpear la puerta. Sin respuesta, golpea más fuerte.
—Ey, amigo, ¿qué pasó?
—Escucha, Francis, necesito dormir para mañana, y tú también. ¿Puedes dejar de hacer lo que estás haciendo?
—Oye, amigo, lo siento. Le bajaré la intensidad, si entendés a lo que me refiero.
Luis no muestra ni una sola expresión amigable.
—Okey, perdón. Ya la saco de aquí.
— Oye, Sabrina, es hora de que vayas. Mañana trabajo temprano.
—Sabrina, ¿dónde mierda estás?
—Estaba en el baño, imbécil. Ahí me voy.
—Primero pagame.
—Toma tu dinero, puta, y vete.
Luis y Sabrina se retiran de la habitación. por una lado un se va a su habitacion y la otra vuelve a las calle. En un abrir y cerrar de ojos, ya es la mañana de la misión. Luis toma su pistola y su abrigo de cuero, con un fuerte olor a cigarrillo. Al salir, llama a la habitación de Francis, y ambos reciben el mismo mensaje: antes de ir, vengan al edificio.
En silencio, Luis respira hondo. Sabe que la noche que viene será larga y peligrosa.