Una sola noche

capitulo 6: 24 horas antes: Francis

Francis es el último que queda en la oficina de Dickens. Están él, el maletín y sus pensamientos: sus miedos, sus preocupaciones de fallar, como ya lo había hecho antes. Sus manos recorrían las cicatrices que recordaban errores pasados, compañeros perdidos, decisiones que nunca podría borrar.

Su teléfono vibra en el bolsillo.

—Hola —dice Francis con un tono preocupado.
—Hola, mijo, soy tu madre.
—Hola, ma. ¿Qué pasó? ¿Estás bien? Suenas nervioso dice su madre.
—No, tranquila… simplemente el trabajo.
—¿Seguís trabajando en esa farmacia?
—Sí, ma, aquí sigo.
—Bueno, hijo, te llamaba para ver si todo está bien y para preguntar si venías el fin de semana a visitar a tu padre. ¿Sigue muy mal?.
—Pregunta Francis, con un tono que cambia de nervios a tristeza—.
—Sí, hijo, cada vez son menos los días que le quedan —dice ella—. Insiste con que quiere que lo visites. Un ligero llanto atraviesa la llamada.
—Estaré el fin de semana ahí. Tengo que irme —responde Francis.

Al cortar, apoya sus manos sobre la mesa de cristal y recuerda por qué está en este trabajo: debido a su increíble destreza con las armas y en busca de una gran suma de dinero, decidió entrar en este oficio. Observa sus manos con ligeras cicatrices, que le recuerdan fallos pasados, gente que perdió, compañeros que no lograron sobrevivir debido a sus errores.

Toma un gran aliento, su maletín y se dirige a su habitación de motel. Antes, decide pasar por un bar: Bing Bang, un bar de mala muerte. Bandas de motos, criminales y prostitutas llenan el local. Francis toma asiento y pide una cerveza fría. Mientras espera, trata de no pensar en cosas negativas, sino en algo positivo, pero los nervios de la misión le nublan la cabeza. Por suerte, la cerveza llega, aliviando un poco la tensión.

Ahí mismo, la prostituta llega y empieza a tocar mucho a Francis mientras le pregunta cosas: cómo se llama, de qué trabaja, de dónde vive, etc. Francis no está interesado y la aleja, diciendo que no quiere nada.

—Dale, me llamo Sabrina, y puedo hacerte muy feliz —dice ella con una mirada fría.

Esa palabra hace que Francis retroceda un segundo: Sabrina, una de sus primeras compañeras, su interés romántico durante un año entero. Debido a un error de Francis, ella terminó siendo asesinada frente a él, viendo cómo su amor se apagaba para siempre. El recuerdo lo golpea como un puñal; recuerda la sangre en sus manos, los gritos que no pudo detener, la impotencia de no poder salvarla. Cada detalle vuelve a su mente, vívido, como si el tiempo no hubiera pasado.

Ahí mismo, dice que le acompañe a su motel y que le dará una gran suma de dinero. Sabrina, sin saber bien quién es, acepta. Suben al auto y Francis maneja a toda velocidad hasta su piso. Luis los observa de lejos. Francis gira las veces necesarias la llave para abrir la puerta. Sabrina entra a la habitación.

Luis empieza a hablar con ella mientras toman un poco de whisky. Sabrina comienza a quitarse la ropa por costumbre, pero Francis le dice que prefiere hablar un rato antes de tener sexo. Le pregunta sobre su familia, por qué trabaja de esto, mientras su mente tiene pequeños flashbacks. La voz de la prostituta se mezcla con la voz de la verdadera Sabrina. Francis ya no sabe quién es quién y le pide disculpas un segundo mientras ella va al baño.

Ahí mismo, Francis se observa en el espejo. Un silencio invade toda la habitación. Comienza a llorar en silencio, recordando a su primer amor. La rabia lo invade y rompe el espejo a puñetazos. Todo esto asusta a Sabrina, que estaba observando. En ese momento, el francotirador de la misión de mañana, debido al susto, sin querer, es tocado por ella y algo del calibre se arruina. Francis no se da cuenta.

Al salir, Francis simplemente se calla, pero ahora sí quiere tener sexo. Luis, harto del ruido, va y le pide que por favor eche a Sabrina y que se vaya a dormir porque mañana es un día importante. Francis obedece. La hace salir, cierra la puerta y se recuesta.

Ahora, solo en la oscuridad, Francis deja que la memoria lo inunde. El recuerdo de Sabrina muriendo frente a él vuelve con fuerza: el miedo en sus ojos, la sangre derramándose, el grito que nunca logró callar. Siente un nudo en el pecho, un vacío que lo consume, y las lágrimas empiezan a recorrer sus mejillas mientras se abraza a sí mismo, buscando consuelo que no llega. Su respiración es lenta, temblorosa.

Piensa en cómo alguien tan cercano podía desaparecer por un instante de descuido, cómo su vida se ha llenado de errores que pesan más que cualquier arma. Cierra los ojos, intentando aislarse de la realidad, pero las imágenes lo persiguen: la sonrisa apagándose, la desesperación de su propio cuerpo sin poder protegerla, y la cruel certeza de que la pérdida será eterna. El dolor lo hace humano, vulnerable, más que cualquier entrenamiento o habilidad con armas.

Se queda así, abrazado a sus recuerdos, mientras la noche pasa y el mundo fuera de su habitación sigue indiferente. Otra vez, su único y verdadero amor se ha ido, y Francis solo tiene a sus cicatrices y su miedo para dormir.




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